Entrevistas

Buscando nuevas epopeyas

Skay Beilinson está a punto de editar La Luna Hueca, su quinto disco. En una charla profunda, el guitarrista habla sobre las nuevas canciones, recuerda sus años en Salta, explica cuáles fueron las ideas que lo movilizaron y rechaza tajantemente un regreso de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

Ubicada en Palermo Soho, rodeada por bares elegantes, locales modernos y gente vestida ad hoc; la casa de Skay tiene un portón inmaculado y una pared completamente pintada por varios grafitis. Ninguno hace alusión a su nombre ni a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. En el barrio, nadie lo reconoce. Puede caminar tranquilo por sus cuadras sin ponerse a pensar que aparecerá la horda de desangelados a hacerle el aguante durante todo el recorrido. Además, pasa desapercibido cuando no está vestido como para salir al escenario, provisto de sus lentes, sus pañuelos y una actitud aplastante. En persona, Eduardo Beilinson es distinto. Es un tipo tímido que se atropella para hablar, quizás por haber estado tanto tiempo callado en las entrevistas, a la sombra de Carlos AlbertoIndioSolari. Además se mantiene todo el tiempo con una sonrisa y una actitud amable y simpática que subraya con sus ojos celestes. Ofrece mates amargos, fuma y convive con su eterna compañera y manager CarmenPoliCastro. Ambos forman una pareja que constantemente esquivó los caminos convencionales por donde se suponía que debían transitar, en la vida y en la música.

Skay siempre se las ingenió para recorrer los caminos de la libertad, como lo asegura en una de sus canciones. Lo hace desde la infancia, cuando aún era el pequeño Edu, hijo de una familia acomodada de la ciudad de La Plata. Ya, en esa época, algo le decía que encajar no era lo suyo. Durante la adolescencia, en 1968, se dio cuenta de lo que realmente quería: una Europa convulsionada por la psicodelia, los ideales hippies y la revolución del Mayo Francés lo alimentó para toda la eternidad. Volvió a la Argentina siendo el mismo, pero convencido de la vida que debía buscar. Abandonó a su familia de guita, conoció a Poli, se fue a vivir en comunidad y comenzó a pensar que no es rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Y aplicó esa idea para todo lo que hizo desde entonces. También supo ser invisible para la dictadura, yéndose a vivir a Salta. Al regreso de su experiencia en el Norte, la pareja, junto al Indio, convirtieron a Los Redondos en la banda más popular del rock argentino y crearon una leyenda que aún hoy se mantiene vigente y en crecimiento.

Desde entonces, Skay Beilinson mantiene un espíritu que provoca confusión al verlo en vivo. Arriba del escenario es una usina energética imparable que no tiene nada que ver con los 61 años que acusa poseer. Es el guardián de la mística. El chamán que conserva los ideales hippies de antaño y los comparte constantemente a través de la música y las palabras. Podría ser un personaje fácilmente parodiable: el viejo hippie que vive en el medio de la modernidad snob hipster porteña y sigue escuchando a las bandas de su época. Pero no, es de verdad. Es auténtico en una sociedad que sigue actualizando sus estados de Twitter.

En julio aparecerá el quinto disco de Skay, que no es solista, porque él insiste en aclarar que la carrera que comenzó en 2002, con la edición de A través del mar de los Sargazos es la del grupo que completa junto a Los Fakires: Oscar Reyna (guitarra), Claudio Quartero (bajo), Javier Lecumberry (teclados) y Topo Espíndola (batería). El nuevo álbum, La Luna Hueca, está compuesto por diez temas que forman un trabajo corto, intenso, con muchos climas. Es probablemente el más acústico que haya grabado Skay. Posee canciones típicas del estilo cosechado en esta década que se convertirán en hits internos (“Ya lo sabés”, “Falenas en celo”) y otros que remiten a la influencia de la música étnica que siempre estuvo presente en el guitarrista, inclusive con Los Redondos (“La fiesta del karma”). “La nube, el globo y el río”, según el propio Skay, es la canción “más rara” que hizo en su vida y alimenta el peso del disco gracias a la aspereza de las cuerdas arregladas por Alejandro Terán. La Luna Hueca fue grabado en los Estudios Conde, junto al técnico Joaquín Rosson y cierra con “La última primavera”, una bella canción de guitarras penetrantes que se mantienen flotando alrededor de la voz de Skay.

El nuevo disco, sus influencias y el futuro de su música y la sociedad son los temas que Skay analizó en esta charla, que comenzó por los años salteños y finalizó con una negativa tajante a reunir a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. 

– ¿Cómo llegaste a vivir en Salta?

– La historia empezó en el año 76, que vino el golpe militar. La Plata se puso muy jodida, tuvimos dos allanamientos. Y nos salió la posibilidad de ir a Salta. Mi viejo había comprado unas tierras ahí con otra gente, a cien kilómetros de El Galpón, por San José de Orquera. Ahora se hizo el dique El Tunal, en aquel momento no había nada. Era más o menos como el impenetrable (risas). Era a 300 kilómetros de la ciudad de Salta. Cuando llegamos vimos lo que era eso, un delirio total. Estuvimos ahí en Salta, viviendo casi tres o cuatro años. Aprovechando que estábamos allá, recorríamos todo el Norte. Ahí conocimos gente preciosa: Juan Ahuerma, mucha de la bohemia de Salta de aquella época. Y les contábamos que teníamos una banda de músicos delirantes, que eran Los Redondos, que en aquel momento ni siquiera teníamos nombre. Entonces empezamos a buscar un lugar para hacer algo. Y apareció el lugar El Polaco y de audaces, de kamikazes, le dimos para adelante. En un viaje que volvimos a La Plata, entusiasmamos a nuestros amigos y nos embarcamos en lo que era nuestra “gira mágica y misteriosa” por el Norte, que con el pretexto de tocar nos servía de despedida. Mi hermano (N. de la R: Guillermo Beilinson) se iba a vivir a Venezuela y nuestros amigos se dispersaban o desaparecían. Era todo bastante siniestro. Por entonces estaban haciendo una película.

