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Entrevistas

Todas las formas de ser Cazzu

Antes de su presentación en el Estadio 23 de Agosto de San Salvador de Jujuy, la artista jujeña recorre sus raíces, su vínculo con el rock y el camino que la llevó a construir una identidad musical a partir de la cumbia, el trap y la exploración de distintos géneros.

Por Mercedes Mosca
Fotos: Prensa Cazzu

Cazzu habla de música como quien se resiste a quedarse quieta. Jujeña, con una identidad muy ligada a su tierra, en su recorrido aparecen el rock que escuchó de adolescente, las bandas de cumbia en las que encontró un lugar para cantar, el trap como un espacio que ella misma ayudó a construir y, más tarde, una búsqueda que la llevó por el R&B, el folclore y otras músicas latinoamericanas. En el medio, una constante: la necesidad de escapar de las etiquetas y de las formas establecidas de hacer las cosas.

Por eso, hablar con ella desde el rock no significa buscar una Cazzu rockera. El eje aparece, pero ella misma lo complejiza. Cuando recuerda su formación ligada al rock, enseguida lleva la conversación hacia la cumbia, hacia los estándares que determinan quién puede hacer música y quién no. Y ahí aparece una de las claves de su recorrido: “Si no hubiera pasado por la cumbia, no existiría Cazzu”. Después llega el trap, entendido como una invención, una urgencia y una forma de abrirse un espacio. “El trap no es nada. El trap no existe. Y es buenísimo que no exista, porque lo inventamos”, dice.

Cazzu tampoco piensa la música como un territorio de certezas. Defiende el error, la exploración y las canciones que pueden nacer de lugares extraños o incluso fallidos. Desconfía de la perfección y de todo aquello que convierte la creación en una fórmula. Para ella, hacer música también implica destruir esquemas, cambiar de rumbo y aceptar que no todo tiene que funcionar.

En esta conversación aparece una artista que construyó su identidad precisamente en la mezcla: una identidad que no necesita elegir entre la raíz y la ruptura, entre la vulnerabilidad y la fuerza, entre lo popular y lo experimental porque siente que se puede ser todo eso a la vez. Una artista que, incluso cuando intenta ser definida por un género, vuelve a escapar de él.

– Tu último disco, Latinaje, y tu show del 3 de octubre en Jujuy vuelven a poner tus raíces en el centro. Alguna vez dijiste: “¿Cómo sabría quién soy si me olvido de dónde vengo?”. Después de todo lo que cambió tu música y tu carrera, ¿qué cosas de ese lugar de origen siguen siendo innegociables para vos?
– Después de haber visto mucho, haber recorrido mucho, de haber conocido mucha gente y muchas maneras de hacer música, lo más innegociable para mí es lo que se mantiene puro: saber que la música siempre es música. Con toda la complejidad que puede habitar dentro de esa palabra, primero es música y después es nuestro trabajo, es de lo que vivimos, es un negocio. Para mí es muy importante proteger ese espacio: el del arte y de la creatividad. Protegerlo de los pensamientos que son convenientes solamente para el negocio.

– La creatividad tiene un lugar muy importante en tu vida. ¿Es algo que buscás conscientemente o sentís que aparece de manera natural en tu día a día y después se traslada a la música?
– Más que un lugar sagrado, es un lugar natural para mí. La creatividad está presente en mi vida de una manera casi permanente. Desde la decoración del cumpleaños de mi hija hasta un mapa que hicimos para aprender a dormir solas. Y también está en la música. Todo el día. Me gusta mucho pintar, coser, hacer cosas con mis manos. También me ayuda a no tener el celular todo el día en la mano o estar permanentemente frente a una pantalla. Me gusta el silencio también. A veces es más conveniente y a veces menos, depende de cómo esté la cabeza.
Para la música trato de ajustar la creatividad. Es como si tuvieses una maquinita que pensás que va a funcionar y después empezás a tocarla por distintos lugares y la llevás hacia otro lado. Mis discos están hechos de maneras muy diferentes. No soy muy metódica. Me olvido de los métodos que uso para hacer mis discos y cuando me toca hacer algo nuevo pienso: “¿Cómo se hacía esto? No me acuerdo”. Entonces toca volver a empezar. Y ese volver a empezar siempre es desde otro lugar. Me gusta olvidarme de cómo hago la música.

