Coberturas

La redención de un salmón

Andrés Calamaro regresó a Salta y presentó Bohemio en el Delmi. Acompañado de grandes músicos, dio un show de más de dos horas.

Fotos de Eduardo Pece

Se redimió. Fue en un instante donde, por un momento, las casi dos mil personas presentes dentro del Estadio Delmi pensaron que se acabaría todo. Pero no, ahí estuvo Andrés Calamaro para saludarnos de nuevo, tras tres años de ausencia por estas tierras: un lugar que parió grandes promesas folclóricas, de nuestro folclore con manos capaces de cocinar las más ricas empanadas jamás imaginadas y delicado buen gusto por los vinos de los valles del verano salteño. Sólo Calamaro puede decir que viene a “negociar cocaína” por estos lares y que, luego de recibir un botellazo cerca de los pies, todos nos podemos meter esa botella “bien por el orto”.

Redención luego de un arranque frío, extraordinariamente puntual (un aplauso, por favor) bajo un Delmi que jamás va a sonar como corresponde, en una atípica noche lluviosa de primavera. Nadie, o por lo menos la mayoría, creyó que el show había arrancado con tan sólo sesenta segundos de más de la hora impresa en los afiches y entradas. Y ahí fue cuando él salió caminando del costado derecho del escenario casi solo, acompañado de su similar look de todos estos años, para tomar asiento en su teclado. Abajo, el griterío del piberío hizo del ingreso de los cinco magníficos, la banda que lo acompaña en esta gira, un ritual casi imperceptible: Sergio Verdinelli escondido detrás de la batería, en la misma posición que Germán Wiedemer con su rojo teclado. Un Baltasar Comotto requerido por los fanáticos más recientes sonriendo a la oscuridad del campo “sin numerar” mientras que Julián Kanevsky, su par en guitarra, y el bajista Mariano Domínguez se terminaban de acomodar cada uno al lado de Andrés.

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El arranque con tres temas ininterrumpidos desde la nostalgia de Los Rodríguez con “Mi Enfermedad”, “A los ojos” y “Todavía una canción de amor” mostró al Salmón frío, casi recién entrando en calor hacia los últimos acordes del tema inaugural. La voz por momentos salpicó a todos con un leve pifie que fue subsanado, casi de inmediato, por los coros de sus acompañantes. De a ratos Comotto abandonaba su posición para pasearse por las narices de todos haciendo las baladas que las que Andrés inundó Bohemio, el disco del “perdón” al amor. “Crímenes perfectos”, uno de los tantos viejos himnos coreados por todos, fue el puente del pasado al presente para la seguidilla de, entre mate de por medio, “Cuando no estás”, “Bohemio”, “Rehenes”, “Plástico fino” y “Tantas veces” del nuevo disco. El resto fue maratónico: canciones que se las saben todos, subiendo y bajando de cumbias y clásicos a un tono menor al registrado que rebotaban en los huecos del Delmi. También fue el momento de los homenajes hacia los ídolos de Calamaro con “Walk on the Wild Side” de Lou Reed adosada a “Carnaval de Brazil” y la stone “Dead Flowers” junto a “Me arde” con un Salmón imitando la sombra de Mick Jagger. Todo el estadio fue testigo del momento en que Salta se convirtió en uno de los planetas rojos que reza la cumbia “Tres Marías” con un discurso reivindicador sobre el amplio triunfo local del Partido Obrero en las últimas elecciones. Discurso que se terminó repitiendo a lo largo de toda la noche: “Salta la linda, la roja y la troska. ¡Y mi corazón está en la izquierda!”.

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Distendido y de buen humor, Calamaro se encargó de recibir y devolver personalmente todas las remeras y corpiños que le revoleaban desde abajo. Hasta personificó al Indio Solari, con quien cantó en vivo hace unos años, enmascarándose con una remera negra y ricotera para posar para las fotos mientras su súpergrupo seguía el show. “Salta lo tiene todo, al Cuchi, empanadas, vinos, troskos y muchas cosas más, pero lo que no tiene son corridas de toros”, dijo para el comienzo del, otro clásico, “Días distintos” mientras la enorme pantalla a todo color montada detrás del escenario mostraba corridas de toros. Luego fue el turno del “momento psicodélico instrumental”: una extensa zapada que sirvió de carta de presentación de cada uno de los músicos. Desde participaciones con Ratones Paranoicos, David Lebón, Illya Kuryaki and the Valderramas, Luis Alberto Spinetta y el Indio Solari inclusive, los cinco elegidos por Andrés, “la mejor banda que pude haber formado”, saben hacer lo suyo sobre el escenario y se nota cuando canciones clásicas como “Estadio Azteca”, “Te quiero igual”, “El salmón”, “Sin documentos”, “Flaca” y “Paloma” suenan más vivas y con más potencia.

“Porque uno tiró una botella, se terminó todo” sorprende a todos Calamaro parado solo al frente del escenario. El bis parecía desaparecer de todo lo planeado desde la prueba de sonido sólo por una botella que cayó a metros de sus pies antes del final. Y Miguel Abuelo siguió cantando aún con un tajo sangrante en el rostro. Hasta que a los pocos minutos la condena final encontró su fianza en un buen cima generado luego de dos horas de show intenso. Redención luego del encierro mediático con la intersección del amor en puerta que hoy lo encuentra a Andrés pidiendo perdón y declarando un amor sostenido en su poesía misma. El regreso del amague fue con una sobredosis de sonido fuerte y solos de guitarra en “Alta suciedad” para terminar entonando “Los chicos” a la par con un nene sostenido por su padre desde la valla del público. Por detrás en pantalla figuraron, entre otros, Pugliese, Adrián Otero y Spinetta para concluir con el apoyo al presente de Cerati y la reversión del estribillo de “De música ligera” de los Soda como el título final la noche.

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