– La de tu hermano.

– La de mi hermano. Mi hermano con el Indio habían hecho el guión y estaban filmando la película.

– ¿Era Ciclo de cielo…?

Ciclo de cielo sobre viento. Justamente, cuando empezamos a hacer la música para la película ahí empezó a tomar forma otra cosa, que era esta especie de banda demente: yo dirigía la banda con un silbato y no había roles definidos. Tampoco era una banda estable.

– En esos años salteños, ¿estuviste con Poli?

– Fuimos Poli y yo, exactamente.

– ¿Y qué hacían ahí?

– Teníamos que encarar una explotación agropecuaria: zapallos, porotos. Pero era extremadamente difícil, porque cuando no se inundaba, había una sequía espantosa. Dependías de la lluvia. O se inundaba o había sequía. Por otro lado, las tierras todavía no estaban listas, estaba terminándose el desmonte y además lo habían empezado en la época equivocada, en la época de lluvia, entonces los cordones estaban llenos de barro. Pero lo interesante fue llegar a ese lugar y conocer a esa gente alucinante. Nosotros, al principio, dormíamos arriba de la camioneta porque no había dónde parar. Era el medio del monte.

– No había una estructura, nada.

– No había nada. No había población. Vivía una gente acá, a los cinco kilómetros vivía otro. Y al tiempo conocemos a uno de los lugareños, el viejo Sebastián Roca, que era un mallorquín. Vivía con su familia, una especie de tribu, absolutamente aislados de todo. Cada tanto hacían un viaje a vender leña ahí en Zapla. Cuando los conocemos ellos nos dan albergue en su casa. En un momento le planteamos si se encargaban ellos de hacer la siembra y todo eso, a ver si funcionaba. El tema es que estuvo eso ahí, unos años. Como no prosperaba después lo vendieron. Pero hay tantas anécdotas, que es demasiado (risas). Es muchísimo, muchísimo.
Habíamos llegado con todos los sueños de cuando uno es joven. Había gente que vivía en esas tierras. Gente casi nómade.

– Fabricaban sus propias reglas, de alguna manera.

– Claro, y nosotros, viendo su situación, que los echaban de todos lados; fuimos a hablar con la gente de acá y les dijimos “mire, a ustedes no les cuesta nada dar un terreno a esta gente, que siempre los están echando”. Hacemos un bien para la gente y también puede servir para la finca.
Estuvieron de acuerdo, todo fenómeno. Entonces les dieron las tierras con papeles: un terreno de 20 por 50 cada uno, una cosa así. Y pensamos que el mejor lugar era al lado de la ruta, que estén juntos. La ruta era el lugar donde pasaba todo. Y fue lo peor que pudimos hacer, porque están acostumbrados a vivir uno acá, el otro a los cinco kilómetros. Entonces empezaron las peleas: “que estas gallinas son mías”. Hicimos un desastre. A veces, con las mejores intenciones terminás cometiendo errores. Para esta gente quizás fue lo peor que les pudimos hacer.

– ¿Ustedes ya tenían experiencia viviendo en comunidad?

– Sí, con Poli nos conocemos en el año 69 y ya al poco tiempo me voy de mi casa, nos vamos a vivir a La Casa de la Luna. Éramos una comuna ambulante, andábamos por todos lados. Después terminamos en Pigüé, en medio de la Sierra de la Ventana, viviendo una especie de vuelta al primitivismo total, intentando cazar con arco y flecha. Unos delirios atómicos. Así que estamos atravesados por esa experiencia comunitaria, que de alguna manera fue el germen de lo que después fue Los Redondos. Éramos una Gestalt, una entidad que es como un único ser compuesto por un montón de personas, donde cada uno tiene su propio rol y todos funcionamos juntos y nos complementamos. Creo que fue un aprendizaje fundamental que después fue replicado en Los Redondos. 

– El famoso todo que es más que la suma de las partes.

– Así es.

– Decías que se fueron a Salta por la dictadura. ¿Allá no era dura la cosa?

– No para nosotros, no nos conocían. Y menos en el impenetrable.

– Hace pocas semanas, en el diario El Tribuno informaron que vos conocías al músico salteño Gustavo Kantor.

– Ajá, lo conocí después. Una familia alucinante. Gustavo, gran guitarrista. Toda la familia. La madre, Aurora, una persona de luz. Y toda su familia y todos sus hijos, que creo que eran cuatro: estaba Gustavo, estaba Ramiro, estaba la chica, que no recuerdo cómo se llamaba y otro que era el panadero. Una familia hermosa, muy generosos, muy hospitalarios, muy buena gente.

– Justamente, Ramiro dijo en esa nota del diario que él y sus hermanos organizaron el recital en El Polaco.

– En El Polaco no, por lo que recuerdo. Estaba Juan Ahuerma, gran poeta. Estaba María Antonieta, que no me acuerdo el apellido, estaba ella con un francés. Y a Ramiro me parece que lo conocí después, no sé por qué tengo esa sensación. Pero quizás…

– Quizás no te acordás bien.

– Exacto, sí, puede ser.

– También decía Ramiro que a la banda le pusieron Patricio Rey por el pintor Francisco Silva, que vivía en Cafayate.

