Charly en Salta (2012). Foto: Gastón Iñíguez
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Charly en Rock Salta | La tranquilidad después de la paliza

En 2012, poco antes de volver a nuestra provincia para tocar en el Estadio Delmi, el ex Serú Girán habló con nosotros. Compartimos aquella nota que fue tapa de nuestra revista.

La noticia apareció en un periódico no sensacionalista. Decía, simplemente, que había ocurrido un incidente en Mendoza, uno más en la vida de Charly García. Era junio de 2008 y las crónicas de las últimas horas de Say No More cuentan que García había ofrecido un concierto de 50 minutos en San Juan, el viernes. Se había trasladado a Mendoza en limusina, el sábado, donde tocó para 300 personas; y se descompensó el domingo, obligando a suspender el último show de esa mini gira cuyana. Los destrozos, las agresiones, la merca y, especialmente, la fatal salida en camilla (de espaldas, atado y a los gritos) fueron las imágenes finales del Constant Concept que Charly inauguró en los 90. Una manera de vida que lo tenía siempre al límite, a punto de caer.

Cuatro años después, en julio de 2012, Charly está en el Samsung Studio, su búnker actual, donde ensaya y perfecciona su show, el mismo que traerá a Salta el próximo 19 de agosto. Está tan metido en lo suyo que pide que la entrevista no sea extensa, para poder volver a trabajar lo más rápido posible. Saluda, se ríe, se muestra amable y absolutamente lúcido. La dificultad que Charly presenta a la hora de hablar se da de bruces con la rapidez de pensamiento que siempre tuvo y aún conserva. Escucharlo y verlo moverse apunta hacia el exceso de psicofármacos y la definitiva quemadura cerebral. Leerlo y verlo trabajar con su música es la confirmación que García lo hizo otra vez: zafó por un pelito, pero zafó (“ése es el arte del maestro”, había dicho en 1996).

La recuperación de Charly probablemente resida en su enorme capacidad de reinvención. No es la primera vez que atraviesa algo parecido. Sus internaciones en los 90 y los momentos extremos que él mismo transformó en discos inapelables (ahí está Influencia) lo curtieron lo suficiente para enfrentar un nuevo desafío. Ese demasiado ego que porta desde siempre seguramente ayudó a que la función final no sea triste y decadente, sino a lo grande, como a él le gusta. Este milagro de 60 años está motivado por su amor propio, por la ayuda que recibió y ahora también se mantiene por las canciones, su motor mayor. El ciclo de conciertos que ofreció en diciembre pasado en el Teatro Gran Rex de Buenos Aires y su posterior edición en el elegante box set 60 x 60 confirman su gran momento. Los escépticos podrán entender con sólo prestarle atención al contenido de la caja: no se trata de un Charly en modo gagá, bancado por una banda que le salva las papas, mientras afanan con versiones desprolijas de los temas de siempre. Se acabó el tiempo de las canciones cantadas sólo por un público que ve azorado como llueven instrumentos desde el escenario. Es Charly García arreglando su repertorio clásico y no tan clásico, dirigiendo una orquesta y un ciclo de conciertos que sorprenden por su calidad y por la performance.

“Estoy muy entusiasmado con la música. Eso se nota en la caja, porque son muchísimos temas, hay mucho ensayo, suena de primera, me ocupé de todo. Realmente trabajé de productor, instrumentista, de director de orquesta, de todo. Y estoy muy conforme porque hacía tiempo que yo no me involucraba en un disco así y realmente lo pude hacer sin caer en el caos”, dice Charly, mencionando una palabra clave para describir su etapa más polémica. “El orden para mí, el caos para los demás”, se atajaba en su momento, cuando le reprochaban la pérdida total de rumbo.

Hoy, el caos parece haberse borrado por completo. No está en los discos, tampoco en las canciones, mucho menos en su vida. Quizás, el contraste tan fuerte que existe entre el Charly que todos recordamos y el actual sea el mayor impacto.

“Yo lo vi desde el minuto cero a este proceso, desde que entró a esa internación famosa después de lo de Mendoza. Y lo vi, básicamente, luchando mucho, poniendo mucho el cuerpo para salir de una situación donde había un desorden muy grande en todo sentido: psíquico de él, físico y también laboral. Estaba todo teñido por una crisis muy profunda. Yo lo defino como que chocó de frente contra algo fuerte, pero se salvó. Fue a parar al hospital pero poniéndole el cuerpo. Y por el sacrificio que le puso pudo salir caminando, escuchando, viendo, pensando. Lo que sí, tuvo que poner mucho el cuerpo para volver a empezar y eso es lo que más me impresiona: cómo se la banca poniendo el cuerpo, la cabeza, las emociones. No fue fácil para él”. El que habla es Fabián Quintiero, el Zorrito, tecladista histórico de García desde la época de Parte de la religión (1987). En 2009, Fabián se reincorporó a la banda, tras su salida en 1995.

