Entrevistas

Gloria Guerrero

La primera mujer que se animó a hacer periodismo de rock afirma que ser manager y periodista sin dejar de lado la ética es posible y cuenta que en su casa no escucha música: “Trato de leer o de jugar al Candy Crush”.

Por Santiago Castillo y Marina Amábile

Foto de Chili Cuoghi

Vio pasar a la gran mayoría de los artistas que allanaron el camino de los músicos que hoy se destacan en la escena rockera nacional y los capturó en las kilométricas cintas de casete que se acumulan en su departamento de Boedo. Gloria Guerrero es mucho más que la primera periodista fémina del rock argentino. Además de destacarse a lo largo de su carrera en revistas del palo como Expreso Imaginario, Humor, La Mano y Rolling Stone, fue mánager de bandas como Riff o Bersuit Vergarabat.
Por estos días, mientras se recupera de una gripe “sólo con medicinas naturistas”, entre objetos de colección de la serie estadounidense Star Trek y llaveros de Vélez Sarsfield, la autora de Indio Solari. El hombre ilustrado trabaja en la radio de la Universidad Nacional de Lanús y en el suplemento de Espectáculos de Página 12.

– Viajaste mucho por el mundo. ¿Te vinculaste con el rock de otros países como con el de acá?
– Sólo cuando viajé por trabajo. A veces me dicen “¿Qué música escuchás en tu casa?”. Y no, llega un punto en que uno se cansa. En mi casa trato de leer, qué sé yo, de jugar al Candy Crush. Lo que pasa es que, al musicalizar los programas de radio, todo el día estoy escuchando música. La gente piensa que uno que trabaja en espectáculos esta todo el tiempo escucha música, y no. Uno es una persona. Es como pensar que un economista está todo el día haciendo cuentas.
– ¿Qué nació primero en vos? ¿La pasión por el periodismo o por el rock?
– Escribir. No era periodismo todavía. A mí me gustaba escribir. Y me salía bien. Y en ese momento, de muy chica, me empecé a interesar por el rock. Pero el rock no como música. El rock como lo que era en ese momento: una contracultura. Entonces empecé a escribir sobre esa contracultura. Y cuanto más escribís sobre eso, más te interesa y querés averiguar más. Empezás a investigar. Y eso es el periodismo. Podría haber terminado siendo poeta. Pero terminé siendo eso porque me interesaba. Y en esa época no había muchas mujeres a las que les interesara mucho el rock.
– ¿Eso te hizo las cosas más difíciles?
– No, no fue ni más ni menos difícil. Mirá, no me olvido: nos juntábamos en Parque Centenario. Había 300 personas que se juntaban todos los domingos y éramos dos mujeres. Dos minas con 300 tipos. Yo tenía mucha voluntad de aprender. Los tipos te decían la formación de Led Zeppelin y yo no la sabía. Y en ese entonces no googleabas. De esa forma ibas aprendiendo, escuchando, empezabas a analizar. El rock en esa época te obligaba mucho a sentarte a escuchar.
– Fuiste distinta de la mayoría de las chicas de tu edad.
– Todas mis compañeras de secundario iban a bailar los sábados a la noche. Yo nunca fui, porque no me gustaba la música que pasaban. Entonces me dormía bien temprano los sábados porque los domingos desde las diez de la mañana nos juntábamos todos en el Parque Rivadavia o Centenario. Las chicas se pintaban como puertas y yo iba a cara lavada a un parque a un sol. Una cosa rarísima. Pero era muy lindo.
– ¿Eso te trajo algún problema con tus padres?