– No, no, en realidad Patricio Rey ya existía. Lo que pasa es que siempre decíamos que Patricio Rey era una entidad, una idea fuerza que por ahí encarnaba en cualquier personaje, por lo general los más locos. Y Pancho Silva en aquel momento, ahora hace mucho que no lo vemos, estaba realmente loco, loco, loco. Una locura preciosa. Se fue a vivir allá: macrobiótico empedernido, un artista, un artesano de la hostia, de los mejores. Y tenía una locura muy particular, entonces a veces yo decía “lo encontré a Patricio Rey en Salta, vengan a verlo”.

– A pesar de pertenecer al mismo país y tener un montón de cosas en común, la idiosincrasia del porteño y la del salteño no es la misma.

– No, completamente distintas.

– ¿Cómo les impactó esa diferencia?

– Todo ese círculo de gente que conocimos eran todos muy bohemios. El que no era poeta era pintor, tenían una vida muy rica. Era muy linda gente.

– ¿Hay algo que hayas aprendido en tus años vividos en Salta que no lo aprendiste en otro lado?

– Hay una relación entre la gente, el paisaje y la música. Allí aprendí la profundidad de la baguala y la zamba.

– Hay otro ritmo, también.

– Otro ritmo. El tema del ritmo fue todo un choque al comienzo, pero a medida que vas entrando vas entendiendo su poesía y su mundo, que en la mayoría de los casos es mucho más rico que lo que se vive acá, en esta especie de vacío frenético.

– En una nota dijiste que en Tilcara la gente vive con otra intensidad, otros valores y otro sistema de creencias. Hoy, Tilcara ya es un punto turístico grande y quizás eso puede estar perdiéndose.

– Sí, se está perdiendo. En aquel momento, para llegar no había asfalto, no había nada. Ahora ya hay rutas, al frente de la plaza pusieron maquinitas con juegos electrónicos. Se está transformando en otra cosa. La última vez que fuimos, hace diez años, estuvimos en la fiesta de las copleras en Purmamarca. Y a las pobres viejitas les coparon la fiesta, les arruinaron su festividad. Era invasivo.

– ¿Por qué se fueron de Salta?

– Porque el proyecto de la finca no prosperaba. Hacía falta una inversión muy grande y esperar mucho tiempo para que eso pudiera ser rentable. Entonces decidieron vender y terminó.

– Ahora la provincia está llena de plantaciones de soja.

– Sí, mi hermano estuvo hace poco por esa zona y me dijo que todo lo que era monte no existe más. Dramático. 

– El Indio laburaba en un hogar de niños cuando Los Redondos no daban mucha guita, en los ochenta. ¿Vos qué hiciste en esos años, después de volver de Salta?

– Nos fuimos a Mendoza, a otro emprendimiento, en San Rafael. Ganábamos relativamente bien. Por otro lado, aprendimos a vivir con poco, así que no necesitábamos gran cosa. Estuvimos unos tres años, en una finca en desarrollo y en una bodega, donde nos tomamos varios litros de vino (risas).

– Daba pérdidas la bodega (más risas).

– Sí, nunca fue un gran negocio. Después de eso nos fuimos al sur, a buscar unos postes para una ruta. Así que durante todo ese tiempo tuvimos una entrada que nos permitía vivir.

– Vos venís de una familia con plata.

– Sí, mi viejo profesional. No mucho, pero no tuvimos privaciones.

– ¿Cómo fue el clic que te hizo pasar de eso a sentir que no necesitabas cosas materiales?

– Todo empezó a desencadenarse cuando hice un viaje (se refiere a su paso por Europa, a fines de los sesenta) y cuando volví ya no podía encajar. En ese viaje me explotó la cabeza. Vi desplegarse la vida ante mí. Dije «es esto o volver a la mediocridad de una vida de mierda en la ciudad de La Plata». Volvimos y no bancaba más el colegio. Yo fui buen alumno, nunca me llevé una materia. Ya estaba en quinto año, era septiembre y la calle estaba preciosa. Había conocido a la gente de La Cofradía, la había conocido a Poli, conocía a todo ese mundo que empecé a vislumbrar allá, en ese viaje, y me di cuenta de que acá estaba sucediendo algo parecido. La verdad es que se me hacía imposible continuar con esa vida. Y cortar era cortar: mis viejos dijeron “si te vas, te vas”. En aquel momento era así. No era “bueno, te vas nene, andá, tomá esto”. Era “tomatelás”. Y durante años no los vi más a mis viejos. Y nos fuimos a vivir en esta comuna. Y ahí aprendés lo otro: que compartir un plato de arroz tiene un sabor mucho más grande que una mesa llena de manjares. Cuando uno es joven tampoco te molesta el frío, no te molesta la incomodidad. Lo vivís de otra manera. Sobre todo en este marco, que era la aventura, era vivir. No me costó renunciar.

– ¿Y antes cómo eras? Cuando vivías con tu familia, cuando tenías una comodidad típica.

– Era una familia exigente. Exigían que fuera buen estudiante. Cuando llegaban las vacaciones podíamos tener vacaciones si nos iba bien en el colegio. El viaje que hago a Inglaterra es un viaje que me lo gané yo, por eso tiene otro valor. Porque no me lo pagaron ellos, lo gané yo. Había hecho un viaje antes, con mis viejos, a Sudáfrica, y ahí en el barco se hizo un concurso y cada uno hacía su gracia: algunos bailaban, otros recitaban. Y yo con la guitarra me canté algunas canciones y parece que enternecí a todos. Tenía 15, 16 años. Así que me gané ese viaje y ahí empezó mi propia aventura.