Para el Zorrito, esta internación, la última, fue distinta a las anteriores; y trata de encontrarle una razón al resultado exitoso del tratamiento: “La edad que él tiene esta vez pesó, lo trajo para otro lugar a García. Las veces anteriores él era más joven. Son distintos momentos, la edad biológica también es importante. Se habla siempre de que hay una edad espiritual, una edad más abstracta de las personas, pero también existe la edad biológica, la que el cuerpo tiene y que, avanzada una cantidad de años, te factura todo lo mal que lo trataste. Esta vez, me parece que la edad lo tiró para otro lado y lo trajo a un nuevo período donde a él sí se lo nota ya con años. Y eso impacta a la gente, porque la imagen que teníamos de Charly, desde Sui Géneris hasta hace cuatro o cinco años, era la de un Charly más dinámico, joven. Y de repente te impacta porque se pasa un poco de señor a un hombre más grande y bueno, eso les pasa a todos. A los artistas también les pasa. Ya los vemos a los Rolling, que tienen casi 70 años, con una imagen casi de la tercera edad. Y García cumplió 60 años y se le nota que ha tenido una vida intensa y que él es muy fuerte también físicamente. Porque si no fuera tan fuerte no sé si hubiera llegado hasta acá. Pero más que nada, a mí, que me tocó verlo de cerca, lo que sí me impresiona es cómo le puso el cuerpo. ¡Cómo se lo pone! Se lo pone todo el tiempo, porque, él seguramente sienta que tiene menos capacidad física que antes para afrontar un escenario, para dirigir un grupo. Pero hablo sólo de lo físico, no hablo de lo mental porque de lo mental está muy bien. Estuvo lúcido, estuvo consciente de que estaba haciendo lo que estaba haciendo, fue consciente de que estaba tocando, de que estaba saliendo a tocar. El quiso salir a tocar, quiso salir de gira, sigue siendo el jefe a pesar de que puede delegar en personas de absoluta confianza algunas cosas. Pero siempre ha sido consciente. Creo que el cambio más notable es en lo físico, pero tiene que ver con la edad”.

Otro que volvió a estar cerca es Carlos García López. El Negro, guitarrista de García hasta 1993 e integrante del operativo retorno desde 2009, opina que Charly, después de su recuperación, “en ningún momento perdió su talento musical, su swing, su onda”. “Y eso para mí es lo más importante –cuenta. Y que él obviamente esté bien, porque es mi amigo y nos preocupa a todos que su salud esté bien; porque estando bien él podemos disfrutar del 60 x 60 y otras cosas más que pueda llegar a hacer”.

El ambiente en el que hoy vive Charly está teñido por un orden total. Y se nota en 60 x 60. Ya se acabaron las maratónicas sesiones de tres días en el estudio de grabación. Ahora sabe cuándo detenerse. “No sé qué pintor decía que uno no termina las obras, las abandona –explica García. Y esta vez tenía una idea más clara del marco, del caballete. Entonces, consciente de los límites, pude ordenar mejor los colores”.

La palabra “consciente” está muy presente en todas las charlas. El Negro y el Zorrito apuntan a eso: Charly sabe lo que hace y no es ningún gil. “Charly es consciente de que le llegó un tiempo distinto –opina el Zorro. De que le llegó un tiempo de una edad más grande, de una vida como de hombre grande, de una vida sin trasnoche, sin mostrarla tanto como hizo siempre. Entonces, una vida más de pareja, más íntima, más de casa. Esa es la vida de Charly hoy, combinada con algunos shows en vivo y algunas ideas que tiene, como ir a hacer nueve Gran Rex, hacer 60 canciones. Todas esas son cosas que se le ocurren a él. Todavía no hemos logrado que toque lo que no quiere. Nosotros no lo podemos lograr. Siempre es a gusto y placer de él y en eso nunca perdió el control de la situación. Nunca. Nunca perdió el control de la decisión”.

