Soda Stereo en 1988. Foto: Daniel Ackerman - Facebook Gustavo Cerati
Documentales

Rompan Todo | Una historia desequilibrada

El documental de Netflix recorre el rock de Latinoamérica con un resultado desparejo.

La semana pasada se estrenó Rompan Todoː la historia del rock en América Latina, un documental de Netflix dividido en seis capítulos de una hora dirigidos por Picky Talarico. Es un trabajo entretenido incluso para los que ya conocen buena parte de lo que allí se cuenta, pero la sensación que queda es ambigua. Los distintos relatos de bandas y solistas no entran como deberían. Eso genera recortes que parecen un poco descuidados. Un detalle que no es menor si se tiene en cuenta el alcance de una producción como esta, que se puede ver en todo el mundo.

El problema con este tipo de producciones que se publican en plataformas de tanto alcance es que de alguna manera vienen a “oficializar” la historia. Pasó en nuestro país, por ejemplo, tras el estreno de Tango Feroz en 1993. Seguirá pasando con otros trabajos masivos. Pasa en Rompan Todo, que le da una nueva visibilidad al rock de Latinoamérica bajo una mirada discutible.

En este caso se establece que el rock en América Latina empieza con bandas mexicanas que hacían covers del rock anglo traducidos al español. Ese puntapié se contradice con la evolución del rock argentino tal como la conocemos. Rompan Todo intenta unificar una historia que se dio en momentos parecidos y contextos similares pero que no necesariamente se alimentó entre sí.

Es cierto que los músicos que fundaron el rock argentino sintieron el impacto de grupos mexicanos como Los Teen Tops o sus derivaciones locales como los cantantes que surgieron de El Club del Clan. Sin embargo, esas bandas funcionaron como pasos inmediatos pero nunca formaron parte porque el rock argentino nació en oposición a ese tipo de artistas.

¿Qué es el rock argentino sino un grupo de músicos que empezó a cantar canciones propias en su idioma desde una postura juvenil, contracultural, que rompía con (todo) lo anterior? Eso es “Rebelde” de Los Beatniks. Eso es “La balsa”. Por lo tanto, al menos desde la mirada argentina del rock, la primera media hora de Rompan Todo está de más.

El enfoque del documental provoca que se deje de hablar de Spinetta antes de la publicación de Artaud, o de Charly García después de Piano Bar. Y que se incluya a artistas como Maná o Juanes, lo que es totalmente coherente con la idea inicial de mostrar a bandas de covers de principios de los 60 como parte de la historia, pero no con la supuesta postura anticomplaciente, alternativa, que se describe a lo largo de los capítulos.

El hilo conductor es el contexto político y social de toda la región. Dictaduras y crisis económicas como caldos de cultivo e inspiración de las distintas escenas que, según se cuenta, sirvieron para decir en forma de metáfora lo que no se podía gritar en las calles. Talarico decidió que fueran los propios músicos los que relataran esos momentos y también que fueran ellos los que hablaran del progreso del rock en los distintos países.

Allí se nota algo particular. Músicos y músicas de todos los países hablan del rock argentino como influencia, mientras que los artistas de nuestro país nunca se fijan en sus pares latinoamericanos del mismo modo. No se percibe un ida y vuelta sino más bien una expansión unidireccional que se mantuvo hasta fines de los 90.

Las mujeres del rock, más allá de algunas pastillas breves o ejemplos muy puntuales, sólo están al final de la serie, casi de relleno, justificadas en ese lugar con una teoría extraña que dice que son “el futuro” cuando en realidad ya existen.

Los únicos personajes que reciben un seguimiento privilegiado son Gustavo Cerati, quizás el ídolo popular más grande del rock de Latinoamérica; y Gustavo Santaolalla, responsable de buena parte de la explosión de bandas del continente durante los 90, y también productor de este documental. Su presencia resulta excesiva. Rompan Todo menciona a grupos de Santaolalla que no movieron la aguja de la escena, como Wet Picnic o Bajofondo, y se olvida de, por ejemplo, los artistas que formaron parte de los primeros años de la escena uruguaya, músicos que tuvieron una marcada influencia en varios referentes de los 90 y los 2000.

Santaolalla y Aníbal Kerpel, ex tecladista de Crucis, fueron los responsables de producir a grupos que en los 90 definieron una estética que abarcó a casi todo el continente. Café Tacvba, Maldita Vecindad, Molotov, La Vela Puerca, Bersuit y otros coparon los rankings de esos años y le dieron una identidad propia y a la vez regional a sus canciones. Pero no fueron los únicos que lo hicieron, por lo que las omisiones, sumadas al exceso de protagonismo de Santaolalla, perjudican el resultado final. ¿Acaso se tiene en cuenta la influencia de Mano Negra en esa misma década? Esa ausencia dispara otra pregunta: ¿Es lo mismo “el rock en América Latina” que “rock latino” o “rock en español”? Y una más: ¿Es lo mismo rock argentino que rock mexicano, chileno, uruguayo o colombiano? La respuesta siempre es no.

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