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Te mostramos un capítulo del libro de José Palazzo, donde cuenta historias increíbles, como Pappo con un arma en el escenario. RS te invita a disfrutarlo.

Tal cual lo anticipó a RS, José Palazzo sacó un libro donde recopila las historias más desopilantes, raras, increíbles y rockeras del Festival más importante de rock en Argentina.

Acá te mostramos un capítulo imperdible.

Los del festival parábamos en la pensión de Gigí, a dos cuadras de la plaza. Algo muy sencillo.Un comedor no muy grande, piezas comunes.
Las puertas no rozaban el piso, o sea que entraba luz por debajo cuando se hacía de día. Para bañarnos teníamos una ducha con calentador eléctrico, así que el agua era limitada. Todo chiquito pero bien.

Y perfecto porque no daba para quedarse ahí y todo el mundo iba a trabajar. Además, Gigí hacía las mejores milanesas que comí en mi vida.

Por cuestiones de trabajo y de horarios, terminaba el último acorde del último artista y yo salía corriendo para ir a dormir, porque al día siguiente tenía que tener todo listo para cuando llegase a probar sonido el primer artista de la otra jornada.
Tenía que manejar la tropa, la gente que carga, la que hace la producción, la que se encarga de las estructuras, todo.

El día después del quilombazo, llegué a las siete y media de la mañana a la plaza, porque a esa hora estaba previsto que cayera el micro de Divididos.
Dos horas después, cuando ya estaba por empezar la prueba de sonido, desde el escenario vi que había gente en la comisaría.
Antes, cuando no estaban las tribunas que hay ahora, desde adentro se podía ver la calle y la comisaría está ahí nomás, en diagonal.

En esos días se había puesto de moda el cacerolazo como forma de protesta popular. Y frente a la comisaría había unas 200 personas manifestando. Llamé para preguntar qué pasaba y el comisario me dijo: -Justo. Venite urgente, hay que suspender todo.
Esa noche tenían que tocar Divididos y Riff. Esperábamos 15.000 personas.

En el momento en que entré a la comisaría, un bolsazo de harina se estrelló contra la pared y explotó encima mío. ¡Así que entré todo blanco, de pies a cabeza!
El comisario me vio llegar tan ridículo, que ni me preguntó qué me había pasado. Salieron dos o tres agentes a pedir calma.
La gente estaba con las cacerolas: -Que se vayan, que se vayan! Pero no protestaban por los políticos, como en todo el país. ¡Lo decían por nosotros, los del festival de rock!

En eso llegó la fiscal de instrucción, María Alejandra Hillman, para intervenir. Es alguien muy picante, famosa en la zona.
Al toque cayó el Intendente. Los dos me dijeron: -¿Y, Palazzo, qué hacemos?
Me pasaron el detalle de los destrozos y de los detenidos. Les dije que adentro de la plaza no habíamos tenido incidentes. Pero sí, afuera había sido un desastre.

Insistí: -Hoy es un día muy importante, el público ya se asentó, ya sabemos qué tenemos que cuidar, no vamos a tener problemas. Con los gestos me decían que no.
Yo seguí: -Vamos a reforzar determinados sectores del centro y sacar la policía que tenemos apostada en las esquinas de la plaza porque adentro el público se porta realmente muy bien. Tenemos un nuevo plan, adaptado después de la experiencia de anoche. La fiscal me dijo que lo consultaría y que en una hora se decidiría si el festival seguía o no. Yo le aclaré que ahí mismo no podía cortar todo. Que no podía parar la prueba de sonido ni decirle a los músicos que no llegaran. Lo más grave, aclaré, es que el público ya estaba en la ciudad. En los campings, en los hoteles, en la orilla del río, en la calle.
Fui bien claro: -Ellos van a ver hoy el recital o nos van a ver a nosotros colgados en la plaza. Algo van a ver. Hoy algún show habrá.

