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Rock Salta
Coberturas

Felicidad, depresión

SemiDawi se presentó por primera vez a Salta. Arte en movimiento entre pinturas y música en vivo a cargo de dos ex soldados de los Redonditos de Ricota.

Con el hombro derecho teñido de un pasajero color rojo furioso, Sergio Dawi trata de enfocar a una parte de una gran concurrencia de público que se hizo presente el pasado sábado 24 de agosto en El Teatrino para presenciar la performance que junto a Semilla Bucciarelli lleva adelante desde el 2011 bajo el nombre SemiDawi, la unión de dos artistas que compartieron años de experiencia en Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Ambos a la vez es el nombre de la particular performance que presenciamos durante una noche muy fría.

Ahora Dawi tiene el hombro derecho amarillo y el resto del cuerpo teñido de un dibujo difuso que parece no terminarse nunca. Al frente está Semilla, sentado y con la mirada fija en una notebook mientras da pinceladas a una tableta digital que termina de proyectarse sobre todo el escenario, bordeado geométricamente para dar sensación de profundidad. Dawi, de overol blanco, es parte de ese escenario y sólo emula música desde su histórico saxofón. Semilla dibuja, borra y vuelve a dibujar conceptos entrelazados con la armonía instrumental que despide el saxofonista desde, también, un sintetizador. Al ser un trazo digital, los dibujos y manchas de colores se renuevan con rapidez y generan un buen impacto en los ojos del público. Si la música va rápida, la imagen la imita y al revés.

Todo el show tiene una temática fatalista y, por qué no, realista al mismo tiempo. Hablando de colores, pintaría al hilo conductor de la performance de un gris tirando a oscuro. Si bien predominan los paisajes instrumentales, de a ratos Dawi dispara pequeñas frases directamente a la boca de su saxo para que, gracias al sonido amplificado, se expanda su voz por toda la sala. “¿Cuánto tiempo nos queda de felicidad?”, se cuestiona y se mueve al ritmo de lo que él mismo genera, “¿cuándo va a caer una gotita de una buena lluvia? ¡Carajo, tantas preguntas!”, completa la oración y después hace lo mismo pero hablando de este desgastado mundo que sólo va a dejar guerras como única herencia a la infancia del hoy. Una extensa pedalera ayuda al saxo a jugar con loops, repeticiones y deformaciones del sonido. Abajo el público mira con demasiada curiosidad, no sabés qué puede ocurrir a continuación. No son previsibles, en absoluto. 

Inevitablemente, el fantasma de Patricio Rey sobrevuela por todo El Teatrino durante la hora y media que dura el espectáculo. Pareciera no saber apreciar el presente de estos artistas que, se les nota, supieron adaptarse a su presencia en cada show. Al principio no sorprende su aparición, pero al rato molesta. Quizás ellos, los que cargan tremenda mochila a sus espaldas, lo aceptan casi sin disimulo. Por esto será que no se inmutan cuando, en plena interpretación, les gritan ¡vamo’ lo Redó!” o cosas por el estilo. 

“¡Improvise!”, sugiere a gritos una voz desde la oscuridad cuando un corte de luz, a los veinte minutos de show, cae como baldazo de agua fría sobre todos. “¡Eso mismo!”, contesta con otro grito Dawi y empieza un solo de saxo mientras emprende un recorrido por toda la sala, acercándose a la mayoría para amenizar la espera del regreso de la luz. Semilla, sin la energía eléctrica obligatoria para dibujar sobre la tableta, se queda mirando la improvisación de su compañero de ruta en plena oscuridad. El retorno del servicio que interrumpió el ambiente con su ida, no hace más que propagar una pequeña molestia durante el resto del show: luces de emergencia se prenden sin que nadie las accione y afectan la iluminación requerida de una performance que, justamente, antes de su inicio solicitaba “no usar flash durante».

El final, con un furioso funk a todo color, llega casi sin aviso y, ahora sí, las luces prendidas dejan de molestar el cuadro móvil generado por un instante, donde la felicidad se tradujo al mismo tiempo como la depresión, si no ¿por qué nos preguntamos cuánto tiempo nos queda de felicidad?

* Foto: Gentileza El Teatrino