Coberturas

Indio en Salta 2011: blues de la libertad

La estrella máxima del rock argentino volvió a nuestra ciudad y presentó oficialmente El Perfume de la Tempestad. Una fiesta inolvidable que RS te cuenta con lujo de detalles.

«El Indio nos hace libres», dijo uno de los que fue el sábado al Martearena. Al rato, ya dentro del predio, otro aseguró lo mismo. Más tarde, una piba comentó algo parecido. La libertad fue la que reinó en la vuelta del ex Patricio Rey y actual monarca del rock argentino. La sensación estuvo en el campo y en las plateas que colmaron el estadio (cuarenta mil personas en Salta, ¿se dan cuenta de lo que eso significa?). Estuvo afuera, en cada lugar de la ciudad en el que los ricoteros armaron la previa, en cada porro encendido en cualquier bar a pesar de la ordenanza que prohíbe fumar puertas adentro, en cada pibe tirado en el pasto de la plaza 9 de julio, con los placeros en el molde. Estuvo también en la Balcarce colmada de gente cantando que no se explica y que se lleva bien adentro; pero, principalmente, estuvo arriba del escenario, personificada en la figura de ese pelado sesentón que desde la década del setenta viene dando cátedra de coherencia, excelencia artística y respeto por la obra y sus seguidores.

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El Indio Solari volvió después de un año y medio a Salta. Esta vez para presentar oficialmente El Perfume de la Tempestad, su flamante tercer disco como solista, que lo encuentra en su mejor nivel desde que se mandó a la mierda con Skay. Eran pocos los que creían que el fenómeno se volvería a repetir y aún menos los que aseguraban que esta vez la convocatoria sería mayor. Solari no sólo volvió, sino que rompió nuevamente todos los récords provinciales y trajo un espectáculo jamás visto por estos lados. Todo eso, coronado con una música inapelable, que osciló entre el pasado y el presente.

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Cerca de las diez de la noche, las luces del estadio finalmente se apagaron (el concierto estaba anunciado para las 21). Mientras Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado se acomodaban, la clásica música tribal de inicio sonaba y las pantallas y el público se prendían fuego; el Indio contemplaba todo desde un costado del escenario, haciendo su ya conocida expresión de las cejas levantadas. Las dos soberbias pantallas laterales lo escracharon antes de que comience el show y la gente enloqueció aún más. Tras la presentación en off del propio Solari («Damas y caballeros: Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado») comenzó «Todos a los botes!», primera canción del nuevo disco y encargada de abrir un concierto de dos horas en el que se priorizó (por poca diferencia) la carrera en solitario sobre la ricota predominante en los pedidos del público.

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“No es dios todo lo que reluce” continuó con el previsible comienzo. Las dos canciones nuevas fueron recibidas de gran manera por el público, a pesar de que el sonido no fue el mejor durante los primeros minutos. Con el correr de los temas, todo se fue ajustando.
El escenario fue impactante: mucho más grande que el de 2009, con pantallas de extraordinaria definición y tamaño. Además, su ubicación permitió un espacio mayor en el campo, que se vio prácticamente desbordado. Los que se quejaban de los costos de las entradas ($120 y $150) se dieron cuenta de que la inversión fue totalmente justificada.

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Después de hacer mención e incluirse dentro de los que recorrieron miles de kilómetros para llegar hasta acá, el Indio y la banda siguieron con “Martinis y Tafiroles”, de Porco Rex (2007). La confirmación de que este concierto no sería como la excepción de 2009 (lleno de temas redondos) apareció ahí, con el presente bien marcado al comienzo.

Con todo, los clásicos ricoteros no faltaron. Durante los shows de Solari, los temas de PR se dividen en tres secciones: infaltables, irregulares y excepcionales. “El infierno está encantador esta noche”, “Juguetes perdidos”, “Un ángel para tu soledad” y “Ji ji ji” son los mejores alumnos, los de asistencia perfecta; a pesar de que a más de uno le gustaría que la cosa no termine siempre con el pogo más grande del universo. “Vamos las bandas”, “Mariposa Pontiac/Rock del País”, “El arte del buen comer” (reflotada en 2009) y “Cruz diablo” son de los que aparecen cada tanto; mientras que temas como “Héroe del whisky”, “Queso ruso” y la notable versión de “El lobo caído” no suelen ser interpretadas.

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“Queso ruso” fue de lo mejor de la noche, con una introducción del Indio haciendo referencia al reciente aniversario del golpe de 1976. Después del tema, todo el estadio se puso a saltar contra los milicos y Solari y los suyos no se quedaron quietos.