– Cuando volvés a empezar desde otro lugar, ¿sentís que también descubrís algo nuevo de vos misma como artista?
– Sí, siempre trato de respetar bastante el destruir el esquema y la automatización de cómo se hacían las cosas para ir hacia algo nuevo. Eso también puede fallar, y también es espectacular. Hay algo que pasa cuando vas al estudio: empieza toda una situación de frustración. Por eso es importante que las personas que te acompañan tengan mucha paciencia con las ideas raras y que no estén buscando la eficacia de una canción. Trato de ser muy cuidadosa con eso y de escuchar bien si las personas que están a mi alrededor me van a ayudar a caminar hacia esa exploración musical o si me van a limitar, juzgar o decirme “esto es muy raro”.

– Decís que te gusta trabajar con un equipo de personas que intervengan y que incluso te contradigan, pero al mismo tiempo la decisión final siempre es tuya. ¿Cómo encontrás ese equilibrio entre dejar entrar otras miradas y cuidar tu propia visión?
– No me gusta llamarlo “equipo”, porque siento que esa palabra está perjudicada. Yo en realidad tengo compañeros y también amigos. Compañeros en la música, en las puestas del show, que tocan, que producen. A mí me gusta que el arte y las cosas que hacemos sean necesariamente colectivas, donde hay intervención, el intercambio, la conversación, el ida y vuelta aunque la última decisión sea mía. Porque la música está hecha con emoción, no es una ecuación, no necesita servir. No es un software ni algo matemático. La música puede ser horrorosa y existir.
Todos queremos que nos vaya bien. A mí me encanta que me vaya bien. Siempre le explico a todo el mundo que nadie quiere más que yo que a mí me vaya bien. No me quiero cagar de hambre ni quiero que mañana la gente no entienda mi disco. Pero no puedo prohibirme estas exploraciones.

– En tus comienzos también estuvo el rock: Callejeros, Los Gardelitos, Linkin Park, Avril Lavigne, e incluso de chica tuviste bandas de rock. Con todo lo que cambió tu música desde entonces, ¿qué sentís que todavía conservás de aquella adolescente?
– Creo que la primera vez que pude cantar fuera del colegio fue con una bandita medio rockera que también hacía algunos covers pero, en realidad, mi pasado está en la cumbia. Llegué ahí por decantación, por la necesidad de cantar y de estar en algún lugar. La cumbia fue el primer espacio en el que sentí que podía. En otros lugares donde intenté recorrer la música siempre estaba por debajo del estándar que se esperaba porque “no cantaba tan bien”, “no tenía tan buen oído”, “nunca me desarrollé demasiado con un instrumento”. Siempre sentía que estaba muy por debajo de lo que se exigía. En cambio, en la cumbia fue la primera vez que alguien me dijo “Esto es buenísimo, la vamos a romper, nos va a ir bien, tu voz es muy linda”. La cumbia se volvió mi refugio. Un refugio para siempre.

– ¿Qué tenía la cumbia que te permitió sentirte segura en un momento en el que todavía tenías tantas inseguridades musicales?
– En la cumbia sentí que tenía un espacio. Nadie es mejor que nadie. En el rock no es tan así. En el rock hay mucha gente muy hábil. En la cumbia también, pero está generada en un contexto de marginalidad y se la cataloga como algo que no alcanza el estándar. El rock también tiene, en ocasiones, orígenes marginales, pero de alguna manera su apreciación cultural está por encima de la cumbia, y eso siempre me genera dudas. Creo que a veces tiene que ver con que en el rock hay más opinión sobre lo académico, sobre el saber técnico, y la cumbia tiene algo hermoso: es democrática. La cumbia fue el único género que realmente me hizo sentir que yo podía, me dio seguridad y la certeza de que podía hacer música. Si no hubiese pasado por la cumbia, no existiría Cazzu. Yo siempre le digo “santa cumbia”.