– Recordando tus años previos al viaje, ¿no tenías actitudes contrarias?, ¿más egoístas? ¿No te decís ahora “qué boludo, yo pensaba esto”?

– Lo que pasa es que a mí siempre me costó. No entraba fácil en el mundo. Siempre era de esos que no encajan fácil, viste.

– O sea que ya tenías algo de lo que apareció después.

– De alguna manera, sí. Las amistades que buscás, las elecciones que hacés. Y cuando encontré la música como parte de expresión para mí también fue como un salvavidas. Había otro mundo, otra posibilidad. Antes ya venía tocando, pero lo empecé a desarrollar en las comunidades. Tuve mi primera banda a los 14 años. Cuando volví de viaje hicimos Diplodocum, una banda muy psicodélica. Ahí conocimos a la gente de La Cofradía, hicimos varias presentaciones juntos. Hubo un intercambio muy rico. Una de las cosas más curiosas fue que lo que yo vi allá en Inglaterra, en esos años, pensaba que sucedía solamente allá. De hecho, acá no había información. No es como hoy en día que te enterás por el teléfono, por Twitter, por los diarios. No había información de nada. Y sin embargo esta gente, los de La Cofradía, la mayoría de ellos venía de Entre Ríos, de Nogoyá; no tenían la menor información. Nunca habían escuchado a Hendrix. Y cuando llegamos nosotros con un arsenal de discos y se los pasamos, empezamos a intercambiar información; fue como un despertar mutuo. Por un lado, ellos vieron un mundo que lo intuían. Es más, estaban haciendo la misma experiencia que se estaba haciendo en otros lados, sin saber. Lo que me lleva a pensar en esto de los campos morfogenéticos de los que habla un biólogo que se llama Rupert Sheldrake. Esos campos vienen a ser algo así como una conciencia que nos conecta a todos. Es un tema largo (risas).

– Quizás se puede resumir en que había un espíritu de la época que coincidía en distintas partes del mundo a pesar de la falta de canales de difusión.

– Exactamente, a pesar de las distancias. Este tipo empezó a desarrollar esta teoría porque un día, después de la guerra, los soldados que estaban ocupando una isla se van y dejan en la isla un montón de zapallos, camotes y cosas así. Y los monos van a los zapallos y los empiezan a comer pero estaban llenos de arena, eran un desastre. Hasta que un día, una mona se mete en el agua y lo lava. Los monitos jóvenes la ven y la imitan. Entonces ya empiezan muchos a hacer lo mismo. A los más viejos les cuesta más pero los más chiquitos ya empiezan. Un buen día, prácticamente todos en la isla hacen eso. Curiosamente, al poco tiempo, en una isla a 500 kilómetros de ahí, los monos están haciendo lo mismo. Quiere decir: nadie aprendió de la imitación. Recibieron información por otra conexión, por otro nivel. Alguno de esos monos entró en ese campo de conciencia donde esa información ya estaba instalada. El tipo dice que cuando hay una masa crítica de un pensamiento, de una idea, eso se impregna de otra manera, que no es el aprendizaje vía imitación. Y esto fue un poco lo que pasó. Había gente en todo el mundo que estaba haciendo esta experiencia. Y los muchachos de La Cofradía lo estaban haciendo también, sin saber que había otros en el planeta que lo estaban haciendo. Es impresionante.

– Una vez dijiste que Krishnamurti te enseñó a pensar. ¿Podés ampliar eso? ¿Cuáles fueron esas enseñanzas?

– Más que enseñanzas particulares, yo siempre tenía una especie de fascinación por la gente que pensaba. Y yo no podía pensar, no entendía los razonamientos. Admiraba a la gente que hablaba y podía desarrollar una idea. Yo no podía. Y con Krishnamurti, con esa manera que tiene, tan de desmenuzar cómo es un pensamiento, empecé a entender. Cuando empecé a entender, empecé a elaborar con un sentido, empecé a entender más profundamente. Aprendí a preguntarme.

– No es que te tiró una idea.

– No. De todas maneras, las ideas de Krishnamurti para mí siguieron marcándome un camino. Que de alguna manera tiene que ver con todo esto, con la misma búsqueda, con otra posibilidad de conciencia.

– Toda esta espiritualidad quizás más elevada que tenés en relación a los demás se nota mucho en tus canciones.

– Yo no me atrevería a tanto. Creo que cada cual tiene un camino y lo va desarrollando en la medida que puede. Un poco, los años dan eso. Lo que dan es profundidad. No es que tengo más elementos, por ahí quizás son los mismos elementos, pero los entiendo un poquito mejor que antes.

– Viajaste mucho. ¿Cuál fue el primer viaje que hiciste? ¿Cuándo te diste cuenta de que moverte era lo tuyo?

– Cuando éramos chicos viajábamos a un lugar de la costa, en el verano. Mis abuelos vivían en Villa Elisa, cerca de La Plata, que en ese momento era casi como campo. Esos son los recuerdos más bellos que tengo. Había un arroyito donde íbamos con mi primo a pescar. Cruzábamos un puentecito de madera y eran esas tardes idílicas de verano.

– Siempre te gustó ir a otros lugares. No quedarte quieto.

– Sí, los viajes me enriquecen.

– Inclusive a esta edad, que ya viste casi todo ¿Estuviste en algún lugar nuevo hace poco?

– Es que cuando sos más grande te das cuenta de que menos viste, menos sabés y más querés saber. Hace poco vinimos de Estambul, de estar en un lugar en medio de la meseta de Anatolia que se llama Capadocia, un lugar alucinante. Después estuvimos por Praga, por Berlín.