– Para nada, ellos siempre fueron muy abiertos. Aunque en esa época no podía ir a recitales de noche a no ser que fuera con un novio más grande o con una bandita. No había chicas que fueran solas como hoy en día. Eso después cambió, como el periodismo deportivo. ¿Quién se iba a imaginar a una mina en un vestuario? Lo mismo que en un camarín de rock. Y ya ves. Pero no hubo muchas más mujeres periodistas de rock. En cambio en el deportivo, sí. Me hubiera encantado ser la punta de lanza de una camada, que hubiera 50 y 50, pero no.
– ¿Hiciste alguna nota que te haya marcado personalmente?
– Para mí, las notas con Spinetta son inolvidables. Cualquiera de ellas. Pero la que hicimos para la tapa de Rolling Stone, que duró también muchos encuentros, fue especial. Luis era muy hincha pelotas porque hablaba y hablaba, contaba cosas y después me decía “no, pero esto no lo pongas”. A la cuarta vez, después de una declaración de veinte minutos o media hora me volvió a decir “esto no lo pongas”. Le dije “Mirá, me voy”. Me empaqué, me calenté. “No, no. Vení, quedate”, me pidió. Entonces le advertí: “Si no vas a decir algo, no lo digas”. Y bueno, me tocó una canción en la guitarra y me pudo. “Tengo un tema nuevo, te lo voy a mostrar”, dijo. Esas notas son muy lindas.
– El Indio Solari quería escribir El hombre ilustrado con vos. ¿Por qué no aceptaste?
– Yo fui a la casa y le aclaré: “Voy a hacer un libro sobre vos. Te lo vengo a avisar para que no te enteres por otro lado”. Él me contestó: “No, está bien, pero yo lo que quiero es que hagamos un libro juntos”. Como que él lo quería escribir un poco. Y le expliqué: “No, mirá, no es mi idea. Me gustaría contar con tu bendición”. Yo no quería hacer un panegírico y menos con Carlos, que te habla dos, tres horas. Para mí hubiera sido un embole ese libro. Entonces entrevisté a cerca de 200 personas y con eso fui armando un relato coral.
– Cuando él lo leyó hubo cosas que no le gustaron. ¿Qué te generó esa devolución?
– El Indio quería guardar una apariencia. Cerca de diez personas, fuentes muy creíbles, me contaban que él había sido medio “hipposo” en las primeras épocas. Pero a él le gusta mostrarse urbano. Entonces empezó a decir que eso no era así. Y hubo dos datos erróneos que después corregí en la segunda edición: que su padre sacaba fotos en la playa y que le decían “Tito”. Esto me lo había contado nada menos que uno de los músicos de él. Entonces yo me amargué mucho. Pensaba: “Mirá que chequeé todo”. Hasta tengo los cassettes con las grabaciones, por las dudas. Y mi mejor amigo me retó: “En un libro de 300 páginas sobre un tipo que no da notas tenés dos errores. ¿Por qué no te ponés contenta?”. Por supuesto, después los corregí. Pero si lo único que el Indio pudo encontrar en las 300 páginas fue eso, despreocupate. Además yo soy una obsesiva.
– Fuiste mánager de Riff ¿Cómo convive ese rol con el de periodista?
– Cuando tenía mis páginas en la revista Humor, publicaba lo que yo quería. Y también manejaba artistas o les hacía prensa porque me interesaban: Dos Minutos, Los Violadores, Los Fabulosos Cadillacs. Pero si yo era mánager de Bersuit no ponía una nota a Bersuit hecha por mí. Éticamente no podía. Otros periodistas hacen esas cosas. A mí no me parece correcto. Y cuando pasé a ser jefa de redacción de Rolling Stone, dejé totalmente esta actividad, porque terminaría siendo un obstáculo para los artistas. Yo no puedo aceptar que le hagan una nota a mi artista y editarla yo misma. No está bien. Y a mí me fue bárbaro. Tengo una carrera bien hecha, no me falta plata, tengo buenos amigos. No es que si no estuve en esa transa me perdí de algo. La verdad es que a mí me fue genial haciendo todo por derecha. Yo soy el ejemplo viviente de que se puede ser ético y al mismo tiempo no perder nada.

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