– ¿Sentís que el rock también puede ser un lugar que pone etiquetas?
– Si, especialmente a las mujeres. Cuando era chica escuchaba lo que escuchaba mi hermana, que es muy rockera y de muy buen rock. Ella sentía que esa era la música que importaba. Y creo que hay algo en el rock que puede ser revelador cuando lo escuchás. Hay que escuchar al Indio Solari, hay que escuchar a Charly García, porque ellos te ayudan a aprender a pensar. Pero cuando vos querés ejecutarlo, ahí es donde te encontrás con todo esto de lo que estamos hablando. Nosotros, que éramos un poco los inútiles de la música, tuvimos que hacer todo este quilombo y decir “Bueno, los traperos”. El trap es un gran invento. A veces lo ves como un invento de mierda. Otras veces te preguntás “¿Qué es todo esto?”. Y a mí me encanta que me pase. Me encanta verme y pensar “Qué ridícula total”. Pienso que la etiqueta dentro de la música es para los que son demasiado buenos en algo. Yo no me considero demasiado buena en nada. Soy como un cúmulo de cosas, de pequeñas virtudes juntas que yo misma inventé. No tengo género. Si fuese buenísima cantando tango, quizás cantaría tango para toda la vida. Pero como no soy tan buena haciendo nada, soy buena inventando. Hay mucho juego también porque es cómo ofrecerle a la gente esto que pienso y que me gusta tanto. Y lo más loco es que había un montón de gente que sentía que eso le hacía falta en su vida.

– ¿Y qué lugar ocupa el trap en esa construcción?
– El trap no es nada. El trap no existe. Y es buenísimo que no exista, porque lo inventamos. Es como una bandera, la revolución de los que no cantamos, de los que tenemos una necesidad, una urgencia de hacer música y de que la gente nos escuche sin tener cómo hacerlo: sin entender nada, sin ser grandes músicos, sin ser muy hábiles en la música. La cumbia, por ejemplo, es un cobijo, que me recibió como su pequeña fiel. Pero el trap tiene eso de “Necesito hacer música, me urge”. Y ahí estamos todos los que necesitamos crear un espacio. ¿Quién nos va a enseñar a hacer trap? Nosotros somos el trap. Cuando me encontré con él, dije “Listo. Acá nadie me explica cómo son las cosas”. Yo siempre perseguí ese espacio donde nadie me dijera cómo tenía que hacer las cosas.

– Si mirás toda tu carrera, hay algo que aparece constantemente: no te quedás dentro de una sola etiqueta. Pasaste por distintos géneros y sonidos. ¿En qué momento entendiste que no necesitabas elegir uno solo?
– Lo que pasa es que la industria también te pone etiquetas. Yo vivo de inseguridades en la música. Cometo muchos errores y todavía soy altamente inmadura musicalmente. No soporto etiquetar del todo la música y tampoco recomiendo al oyente hacerlo. Porque hay partes de la música que después no conocés y te estás perdiendo cosas increíbles por seguir un camino. Cuando alguien dice “Cazzu es trap” pienso que es rarísimo, porque capaz mi canción más escuchada pudo haber sido una cumbia de hace muchos años. Todo el mundo me conoce porque pegué una cumbia. Entonces, para mí, el trap es una actitud. Es una identidad. Hoy voy a un concierto y adelante tengo pibas emo con el pelo negro, ropa negra y tatuajes que son fans de hace muchísimo tiempo. Al lado están las chicas mamás, y por allá hay señoras grandes cantando “La jefa”. Eso para mí es una felicidad total. Haber entendido que etiquetar y delimitarse nos limita a todos.
Si no me hubiese animado a hacer Latinaje, con todos los prejuicios que tenía (“¿Por qué voy a aparecer cantando un bolero?”), no hubiese conocido a un público tan diferente: mujeres de distintas edades, personas que quizás nunca habían conectado conmigo antes. El show de Latinaje tiene un rango etario enorme. Mujeres grandes, medianas, jóvenes y algunos hombres. También encontré un público con el que no hace falta empatizar ni convencer.