– Vos le cantás a la raza humana en el final de tu disco ¿Dónde vas? ¿Encontrás conexiones en el mundo entre la gente de los diferentes lugares que visitás?

– Sí, lo que pasa es que los países musulmanes tienen como otra mirada, otra perspectiva. En ese sentido somos muy distintos. Ellos tienen una profunda religiosidad en todo lo que hacen. Y eso de movida, con nuestro mundo occidental tan en decadencia, es un contraste fuerte. Muchas veces, desde nuestro prejuicio, solemos juzgarlos mal. La fe de ellos está casi intacta.

– ¿Sos un tipo religioso?

–  No, nunca lo fui. Mis viejos eran ateos así que no tuve ninguna formación religiosa. Sin embargo, después, con el tiempo, me fui dando cuenta de que un montón de experiencias que he tenido eran, en un lenguaje religioso, una revelación. Entonces empecé a investigar qué es lo que dicen en diferentes culturas con respecto a esos estados y me di cuenta de que en todas las religiones, en un lenguaje simbólico, se está hablando de lo mismo. La lectura literal no compro, ahí no me cierra para nada. Pero en una lectura más simbólica encuentro que todos están hablando de lo mismo: de un estado diferente de conciencia donde se percibe el mundo y la realidad desde otra perspectiva.

– Volviendo a lo de tus ideas, que esta nueva etapa haya llegado recién hace diez años ayudó a que pudieras tener muy claro lo que querías decir en las letras de las canciones, sin confusiones.

– Tener de compañero al Indio siempre me inhibió a la hora de escribir. Cada vez que se me ocurría hacer una letra la tiraba a la mierda. Y cuando nos separamos apareció la necesidad de ponerle una palabra a la canción. Me costó bastante encontrar un lenguaje propio. Me pasaba que a todo lo que me refería ya lo había dicho el Indio y lo había dicho mucho mejor (risas). Fue todo un proceso.

– Comparando las letras del primer disco con las del último se nota una evolución, pero el mensaje es el mismo.

– Sí, creo que alguien dijo que un artista está siempre buscando una respuesta a una misma pregunta. Lo encara de diferentes maneras y a veces sale mejor que otras.

– Ya van once años con la banda. ¿Cómo ves esos comienzos, con A través del mar de los Sargazos?

– Creo que estoy cantando mucho mejor. En realidad siempre canté, pero cuando pasó esta Gestalt, el Indio tomó el rol de la voz y me había olvidado que yo podía cantar. Y me costó encontrar mi propia manera de decir.

– De hecho, cuando apareció A través del mar de los Sargazos todos decíamos que cantabas re parecido a… a Carlos.

– Mirá vos, es un halago.

– Como que veíamos una influencia que fue mutando hasta encontrar tu voz. ¿Vos no lo sentías así?

– No, porque no tengo el timbre de voz, ni la manera de frasear, ni nada. Porque no me sale (risas). Supongo que la asociación será porque al estar el marco musical, que de alguna manera emparenta una cosa con la otra, las melodías y los fraseos pueden estar cerca. Pero el Indio tiene recursos para la voz mucho más importantes.

– En el ciclo de cuatro conciertos que diste en el Teatro Vorterix, en marzo, presentaste cinco temas. ¿Cómo viene el disco?

La Luna Hueca sería la otra luna, la de los poetas, la de los soñadores, de los aventureros. Es hueca porque ahí es donde se esconde el misterio. Son diez canciones. Hay muchas guitarras acústicas, hay unos climas interesantes. Desde la poesía me pasó que volví a releer a (Julio) Cortázar, La vuelta al día en ochenta mundos, y fue como un disparador. Esas historias absurdas pero que al final parece que quieren decir algo que uno intuye pero irrumpe lo inesperado, lo improbable. Y creo que estas canciones tienen eso. La luna hueca es el lugar donde suceden estas historias que en otro lugar no podrían existir. Rocambole está trabajando en la gráfica y para julio estará listo.

– ¿Te das cuenta de que todos los ricoteros van a comprarse ese libro? (risas)

– Bienvenido, porque es una delicia.

– El riff de “El gourmet del infierno” (de Talismán) es el de “Espiroqueta”, un inédito de Los Redondos. ¿Conservás material viejo de esas épocas que todavía utilizás o es todo nuevo lo que aparece en el disco?

– De aquellas épocas creo que no tengo mucho. Sin embargo, de alguna manera, los demos se convierten en canciones cuando llego al estudio: algunas prosperan, otras se caen y otras mutan. Y en esas mutaciones muchas veces aparecen cosas que estuvieron insinuadas en otras canciones y entra a pasar ese juego raro.

– ¿Cómo te sentiste en el ciclo de Vorterix? No parecías una persona de 61 años.

– (Se ríe) Cuando uno está arriba del escenario se pierde el tiempo y se pierde todo. Cuando uno está con los compañeros que quiere, con los que se siente a gusto y hace lo que quiere, es muy difícil que salga mal. Lo disfrutamos mucho. Y armamos una banda todoterreno: podemos estar tocando en el Cosquín o un lugar para 300 personas. O en estos teatros, que tienen una dimensión muy agradable. Los disfruto más que los lugares más grandes.

– Hiciste un set acústico en el medio del ciclo. En ese momento la gente coreaba mucho y no se escuchaba ni lo que cantabas ni lo que tocabas, casi que uno terminaba imaginándose el tema. ¿No jode esa actitud del público?

– A mí me pasa una cosa: como yo estoy conectado con los in-ears no me entero mucho de lo que pasa afuera. De todas maneras, creo que lo que tiene un recital es eso, la interacción. Y por ahí a la música la terminan haciendo ellos.