Quintiero toca un tema que es tópico en cada charla sobre el García actual: ¿acaso está tan sedado que se deja manejar por un entorno maquiavélico que sólo quiere aprovecharse de su situación para sacar guita? El Negro responde: “Ojalá que lo escuchen todos los que hablaron: me parece un comentario burdo y fuera de lugar. Acá se hace lo que quiere Charly, nunca se lo va a manipular ni mucho menos. La gente que no lo conoce opina y dice boludeces porque, obviamente, son boludos. Si vos no sabés de qué color es la camiseta de Boca, no hablés boludeces, no digas que es violeta y verde. Es medio así; perdoná que te haga una comparación medio tonta, pero me parece que todos los que opinan y todos los que hablan, hablan sin saber. Acá se hace siempre lo que quiere Charly, nunca se lo puede manipular”. “Yo desmiento que el entorno lo domine, totalmente. Podrían ponerle cámaras ocultas y se darían cuenta de que no lo domina nadie”, agrega el Zorrito.

Entre 1996 y 2008, García vivió doce años de búsqueda artística extrema, poco comprendida y totalmente auténtica; que lo obligaron a entregarse por completo. Su “Concepto Constante”, la idea del artista como obra, lo consumió. Por supuesto, estaba alimentado por los excesos; pero aún así, en ese tiempo él dio mucho más de lo que todos suponen. Los que sólo veían a un viejo drogadicto en decadencia entendieron pésimo. Muchos se quedaban con los escándalos y no escuchaban los discos: allí mismo, Charly decía lo que pasaba (“Cuando la gente dice que estoy bien, no puede ver debajo de mi piel”). Y uno de los motivos de esa incomprensión casi total que sufrió fue la ausencia de lectores para sus entrevistas. ¿Acaso no era obvio que un artista que cree que su vida es su obra completaría su trabajo más allá de los recitales, discos y canciones? En las notas, García explicaba, brindaba las razones de su inquietud artística bajo capas y capas de palabras y declaraciones descartables. Igual que en los discos, lo sobregrababa todo para no quedar tan expuesto. Y los que conocían su vida (sus discos), comprendían. Sabían de qué se trataba. Terminaban de cerrar el concepto.

Say No More, el disco, es una declaración de principios que se establecieron mucho antes de que el público pudiera comprender la mayor parte de su contenido y su mensaje. Se trata de un álbum profundo, basado en sus experiencias personales, en su visión del mundo. El disco comienza con “Estaba en llamas cuando me acosté”, canción clave del universo García de los 90. El título y el relato que abre el tema fueron extraídos del libro Todo lo que hacemos sin saber por qué, de Robert Fulghum. Charly encontró un ejemplar en la clínica donde estuvo internado en 1994 y tras leerlo se aferró a las ideas que brotaron de su cabeza, como Di Caprio a la tabla de madera en Titanic. Charly también se hundió, a lo Jack, pero volvió a flotar; hasta irse al fondo de nuevo. Lo hizo una y otra vez, durante años, en una montaña rusa de merca, saltos al vacío, problemas mediáticos, discos exitosos, críticas, elogios, fans incondicionales, detractores, incoherencias y canciones inolvidables que terminó en ese fatídico fin de semana mendocino.

Debajo de todo eso, quedó la obra. Discos como Say No More (1996), Alta Fidelidad (1997), El Aguante (1998), Demasiado Ego (1999), Sinfonías para adolescentes (2000), Influencia (2002) y Rock and Roll (yo) (2003); abordaban una nueva manera de trabajo para Charly. Mientras todos le rogaban volver a las fuentes, a Piano Bar (1984) o a Clics Modernos (1983), él hacía lo que tenía ganas. Lo hizo siempre, sólo que en aquella oportunidad no hubo afinidad popular. La etapa Say No More fue la de mayor riesgo creativo de García. Porque apostó por una idea, la buscó, la desarrolló, aún a pesar de que sabía que, por primera vez, su famosa antena no sólo no sintonizaba con la mayoría de la gente, sino que además estaba muy adelantada a su tiempo; tanto que todavía hoy es difícil escucharlo. Durante toda su carrera, Charly caló hondo en ese inconsciente colectivo que lo hizo popular y lo diferencia de Luis Alberto Spinetta, igual de talentoso e influyente, pero sin llegada masiva ni estadios repletos. Antes, ese anticipo que primero descolocaba y enojaba a su público se terminaba haciendo carne en todos. Pasó con Seru Giran, pasó con Clics Modernos. No pasó con Say No More.