– ¿Cómo convivís con las críticas cuando hacés algo que se aleja de lo que el público espera de vos?
– Creo que nunca nadie me aprobó ni me autorizó a hacer buena música. Entonces fui generando una energía en la que las únicas reglas que importan son las que tengo yo. Nunca me va a importar si a alguien le parece una falta de respeto que cantemos Piazzolla, después una chacarera, después una cumbia y después un reggaetón. La crítica estuvo presente en muchos espacios de mi vida. Aprendí a no buscar la aprobación de nadie más que de mí misma y a no esperar que todo el mundo me apruebe. Sería rarísimo que a todo el mundo le gustara Cazzu. Algo estaría haciendo mal. La gente es muy diferente entre sí y a mí me gusta que sea así. Hace poco escuché a una mujer que decía que iba a hacer un análisis muy objetivo sobre mí y terminó preguntándose “¿Qué le costaba quedarse haciendo trap? ¿Por qué tiene que venir a cantar estas cosas?”. A mí me parecía loquísimo cómo una cosa puede sacar de quicio a las personas. Y la verdad es que lo disfruto un poco. Me gusta que alguna música o alguna cosa que yo haga saque a la gente de quicio, porque abre mundos.

– En Latinaje aparecen muchos géneros y tradiciones que forman parte de lo que escuchaste durante toda tu vida. ¿Qué significó para vos hacer ese disco?
– Latinaje es el disco más hegemónico que tengo. Por eso es el que más le gusta a la gente. Pero no va a ser la música que haga para toda la vida, porque yo no soy hegemónica. Me fui muy feliz haciéndolo porque fue un disco con poca pretensión. Yo siempre fui muy compleja y experimental para la música. Con Latinaje dije “¿Saben qué? Me voy a meter todo acá y voy a convertirme en una persona muy honesta que va a hacer canciones a partir de las cosas que escuchó toda su vida”. Siempre me había parecido rarísimo que Cazzu, la del trap, de repente apareciera cantando esas cosas. En Nena Trampa (2022) ya tenía mi primer folclore, “Piénsame”, una canción que adoro y que probablemente sea una de las mejores canciones que hice. Pero Latinaje fue como jugar a que soy una cantante de todos los tiempos. Y divertirme.

– También hubo otra búsqueda muy diferente en Una niña inútil (2020), un disco atravesado por la poesía de Alfonsina Storni. ¿Cómo recordás ese proceso?
– Una niña inútil es un disco muy hermoso, y para mí fue revolucionario desde muchos lugares. Estábamos en pandemia, salía mucho reguetón, mucha música, y yo dije “Mi estado de ánimo es otro”. Estaba en una melancolía total. Entonces iba a hacer un disco sin pretensión. Lo grabé en mi casa y trabajé con amigos de España. La expectativa comercial estaba muy baja. Aunque esa expectativa nunca desaparece del todo. Siempre hay una voz que te dice “No te olvides de mí, de esto”. Pero en ese momento yo era todavía más rockstar. No me importaba nada. Me peleaba con todo el mundo y pensaba “Voy a hacer un disco y los de mi discográfica se van a querer morir porque va a ser rarísimo”. La poesía es una gran compañera para mí, para la música. Es hermoso leer algo y pensar “Qué hermoso este sentimiento que me está latiendo”, y tratar de llevarlo a una canción. Lo hago bastante. A veces voy al estudio con libros de poesía.

– ¿Hay algún autor o alguna autora actual de poesía que estés leyendo?
– Me gusta una mujer que se llama Marianela Saavedra. Me dio sus libros y encontré cosas muy preciosas: simples, reales, combativas, realistas, bellas, del sur. Me parece hermosa. Me gusta la poesía cuando es combativa, como Alfonsina Storni. No me gusta tanto la poesía triste, esa cosa de “soy triste, todo es triste, el amor, todo es un garrón”. También pienso que lo que leés moldea tus pensamientos. Y si los pensamientos se moldean, también se moldean tus actividades en la vida. El pensamiento tiene mucho que ver con lo que uno lee. Si leés toda tu vida a Jane Austen y nada más, vas a estar complicada con las situaciones amorosas y con determinadas perspectivas. Podés idealizar demasiado porque esa autora te lleva a idealizar las relaciones y los vínculos. También depende de los estados. Puede haber momentos en los que quieras leer algo que solamente te haga bien. Pero siempre trato de decirle a la gente que lea de todo: lo incómodo, lo político, lo triste también. Aunque sea un poco. Para estar con los ojos un poco más abiertos. El mundo es muy grande, muy vasto, y pasan muchas cosas.