– Es una crítica que se le da mucho al público del rock argentino desde los noventa para acá: que quieren ser protagonistas. Hoy pareciera que la gente se estancó mucho en eso.

– Sí, creo que todo tiene su tiempo. Hay momentos en los que la gente participa de una manera más volada, viaja más con la música. Siempre habrá un tipo de participación, supongo, que no necesariamente tiene que ser esa… (Hace gestos de agitar como su público).

– ¿No te parece que la gente se pierde lo que llega de arriba cuando intenta copar la parada?

– Y sí, muchas veces pasa. Pero cada uno hace lo que tiene que hacer.

– Otra cosa que pasó en Vorterix fue que en la última fecha hubo incidentes por la cantidad de gente que estuvo tres horas haciendo cola y se quedó afuera.

– Sí, yo creo que ahí hubo un manejo equivocado de la gente que estaba haciendo la seguridad, pero te hablo sin saber porque no tengo detalles.

– Fueron treinta minutos en los que volaron piñas y vasos y la policía se fue. Hasta que el público abrió las puertas y se metió.

– Es una pena, porque de esa manera se han terminado muchas bandas.

– ¿Eso te hace pensar en dónde tenés que tocar?

– A esta altura ya no pienso en eso. Se lo dejo a Poli. Para mí, tocar es subir a un escenario. Todas las otras cosas las resuelve Poli: con quién va, con quién lo va a organizar. Y en este mundo, en este negocio, hay de todo. Ella es la que se tiene que sentir cómoda con la gente con la que va a laburar.

– Dijiste hace poco que a veces los músicos de la banda ganan más que vos y Poli. ¿Esto sigue sucediendo?

– Depende del lugar. Cuando vamos al interior, que los costos son muy grandes por las distancias, el micro y los fletes, a veces pasa eso. Últimamente viene bien para todos. Nunca dio pérdidas pero no me molesta a esta altura, porque no me queda otra cosa que hacer esto, porque lo hago con gusto. Los primeros que tienen que cobrar son los técnicos, porque ellos no se llevan ni un aplauso. Después, los músicos, porque son los que están poniendo sus instrumentos y sus ganas. Y el último que tiene que cobrar soy yo.

– En Salta tocaste una sola vez, en 2008. ¿Es muy difícil llegar?

– Es difícil llegar, es difícil encontrar la gente con quién organizar. Sobre todo eso. Tendrías que preguntarle a Poli. Por ahí viene una persona a ofrecer un negocio pero no es el negocio en sí sino la persona. Por ahí hay otra oferta de personas con las que nos sentimos a gusto y entonces, bueno, vamos haciendo. Hay gente que hace giras largas pero a mí me gusta tener un pequeño espacio entre un show y otro. Lo ideal es uno o dos por mes porque podés cambiar completamente el show.

– En vivo le das mucho espacio a Oscar Reyna y recordaba una frase tuya en la que dijiste que te sentís más guitarrista rítmico que otra cosa. Algo muy curioso, porque sos uno de los violeros más importantes del país.

– Me siento muy a gusto haciendo la rítmica. Solear también me gusta. Pero, cantar y solear es como mucho. Entonces cuando se reparten un poco los roles creo que se enriquece. También me da un poco de aire, porque si no es terminar de cantar y entrar al solo y volver a cantar y otro solo (risas). Oscar es un gran guitarrista, tiene mucho gusto.

– ¿Hay alguna canción que no la negociás? ¿Qué decís “a esta la voy a tocar siempre yo”?

– No, no, lo que pasa es que muchas veces probamos cambiar roles. Si no está a la altura de lo que el tema pide volvemos al rol anterior, pero muchas veces cambiamos.

– ¿Los músicos de la banda pueden sugerirte cosas?

– Sí, acá es todo prueba y error. En música no hay ninguna certeza más que lo que te diga el corazón. Si funciona, funciona. Después se prueba y después se vuelve a cambiar. Lo que sí, me guardo la última decisión.

– Tus canciones son elegantes, no hay nada de más.

– Sí, busco eso, que es un flor de laburo, porque a medida que aparece la idea se me empiezan a ocurrir mil cosas y el tema es una montaña gigante. Y el laburo es empezar a quitar hasta encontrar qué era aquello que era esencial de la canción.

– Es casi una analogía con tu vida.

– De alguna manera sí.

– No hay nada al pedo.

– Exacto, intento que sea así.

– ¿Estás contento con el disco?

– Mucho.

– ¿Cuánto tiempo lo laburaste?

– No me meto al estudio a terminarlo. Voy una semana, después salimos a tocar y vuelvo al mes siguiente. Así lo fui haciendo el año pasado y lo terminamos este año.

– ¿Quedó mucho afuera?

– Un montón de canciones. Esa es otra de las libertades que me di: romper los temas, cambiarlos de tonalidad, crearlos de vuelta, pasó de todo. Había una canción que no me terminaba de cerrar, “El redentor secreto”, y no la quería incluir. Y vino el baterista y me dijo “estás en pedo” (risas). Lo había hecho con la batería programada y faltaba algo, pero cuando lo tocó el baterista, claro, creció.

– El año pasado, Ricardo Mollo dijo que el rock se convirtió en una industria y de ahí no se vuelve más (ver Rock Salta número 10). ¿Vos qué pensás?

– Que se convirtió en una industria y está atravesado por el negocio y es lo más nefasto que le pudo pasar. Que no vuelva más, depende qué consideremos como rock. Si es todo lo que quedó metido dentro de ese engranaje, creo que no vuelve más. Pero creo que el rock es algo más amplio. Hay gente que hace otras músicas que yo las englobo dentro del rock y quizás están fuera del circuito y están haciendo otras búsquedas y eso traerá nuevos aires. Siempre pasó así.

