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El mejor recuerdo

Pequeño homenaje a Luis Alberto Spinetta, publicado en Frases Rockeras en 2009 y en la revista número 3 de Rock Salta, de julio del año pasado. ¡Cómo te extrañamos!

Era 1997, fines de julio. Mi hermano había viajado desde Córdoba -donde vivía, donde sigue viviendo- a Entre Ríos para visitarnos a todos. Con catorce años, yo ocupaba el rol de hermano más chico, aunque para esa época papá ya iba por el quinto hijo-yo era el cuarto- y se había propuesto ocultarlo, para posterior encabronamiento de mi vieja.

A mí me encantaba que el Javi venga de visita. Cuando estábamos en la misma ciudad no me despegaba ni un solo segundo de su lado. Lo acompañaba a todos lados, le mostraba la música que estaba escuchando, las películas que veía, las revistas que leía. Era híper pesado, pero él me bancaba siempre. Nunca me mandó a cagar y se copaba contándome boludeces y tirando data de sus músicos preferidos, que para mí eran todos nuevos.

Yo recién estaba empezando a meterme de lleno a escuchar rock. Los Beatles y Charly todavía no habían golpeado mis oídos, pero algo ya me decía que cerrarse a una sola cosa no era lo más interesante. También miraba a full un documental que se llamaba “Rock Nacional: 30 años”, editado por la revista Gente en el 96. Era un resumen bastante interesante donde aparecían todos: desde Los Beatniks hasta los Cadillacs. Lo pasaron un par de veces por Volver pero no me hacía falta esperar eso: lo veía todos los días, después de comer, con el uniforme del colegio todavía encima -pantalón gris, camisa blanca, corbata azul, zapatos negros-; y a la noche, antes de acostarme. Mirándolo aprendí de memoria la historia de Los Gatos, el por qué los Vox Dei comenzaron a cantar en castellano y qué era lo que hacían los Pappo’s Blues cuando zapaban -“había momentos en que tocábamos jazz”-. También me sabía -me sé- de memoria “Panadero ensoñado”, el genial comienzo de Pescado 2, grabado sólo con las voces de Spinetta y David Lebón, muchos años antes de que Andrea Prodan edite Viva Voce.

El Flaco aparecía un montón de veces en el video. Primero con Almendra, obvio, y después con el resto de sus proyectos: Pescado Rabioso, Invisible, Jade y su carrera solista. Los highlights eran los Pescado cantando “Post-Crucifixion” en Rock hasta que se ponga el sol y los fragmentos de temas de Invisible: “La llave del Mandala” y “Jugo de lúcuma”.

“Yo tenía… catorce o quince años y escuché: ‘Jugo de lúcuma/chorreando en mí/Patas de mueble de bronce/caminan ya’, y me volví loco”, contaba y cantaba Fito en el documental y a mí me fascinaba su declaración porque yo iba por la misma edad y me pasaba exactamente eso; pero solamente con la parte de la canción que aparecía en el VHS, porque no la tenía entera. ¿Dónde iba a encontrar una copia, si todavía no existía el mp3, a Concordia no llegaban muchas reediciones de discos viejos y ni en alucinaciones lo pasaban por la radio?

En esos meses del 97, Spinetta por fin publicaba su disco doble con Los Socios del Desierto. Después de años de negociaciones con las discográficas, el Flaco pudo conseguir lo que pretendía -doscientos mil dólares- y editar su nuevo trabajo. El álbum era, según la prensa especializada, “un regreso a sus años más furiosos” y “Cheques”, el primer corte, era un ejemplo perfecto de esa furia.
 
“Cheques” estaba buenísimo para un pibe de catorce años que quería ingresar al mundo Spinetta. A ese tema sí que lo tenía entero. Lo había grabado en un cassette, desde la radio, junto con otra canción de ese disco, “Cuenta en el sol”. Con esas dosis homeopáticas de Luis Alberto pasaba los días en el invierno de 1997.
Entonces, cuando Javi me preguntó yo dije que sí de entrada. ¿Cómo iba a negarme? Sólo faltaba que mis viejos dieran el visto bueno -es decir, que pongan la guita- y listo: me iba a ir un fin de semana a la Docta a ver el primer recital de mi vida: Spinetta y los Socios del Desierto.