(…)

Cuando salimos de la comisaría, la fiscal, el intendente y yo, los manifestantes esperaban con harina. Pero como esta vez sabía que podían tirar algo, salí cagando por un costado y zafé. Nos fuimos caminando por la calle del costado de la plaza.

Eran las diez de la mañana.

Y ahí venía el micro de Pappo. Era negro, decía Riff. Pappo había decidido ir en micro con su gente de Pappo’s Blues. Los Riff viajaban en avión.
Al ver que íbamos caminando, paró el micro y bajó el que venía manejando, Pappo.
Todo despeinado, porrudo como el león de la Metro Goldwyn Mayer, en cueros, con una cicatriz gigante en la panza, inmenso, con un jogging viejo y descalzo, con todos los dedos de los pies amontonados.

Desde lejos, amable, me saludó: -¡Eu!
Cuando lo vi así, tan todo mal, y yo con esta gente al lado, le hice señas de que se esfumara.
-Rajá boludo, rajá, después te explico.

No me dio bola. Siguió avanzando y llegó a nosotros.
Sin saludar a nadie, me dijo: -Necesito unos sanguchitos para Cactus. No desayunó, está muerto de hambre. Cactus era su perro.
Pappo me hablaba a medio metro y de ahí se olía la baranda a whisky que tenía.

No sabía cómo decirle que no se acercara, porque si esta gente que venía conmigo se daba cuenta del aliento que tenía, estábamos fritos.
Entretanto, empezaban a bajar del micro los músicos y la monada. Todos pálidos, como si hubieran pasado horas agarrados de los asientos.
Me imagino lo que habrá sido viajar con Pappo al volante.

Le dije que sí a la comida para el perro, que se la alcanzarían, y Pappo, conforme, se dio vuelta como para irse de nuevo al micro. Pero no. Volvió y les dijo a la fiscal y al intendente:
-Ah, mucho gusto. Yo soy Pappo.
La doctora Hillman fue muy amable. –Sí, lo conocemos.

Ahí le dije que estábamos decidiendo si seguía el festival, porque la noche anterior habíamos tenido unos problemas.
Y él me cortó: -No, no. Hoy toca Riff.
Silencio.
Y dirigiéndose a la fiscal, amenazante: -Mire, si ésto no se hace hoy, mis huestes van a arrasar con todo. Después acá no crece nada. Va a quedar solo tierra infértil.

¡Yo me quería suicidar!

Siguió: -Pero tranquilos, yo soy el Nostradamus del rock y les aseguro que acá no va a pasar nada malo.
La fiscal tenía ojos de no creer. Pappo parecía el cuco en persona.

El Intendente me miraba como diciéndome vos sos un pelotudo, querés que no te suspenda el festival y fijate esto. Para rematarla, Pappo se acercó a la fiscal y muy galán, le dijo: -Señora, yo soy Pappo, el único Pappo que habla.
¡En Córdoba, Pappo, papo, es la concha!

-Además, señora, canto muy bien.
La coronó con su carcajada de oso. Yo temblaba. Me daba cuenta de que no era un temor empresarial sino de vida. Derecho. Porque si no había concierto, ¿cómo sacábamos esas 15.000 personas de Cosquín sin que se corrieran serios riesgos?

Pappo no quiso ir al hotel. Eligió tirar una colchoneta en el camarín para dormir un rato y se quedó ahí, abajo del escenario, mientras Divididos seguía probando.

Yo fui a la fiscalía, el intendente se fue a la Municipalidad. Todos rezábamos.

A la media hora me llamó la doctora Hillman y me dijo que íbamos a hacerlo. Vamos a reforzar tal cosa, vamos a modificar tal otra y lo hacemos. Me dijo: -Por favor Palazzo, prestale atención a todo. Por supuesto le dije que sí: -Ningún problema, todo bárbaro.

Buenas noticias. Excelentes. Eran las once y media de la mañana. La gente iba a tener festival y yo iba a poder ver en vivo a Riff por primera vez en mi vida.