– El rock es la contracultura que se volvió parte del sistema ¿Entonces dónde está hoy la contracultura?

– Hoy lo más transgresor es la belleza. Y el mayor compromiso de los músicos es encontrar los lugares donde está la belleza. Todo se está transformando a una velocidad fabulosa. Se están produciendo cambios muy profundos. ¿En qué va a terminar? No lo sabemos. Como decía el amigo Houellebecq, el ser humano es capaz de las atrocidades más grandes y sin embargo nunca deja de creer en la bondad y en el amor.

– ¿En los sesenta y setenta se percibía esa sensación de cambio o era como ahora que decimos que no sabemos qué va a pasar?

– No, para mí había una gran diferencia, que era que creíamos que podíamos cambiar el mundo. Es más, lo estábamos cambiando. Por poco tiempo, pero el mundo cambió. Para nosotros, ni hablar. Nuestras vidas cambiaron profundamente. Y de alguna manera impregnamos al resto de la sociedad, en algunos casos posiblemente para peor (risas), pero también fue quedando algo de todo eso. Creo que el ser humano siempre está anhelando algo más. La historia del ser humano es alcanzar, ir hacia algo. Y todo el mundo está buscando eso. Cuando coinciden varias mentes en una misma dirección, a veces se produce esa trasformación en la cultura.

– ¿Y hoy podés percibir esa transformación?

– Me es más difícil, porque hay mucho barullo alrededor. Depende de qué punto lo veas. Si miro cuarenta años atrás, cuando hablar de ecología era como una cosa de locos, que a nadie se le ocurría; hoy en día está instalado el cuidado del planeta, lo absurdo de la guerra. Hay cosas que hoy son más evidentes, más allá de que el ser humano todavía no alcance a transformarse verdaderamente. La conexión que hay entre todo el planeta era algo impensado cuarenta años atrás. Así que yo creo que todo esto o desemboca en la gran hecatombe a la cual parece que nos encaminamos sin pausa o queda esperanza.

– Lo de la belleza ya lo habías dicho. Dijiste una vez que no luchás contra lo establecido sino que buscás la belleza. También que no hay cambio posible sin romanticismo. ¿Buscar la belleza no es ser un poco romántico?

– Sí, no sé bien cómo se define el romanticismo. Yo lo pongo desde ese lugar: alguien que elige el camino de la belleza en contraposición a lo otro, al mundo del negocio, es un romántico. El mundo, la sociedad y el sistema nos proponen un camino al que todos debemos obedecer y somos esclavos del consumo, del dinero, de las zapatillas, del McDonald’s, del celular. Salirse de ese juego, plantearse otra posibilidad, más allá del éxito que tengas o no, es como un acto, si querés, revolucionario. Creo que cada uno en su vida hace pequeñas modificaciones que apuntan a un lugar más pleno.

– ¿Te gusta la idea que cada uno aporta su granito de arena para un cambio general, fuera de banderas y partidos?

– Es que creo que ahí es donde se producen los cambios más profundos, porque cuando nos alineamos con una ideología empiezan a aparecer todas las otras miserias que la historia ya nos mostró que existen. Empiezan los fanatismos, empieza la lucha por el poder, toda una maraña de intereses que confunden todo. Creo que la única actitud sincera es la que uno asume consigo mismo. No ante los demás. Creo que ahí está el lugar. Y en la medida que cada uno sea más fiel a sí mismo en un comportamiento, si querés, ético, bueno, creo que ahí puede haber algún cambio. El lugar donde te pongan los acontecimientos dice muy poco, porque un día estás acá y después no.

– No sos un tipo que crea en los partidos políticos.

– No, soy muy descreído. La política me confunde mucho porque veo eso: una maraña de intereses. El fin justifica los medios en la política y ahí se me desarma todo.

– Sos una persona que siempre se mantuvo al margen, de alguna manera. Siempre hiciste tu camino: no tocás canciones de Los Redondos, a pesar de que te las piden; te alejaste del mandato familiar; y sin embargo sos un ícono para un montón de personas. Vos te corriste y te siguieron. ¿Eso es bueno o es malo para un tipo que se quiso salir?

– No, yo en realidad me guío por lo que me pasa a mí. De la opinión de los demás, salvo muy pocas personas, paso. Hago lo que hago porque creo en ello. Creo que las canciones que estoy haciendo ahora son más vigentes para este tiempo mío que las otras canciones que hicimos en otra época. Que son buenísimas, no reniego de eso, al contrario. Creo que fue una época preciosa, fue una época súper intensa. Que dimos todo. Por eso, por mis compañeros de Los Redondos tengo el amor más grande. Esto que dicen, de juntarnos otra vez, a mí me parece (pausa) ¿Cómo decirte? (pausa más larga). Sería casi como hacer una parodia de lo que fuimos. Y eso sí que es una transgresión fea que no quiero hacer. Si volviesen Los Redondos tendríamos que ser unos Redondos distintos, no volver a ser aquello que fue propio de una época. Una parodia de lo que fuimos sería patético. Sería patético. Y sin embargo no reniego de eso, todo lo contrario. Los amo a todos, dimos todo.

Semilla, Sergio y Walter grabaron para el próximo disco del Indio, y al parecer también van a tocar en vivo con él, ¿te enteraste?

– Sí, tiene su peligro porque el pasado fue tan intenso. ¿Cómo hacés para eliminar el pasado? ¿Para ignorar el pasado? ¿El ahora es tan sólido como aquello o va a ser una experiencia menor? Por eso es difícil esa apuesta. Si se da, buenísimo. Ojalá que haya novedades.