Mis viejos aprobaron la idea del hermano mayor y partimos. Ocho horas de viaje, llegada, taxi, casa, mate, saludos -“¡Qué grandote estás!”- y al centro a comprar las entradas.

El recital fue el sábado 2 de agosto en la Sala de las Américas, plena Ciudad Universitaria, a las diez de la noche. Antes de ir -caminando- cenamos en un local que vendía diez panchos por un peso, algo que me pareció tan inolvidable como ir a verlo a Spinetta. Cuando llegamos, la cola era bastante importante, pero pudimos meternos al medio de la fila gracias a que el Javi se encontró con un amigo muy parecido al Palo Pandolfo de esa época -a quien yo ubicaba del video de “Bip Bap Um Dera”, de Los Visitantes-, que estaba con una mina alucinante que al ver que los otros dos no le daban bola se puso a hablar conmigo (“¿Qué estudiás?”, “Nada… voy al cole”).

Una vez adentro, miraba a cada rato el telón, que no se corría pero dejaba ver unas sombras en el piso que se movían de acá para allá. Después de veinte minutos de demora, se escuchó una voz en off que dijo: “Damas y caballeros, el señor Luis Alberto Spinetta está en camino y el concierto comenzará en algunos minutos. Gracias por esperar”. Todos silbaron, como diciendo “¿hay que seguir aguantando?”, pero menos de un minuto después las luces se apagaron y empezó a sonar la banda en pleno (el Flaco en guitarra y voz, Marcelo Torres en bajo y Daniel Wirtz en batería) a un volumen altísimo con una versión ultra podrida de “Ana no duerme”, que en 1998 editaron en el disco San Cristóforo.

No lo podía creer.

Lo primero que me sorprendió fue esa canción inicial y después comencé a fijarme en algunos detalles: los tres músicos estaban uno al lado del otro. A la izquierda Torres, al medio Wirtz y a la derecha el Flaco, con sus rulos bamboleándose como si fueran Paul McCartney cantando “I Saw Her Standing There”.

Wirtz era un animal pegándole a los parches. En el disco ya se notaba, pero en vivo te desarmaba. Cuando tocaron “Cheques” yo lo miré todo el tiempo a él. Sobre todo en el final del tema. Quería saber cómo hacía para tocar así. Nunca supe.

Spinetta estaba como siempre: cantaba increíblemente bien, emocionando; y hacía sus clásicos comentarios entre tema y tema que hacían reír a todos (“Flaco, ¡sos dios!”, “Pero tengo tos. ¿A quién le reclamo?”). No me acuerdo si alguno le dijo “¡’Muchacha’, Flaco, tocá Muchacha’!”, como el personaje de Peter Capusotto, pero seguro que sí.

A medida que iban pasando los temas, mis dosis homeopáticas empezaron a pasar factura: conocía muy pocas canciones y, para mi desgracia, no tocó “Panadero ensoñado” (¡¿Cómo la iba a tocar?!), “Jugo…” o “La llave…”, así que me dediqué a mirar, escuchar y rogar para que mi memoria guarde la mayor cantidad de momentos.
Sobre el final, llegó una que sí conocía: “Me gusta ese tajo”, que había escuchado porque mi hermana tenía el disco de Tango Feroz, en el que aparecía una versión cantada por Ulises Butrón.

Pero ése no fue el último. El Flaco dijo algo que no recuerdo y arrancó con “Los libros de la buena memoria”. Lo única escena que guardo de ese final es a toda la sala diciendo “¡Uhhhh!” y aplaudiendo de pie, mientras a Spinetta le llovían las rosas que habían repartido en la entrada. Después, cuando ya nos habíamos ido, Javi me contó que “Los libros…” es un himno para todos los fanáticos del Flaco y que no podían creer que la haya tocado.

Al otro día regresé a mi casa y volví a escuchar los dos temas en el cassette y a ver el video muchas más veces que antes, como un enfermo, hasta que pude tener cuarenta y dos pesos para comprar el disco doble.

Y acá estamos.

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