– Hay una tensión entre La Jefa, esa figura fuerte con la que te plantás hacia afuera, y la artista que también muestra mucha vulnerabilidad en sus canciones. ¿Cuándo necesitás esa armadura y cuándo podés salir al escenario sin ella?
– Yo considero que soy todo. Cuando soy La Jefa, tiene que ver con una música que es más combativa y agresiva. La agresión que está en mi música muchas veces está tapando una tristeza total. Tiene que ver con la experiencia de vida y con el amor. Cuando estoy cantando “la concha de su madre, la puta que los parió”, no solamente estoy sintiendo esa furia y esa ira, también hay grandes frustraciones atrás. La música está ahí para ayudarte a transitar eso de la mejor manera y no rajarle un tiro a nadie. Pero siento que eso también es parte de la sensibilidad. Las mujeres somos muy complejas. Podemos ser pésimas y buenísimas al mismo tiempo. Podemos amar y odiar con la misma intensidad. El mundo es muy complicado para nosotras y eso también se refleja en la música. Ponés play a una canción y puede ser una ciclotimia total de emociones y estados de ánimo. A veces son estados más luminosos, otras veces menos. A veces hablás de algo para tapar otra cosa y en otras ocasiones hablás directamente del sentimiento real. En Latinaje, por ejemplo, tengo una canción para mi hija, Inti. Para mí es una canción muy especial porque la hice capturando el sentimiento. Yo lloraba a cántaros en el estudio y decía “Con este sentimiento tiene que salir esta canción”. No tenía una pretensión musical o estructural de que fuera magnífica. Lo que quería era capturar una emoción real. Una vez escuché una apreciación sobre mi disco en la que alguien decía que esa canción era un poco incoherente, que tenía frases incoherentes. Y yo estaba totalmente de acuerdo. Eso es la maternidad, por ejemplo.

– Hay algo que atraviesa toda tu carrera: más allá del género, pareciera que buscás que cada canción responda a un momento, una emoción o una necesidad. ¿Es así?
– A mí la música me gusta y la respeto tanto que siempre voy a intentar que suene bien, que las palabras estén bien usadas, que las melodías estén bien hechas. Quiero que sean canciones hechas con convicción, con peso, con una intención real. Siempre voy a trabajar mucho para que sean buenas canciones. Pero a veces las canciones son solamente un receptáculo de una emoción. Y eso va más allá de los géneros.

– Después de tantos años sin tocar en Jujuy, volvés a tu provincia para un show que definís como un homenaje a tu tierra y al norte. ¿Qué significa para vos volver hoy a ese lugar desde el que empezó todo?
– A Jujuy voy, pero tocar no toco hace un montón. Años. La última vez creo que fue en un teatro, deben haber pasado unos siete años. Muchos años. Entre una cosa y otra, lo más cerca que llegué fue Tucumán. Hay lugares donde no se pueden hacer ciertas cosas: no alcanza el bolsillo, no alcanza la logística. Por eso para mí es tan importante este momento. Poder rendirle un homenaje a mi tierra y al norte, porque también es mi tierra. Pero también a nuestros vecinos, a nuestros hermanos. Poder venir y hacer este show, concretarlo de esta manera, es muy especial. También es un recordatorio para la gente que sueña desde los confines del mundo y que quizás, como yo, no tienen tantas virtudes más allá de la persecución obsesiva de un sueño. Me gusta que la gente me vea y entienda que yo no tengo mucho más que lo mismo que tienen los demás.

  • Entrevista perteneciente al número 32 de la revista Rock Salta, de octubre de 2026.