– ¿Pero vos realmente dudás que no puedan estar a la altura de la leyenda de ustedes mismos, si vuelven?

– Depende lo que se haga. Creo que en ese momento, lo que nos mantenía unidos, lo que nos impulsaba a esa aventura, era el espíritu de Patricio Rey, que era una fuerza impresionante, y fuimos hasta donde pudimos llegar.

– Por otro lado, si se llegaran a reunir tendrían un quilombo para elegir dónde tocar. No tienen un lugar donde entren todos los que irían a verlos. Son esas cosas que uno se pone a pensar y quizás ustedes ni siquiera se lo plantean. Pero el pensamiento general es “estos tipos se juntan y conmueven al país”. ¿Te diste cuenta alguna vez de la dimensión que tiene la banda?

– De alguna manera sí, de alguna manera sí.

– ¿Y no te abruma?

– Lo que pasa es que ya pasó. Y Patricio Rey se fue, nos abandonó.

– Pero el mito creció de una manera increíble en los últimos años.

– Sí, fuimos más populares cuando nos separamos que cuando estábamos juntos. Y no es el primer caso. Han pasado miles. El caso de Luca, Sumo, Pappo. Grandes músicos que en realidad tuvieron reconocimiento una vez que se fueron.

– Pero a pesar de lo grandes que fueron Luca y Pappo, no se comparan con la dimensión del mito de Los Redondos, que es algo más grande.

– Al ser un pasado tan intenso, lo mejor que podés hacer es sacártelo de encima porque si no te abruma. Por eso no me gusta mirar el pasado, si no te quedás anclado ahí por siempre. Hay que entender que cada época tiene sus propias epopeyas. Y si uno se queda mirando el pasado, el presente se le va.

– Al mismo tiempo, ¿no está esa presión de la gente? ¿No pensás a veces “che, bueno, hay mucha gente que lo pide, podríamos…”?

– Pero es imposible. Si el espíritu de Patricio Rey no está presente, ¿qué vamos a hacer? ¿Una parodia? Para mí sería vergonzoso y para ellos sería una decepción.

– ¿Te parece?

– Sí, porque si Patricio Rey fue algo, fue verdad. No fue una ficción, no fue un invento, fue verdad. Eso lo hizo grande.

– Creo que si la banda vuelve la gente va a estar tan contenta que ni siquiera va a pensar eso.

– Es que yo creo que las cosas tienen que ser verdaderas. No creo en las falsedades, no creo, ¿qué querés? Y esto tiene el tiempo y la historia. Los que estuvieron, estuvieron, y es así. Los que estuvieron, bienvenidos, fueron nuestra extensión de todo este viaje. Y los que no estuvieron, no estuvieron. Están los discos, está la obra, están las cosas nuevas que hacemos, si les interesa o no. Pero lo otro, ¿cómo hacés? Puede ser patético. Las reuniones son patéticas porque ya no es lo mismo. Patricio Rey no está, se fue. Si algún día vuelve, vemos.

– ¡Dónde habrá reencarnado Patricio!

– Yo creo que se fue a otra dimensión, definitivamente (risas).

– A la luna hueca.

– A la luna hueca.

– Los Pez dijeron varias veces que Patricio Rey arruinó al rock argentino. La teoría es que como ustedes fueron tan grandes influenciaron a muchas bandas y esas bandas intentaron copiarlos, les salió mal y quedó una mediocridad terrible. ¿Te hacés cargo?

– Creo que de alguna manera tienen razón, pero por otro lado hay que mirar con perspectiva. Porque todos aprendimos imitando a alguien. Todos. Y es el proceso que llevan esas bandas. Hoy en día quizás sean horribles, pero por ahí dentro de tres años encuentran su propio lenguaje y fue pasar por este aprendizaje para pasar a otro lugar. Así que en ese sentido creo que no hay mal.

– Incluso hay bandas consagradas que están en ese grupo de influenciados.

– No importa, consagrados o no consagrados. Algunos con un producto más interesante que otros, pero todos vamos aprendiendo.

–  ¿Hay alguna de esas bandas que te guste?

– Me entusiasmo últimamente donde haya novedades, algo que desconozca. Hace un tiempo estuvimos en Corrientes y nos acercaron unos discos de unos grupos de allá, y me gustó porque tenían como otro lenguaje. Aparecía un poco la selva, el río Paraná. Estaban hablando de otra cosa y me resulta más atractivo eso que lo otro que ya conozco.

– ¿Nunca quisiste tener hijos o no se dio?

– No, no se dio. Cuando se dio no quise, y la verdad que los chicos me gustan pero no sé si estoy en condiciones de hacerme cargo de criar un hijo. De alguna manera, esto de hacer canciones es otra manera de estar y trascender.

– ¿Pensaste que ya te queda menos tiempo de vida que lo que ya viviste?

– Sí, lo supe desde siempre. La vida es un regalo. Hay que vivir y hacer las cosas que me gustan hacer. Estoy en deuda con la vida y mi manera de devolver es con las canciones, lo mejor que sé hacer.

– No te angustia.

– No, la muerte es una incógnita pero también es inevitable. Estoy impávido como todos. Creo que se hace más dramático cuando no tenés un plan, cuando no tenés un proyecto de vida. En mi caso, estamos haciendo esto y es un momento hermoso para nosotros, como grupo. Cuando se termina se termina.

* Foto de Ariel Bacca | Entrevista publicada en la revista Rock Salta N°15 (junio-julio de 2013)

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