Bruno Solari

Capítulo Tres

Buenos Aires, domingo 19 de agosto de 2007

Ya no sé qué hacer. En dos semanas anduve por tres décadas distintas. No puedo concretar nada. A veces me siento un absoluto inservible. Empiezo a pensar que puede ser cierta esa frase que dice que el talento saltea una generación. Después de estar en River, en Mar del Plata y haber visitado fugazmente un show de 1986 (inútilmente, porque los videos no abarcan tanto tiempo), decidí tomarme un mínimo descanso.

Podria haber vuelto a mi era, pero no quiero aparecer sin novedades satisfactorias para todo el grupo de compañeros postricoteros que me esperan esperanzados, como si yo fuera una especie de mesías del rock and roll que les va a dar algo que les falta. En realidad, las expectativas depositadas en mi persona son tan grandes y exageradas como las condiciones que le abocan a mi padre.

Él era un ser humano como cualquier otro, no tenía nada de gigante. Era petizo, para hablar literalmente. Además, no podía comerse un locro ni ver una película de Darín sin empezar a elogiar las bondades del Martini, los quesitos, el Bourbon y el cine alemán. En el fondo era un snob que no me dejó nunca escuchar la música que a mí me gustaba, que es la que él rechazaba.

A veces lo odiaba. Pero era mi papá, y le debo todo lo que soy. No puedo quejarme por la vida que me brindó, a pesar de ciertas cosas… como la vez que me obligó a leer a Heidegger antes de dejarme en la colonia de vacaciones.

Retirarme a un lugar tranquilo a principios del siglo XXI fue una gran idea. Me fui dos días de viaje y pude recorrer el campo bonaerense, la pampa, antes de la revolución sojera que se produjo en el 20. Durante mis 48 horas de sosiego conocí a un hombre duro, de los de antes, realmente sincero y leal. Lo encontré mientras caminaba cerca de su casa. Me vio un poco desorientado y me preguntó de dónde era. Al principio dudé, y finalmente le dije que venía de Capital Federal, sin precisar épocas.

Me invitó a comer, hizo un asado, no me dejó pagar nada y cantó algunas canciones viejas de Spinetta. A las pocas horas de estar con él me sentí tan en confianza que decidí explicarle mi misión, arriesgándome a que me tome por loco. Me escuchó atentamente, sin interrumpirme.

Cuando finalicé mi relato, pensó en silencio un momento, miró las jaulas de sus pájaros, volteó su mirada hacia mis ojos y con firmeza me dijo: “Vea mi amigo, usted tiene que dejar tranquila la memoria de su padre. Si él terminó enfermo e indigno es porque así debió ser. Yo también quise vencer el tiempo alguna vez, y la concha de dios que lo intenté, pero soy un verdadero hijo de Jesús y no un todopoderoso. Así que haga su vida y no trate de emular glorias pasadas, ni eternizar momentos que, ya lo ve, su padre mismo dijo que son efímeros”.

Sus palabras me dieron paz, porque alguien pudo comprender mi lucha, pero también me convencieron de mi objetivo. Sé que vine al mundo para propagar el legado de papá. Si él no pudo hacerlo y yo puedo remediarlo, ¿por qué no intentarlo?

Mañana voy a viajar a 1993, al día del primer recital importante. Voy a empezar de cero, a conseguir una copia en cada viaje, a intentarlo despacio, pero sin detenerme, porque yo sé bien que no puedo olvidar.

Publicado en la revista Rock Salta Nº4, en el mes de agosto de 2011

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