Al rato me puse a trabajar de nuevo en la oficina de producción. Escuchaba a lo lejos la prueba de sonido, parecía que estaba todo bien.

Y apareció Pappo recién levantado.
-Che papito, llamámelo al del sonido.
Dos minutos después llegó Hugo Mossi de Bals, la empresa Buenos Aires Live Show, que trabajaba con nosotros.

Pappo lo miró y sacó una 45 plateada. Gigante. La puso sobre la mesa
-¿Vos querés que te mate?
El técnico no entendía nada. Yo, menos.
-Mirá, si cuando prueba Riff esto no vibra como le vibra a estos putos de Divididos, te mato.

Mossi se fue diciéndome: -Che, éste está loco. Yo qué le iba a decir.

La cuestión es que Pappo probó sonido y no hubo mayores novedades. Seguramente todo anduvo como lo había pedido.

A las tres de la tarde vino el gerente general de Brahma con cara de desencajado.
-¿Qué pasó?
-¡Pasó que así no podemos seguir laburando!
-¿Eh?
-Pappo le apuntó con una pistola a una de las promotoras y después la mordió.

La chica estaba ahí, con el cuello morado. Fui al camarín.

-Carpo, ¿qué pasó con la chica? -Nada. Le hice un mimo.
Se cagaba de risa el pelotudo.

A la noche, cuando estaba por empezar Riff, el Largo Juárez, mi amigo, Jefe de Seguridad, y yo, entregamos los handys a dos personas que nos suplantarían en nuestras tareas por un rato y nos dispusimos a ver el show.
Yo no quería ir al escenario, quería verlo desde abajo para que el grupo me sorprendiera como a un fan más.
Nos pusimos en la primera fila y arrancó Riff.

Pappo, Vitico y Boff avanzaron juntos hacia el frente, como en una coreografía. Pappo con un mameluco militar, alucinante, sin hombros.

Y como yo estaba ahí nomás, frente al escenario, pude ver clarito que se le bajaba el cierre del mameluco a la altura del pecho, ¡y que ahí tenía la pistola, que se le empezaba a caer en cada paso!

Se le terminó cayendo nomás. Y él no se dio cuenta y la pateó.
Entonces la pistola quedó dando vueltas en el escenario como en una especie de ruleta rusa. Yo veía eso y no lo podía creer.
Pensaba: -Ahí la patea de nuevo y se dispara. Uno o dos, mata. Esto es una locura.

Justo cuando la pistola terminó de dar giros asesinos, alguien me golpeó el hombro.
-Che, se está prendiendo fuego todo.
Todavía no había pasado Cromañón, no existía el miedo que hoy existe con el fuego, pero igual casi me muero.

En la oficina tengo un cuadro con una foto que me sacaron en ese momento. Los ojos sacados, gran susto.

Fui y vi lo que había pasado: unos pibes no habían tenido mejor idea que prenderle fuego a los paneles fenólicos para colarse. Chicos, 13, 14 años.
Los agarramos de las orejas: -¡Pero ustedes son pelotudos o qué! ¿Por qué no saltan por allá y listo?
¡Era mejor enseñarles a colarse, que se les diera por prender fuego!

Cuando volvimos, había terminado Riff. Así que me perdí el único show que quería ver.

Después subió Divididos y la noche terminó bien, gracias a Dios. No hubo reportes de violencia ni roturas de vidrio ni corridas en las calles. Todo como lo había anunciado Pappo.

En verdad, funcionó lo que nos propusieron la fiscal y el Intendente: poner una pantalla gigante con sonido en la plaza de la feria de artesanías, que está tres cuadras antes de llegar a la Próspero Molina.

Ahí hubo 5.000 personas bailando y cantando y eso descomprimió todo.

Para conseguir el libro en Salta, dirigirse a Librerias Yenny (Alto NOA Shopping, local 101 – Tel 0387-4217711)

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