“El tesoro de los inocentes” (¿su mejor canción solista?), “Tomasito podés oírme? Tomasito podés verme?”, “To beef or not to beef” y “Pabellón séptimo” fueron las canciones que representaron a su primer disco. Faltó “La piba de Blockbuster”, que todos esperaban después de ver a Deborah Dixon en coros.

“Por qué será que dios no me quiere?”, “Martinis…”, “Pedía siempre temas en la radio” y “Flight 956” (un hitazo a la altura ricotera, por algo va anteúltimo) le aguantaron los trapos al segundo opus en solitario. Como ya estaba anunciado, el nuevo disco no fue presentado en su totalidad: sólo cinco de las doce canciones sonaron en el estadio. A las dos primeras se agregaron “Torito es muerto”, “Vino Mariani” (perfecta para estadios con su irresistible coro) y “Black Russian”.

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Al igual que en el show de Tandil, en noviembre pasado, el Indio reflotó “El regreso de Mao”, uno de los inéditos ricoteros más emblemáticos y tuvo que aceptar el ruego de la gente, que sólo le pide (a él y a Skay) que se junten, al menos una vez más.
 
“Vamos a terminar de manera distinta, con una de Vilma Palma”, bromeó Solari antes del final inevitable con “Ji ji ji”. Las luces encendidas del estadio durante la canción ayudaron a que el pogo que se produce siempre durante ese tema haya sido todavía más impresionante. Ni siquiera las partes más alejadas del escenario estuvieron exentas del temblor escalofriante que se produce cada vez que Los Fundamentalistas se encargan de tocar el himno de Oktubre. Mientras se anunciaba la nueva fecha (Junín, 28 de mayo) a través de las pantallas y se escuchaban los truenos que clausuran El Perfume de la Tempestad, la lluvia se hizo presente, cerrando la noche de manera perfecta. 

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Antes de eso, cuando dejó de cantar, Solari desapareció fugazmente y volvió a la intimidad que comparte con su mujer y su hijo, que lo esperaban a un costado del escenario. Tras el concierto, quedó la sensación de que al Indio le pesan cada vez más los años, que casi no se mueve, que por algo su voz necesita de otras cinco para sostener las canciones y de que es casi un milagro que se presente dentro de dos meses. En cambio, quedó la confirmación de que tiene a su lado a una de las mejores bandas de apoyo del país (no es para echar más leña, pero la que le hace frente es… la de Skay). Baltasar Comotto es una bestia que se garcha la guitarra en cada solo, con cara de actor porno incluida. Marcelo Torres banca todo con su bajo galopante y Sergio Colombo hizo que el saxofón tenga sentido en los discos solistas.

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Pero las flaquezas inevitables del Indio (su físico, la voz) no son, bajo ningún aspecto, elementos que justifiquen un palo a su presentación. Los pormenores de Solari son inevitables, aunque muchos lo crean inmortal. Justamente con esos mismos motivos es que se lo debe alabar. Un tipo que ya la hizo, que tiene el respeto de absolutamente todos (colegas, prensa, público), que jamás aceptó ningún tipo de presión ni de tentación, que sólo fue para donde quiso y consiguió la extraña combinación de ser el mejor de todos y el más popular al mismo tiempo no tiene necesidad de seguir ofreciendo productos de igual magnitud. Sin embargo lo hace, continúa fiel a sí mismo (si no lo creen, agarren una entrevista de hace veinte años, o más, y fíjense lo que declaraba por entonces), ofrece los shows más impactantes del país y conserva al público más numeroso. Un público integrado por personas que el resto de los días pueden ser de clases sociales distintas, que pueden tener vidas absolutamente diferentes; pero que a la hora de los recitales del Indio se vuelven iguales, se emocionan con lo mismo, disfrutan de las mismas cosas, manejan los mismos códigos y perciben iguales sensaciones. Los partidos políticos que fueron a hacer campaña a las afueras del estadio perdieron. La gente no les cree a ellos, le cree a él. Solari ganó, los aplastó con algo elemental: coherencia.

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En el inicio del show, durante “Todos a los botes!”, la gente se dio cuenta de la magnitud que puede adquirir la figura del Indio.  Puede ser gigantesca, a pesar de su escaso tamaño. Cuando se paró al borde del escenario, con las piernas apenas flexionadas, el puño derecho en alto y la mirada oculta tras sus anteojos oscuros, sólo se lo podía comparar con tipos que ya son leyenda; con reyes y personajes mitológicos capaces de convencer a sus aliados y seguidores de arrasar con lo que se ponga adelante. Un William Wallace argento y pelado que te lleva, irremediablemente, a la libertad.

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