Bruno Solari

Capítulo Doce

– Capoti.
– Capote.
– Capoti.
– ¡No! Es Capote, se dice Capote porque nosotros hablamos en español, somos argentinos y no queda mal pronunciarlo así. Si decís Capoti quedás como un sibarita, como un snob horrible, mega burgués atómico, extremo.
– Para mí es Capoti. – Pero pap… Carlos, escuchame: a veces hay que saber resignar ciertas cosas. En este caso, la perfecta pronunciación. Pensalo.

“Pensalo” fue una de las últimas palabras que Bruno le dijo a su padre, ya arriba del vuelo 93 de United Airlines, que se trasladaba de Nueva Jersey a San Francisco; para la protesta del cincuentón, que nunca quería abandonar Manhattan.

Habían pasado una semana en Nueva York y ahora viajaban a la costa oeste. Eran las 9.23 del 11 de septiembre de 2001 y Bruno estaba feliz: había logrado su objetivo tras diversas maniobras. Primero como delivery de una casa de quesos y luego como entusiasta número uno de todas las cosas que le gustaban al viejo.

Así pudo hacerle creer que eran dos personas iguales, separadas y destinadas a estar juntos. A cultivar una amistad. “Somos casi gemelos monocigóticos”, le decía Carlos, que jamás sospechó la verdad.

De esa manera, Bruno pudo pergeñar el plan perfecto para evitar que su padre sucumbiera mentalmente ante la pérdida de sus preciados videos. En menos de dos años, lo conquistó y llegó al puesto de “amigo mánager chofer”, sin dejar de llevarle los quesitos que tanto le gustaban.

“Sabés, a veces pienso que hasta somos parecidos físicamente”, le dijo Carlos una vez. Bruno no supo cómo reaccionar. Se persiguió y sonrió apenas, cambiando de tema y mirando nuevamente hacia la pantalla de ese cine montevideano en el que proyectaban la reedición de Apocalypse Now.

En el avión, Bruno sabía cuál sería su destino. “Parece que en el final me saldré con la mía, mi amor”, pensaba y se regocijaba en esos últimos momentos que vivían juntos. En esa vida de su papá que se terminaba, creando una leyenda sin fisuras, sin ningún tipo de reclamo miserable contra el Tío Eduardo, con el amor intacto de todos sus fanáticos; y, lo más importante, sin esa maldita enfermedad que se lo llevó para siempre en sus últimos años.

Alucinaciones, megalomanías incomprensibles, caprichos, instantes embarazosos que derribaron completamente lo creado anteriormente. Como esa vez que aceptó participar de Bailando por un Sueño y terminó discutiendo en vivo con el jurado, que le puso una nota baja en el Aquadance:

– Creo que es un total dislate el cinco que nos pusieron. Moria tiene que entender que es muy difícil para un artista independiente aprender a la perfección todas las coreografías. Con Adabel y el coach siempre damos todo y siento que el trabajo no es tenido en cuenta. Se llevan una parte del león al no darnos el puntaje merecido. Me parece que no es sopa esto que hacemos. Nos hemos untado todas las mantecas necesarias para brillar como nunca en la pista.

En esos minutos finales, Bruno recordó los proyectos para “copar la luna”, el disco de covers de Pier, la reconciliación momentánea con el Tío Edu en el programa de Rial.

Pensó en todo eso que nunca sucedería, ya que su padre estaba a punto de morir a su lado, en ese vuelo. “Qué bueno que vinimos, éste es mi lugar en el mundo”, le dijo Carlos, antes de dar un sorbo al Martini que le había traído la azafata.

Después de eso, alguien gritó violentamente en un idioma incomprensible. Y todo se apagó.

Publicado en la revista Rock Salta Nº13, en el mes de dicembre de 2012

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