Lo curioso es que Charly siempre eligió como sus obras preferidas a discos que no son populares. Para él, sus mejores trabajos son Pequeñas anécdotas sobre las instituciones (1975), el debut de La Máquina de Hacer Pájaros (1976) y sí, Say No More. “Un artista siempre valora cuando se tira a la pileta. No literalmente, sino cuando se libra las cadenas de lo fácil y se manda a hacer algo completamente nuevo para él. Quizás esos discos no están bien terminados o tienen defectos, pero significan para mí pasos adelante, como significó también, no sé, Confesiones de invierno (1974), en su época. Seguramente Clics Modernos sea el mejor, pero esos discos son los que más me recuerdan el espíritu y el idealismo con que los hice”, dice García hoy, aferrado por siempre a su idea de no transar con nada y continuar musicalmente haciendo la suya. “Puta soy, pero a mí nadie me cogió”, dijo alguna vez. Ahora, reflexiona sobre su obra y cuenta: “Clics Modernos fue un disco criticado al principio, pero es un disco mucho más ‘normal’, no hay defectos. En Say No More hay defectos. Conscientemente los dejé, porque estaba buscando una armonía que no está hecha y a veces esas armonías son muy raras. Pero no tengo una dirección que yo pueda decir ‘bueno, este es mi mejor disco’. A todos los quiero”.

La crítica masiva a Say No More sacaba de quicio al García más tóxico y ególatra, al de los brazaletes, los helicópteros que tiraban muñecos y las declaraciones grandilocuentes. Hoy, Charly se muestra sorprendentemente abierto y franco, hasta comprensivo con los demás. Cuando se le pregunta si esa etapa fue malinterpretada, responde: “Mirá, no lo digo yo, lo dijeron muchos antes, Bob Dylan, inclusive: el artista tiene que tener fracasos, porque si todos son éxitos quiere decir que algo anda mal. Hay que asumir, sentir el fracaso, porque eso te va a hacer crecer más que el éxito”. De todos modos, la puerta del ego queda un poco abierta: “Hay fracasos que son comerciales, pero pueden ser vanguardia artística. No siempre las dos cosas van de la mano”.

El regreso de Charly a los escenarios se dio a fines de marzo de 2009. Fue un concierto breve y gratuito en la plaza de la ciudad de Luján, cerca de la casa quinta que Palito Ortega había puesto a su disposición y que permitió completar las últimas etapas del tratamiento. El show, casi improvisado, permitió ver a un Charly distinto al toxicómano demoledor de hoteles que conocíamos: estaba realmente hecho bosta. La gente lo apoyó esa tarde, cantó las canciones junto con él y le gritó “aguante”; pero la sensación era de tristeza, de epílogo descendente para una carrera deslumbrante que merecía otro final.

Hoy, ese show se puede apreciar como algo necesario. Para Charly, significó volver a hacer lo que más le gusta, lo que lo mantuvo vivo durante 60 años. Charly necesitaba ir y tocar, sentarse y cantar (horrible, pero hacerlo al fin). Necesitaba recibir el afecto de los que lo siguen y lo quieren. La gente que más lo conoce (sus amigos y su familia) siempre lo describió como un tipo sensible necesitado de afecto. Entonces, desde ese lado fue más que comprensible que García tocase a sólo ocho meses de su internación, a pesar de que casi no se podía mover, de que su voz prácticamente no le respondía y de que transmitía una imagen totalmente distorsionada de lo que alguna vez fue. Era alguien desconocido si se lo comparaba con el tipo que alguna vez bombardeó el estadio de Ferro, el que se le plantó a Bruce Springsteen cuando no lo dejaban tocar con su banda completa en el Festival de Amnesty; o con el que convocó a 300 mil personas en 1999.

Esa tarde, sus seguidores pudieron comprobar que algunos soldados caídos en batalla habían vuelto a su lado. El Zorrito estaba ahí, firme, tocando con él. Luego se incorporó el Negro para el verdadero regreso, el 23 de octubre de 2009, en el estadio de Vélez Sarsfield. El regreso de los dos históricos fue decisión del propio Charly y se debió a algo más que afinidad musical. Ambos habían estado presentes durante los momentos más duros del tratamiento.

“Cuando entró a la internación yo me acerqué a él por la cuestión afectiva que tengo hacia él. Una relación de años que se interrumpía frecuentemente –cuenta el Zorro. Pero cuando pasó lo que pasó me acerqué a él, porque lo considero realmente un amigo mío, un amigo personal de mi familia, alguien que a mí me dio un montón de oportunidades para tocar, para aprender música, para trabajar también. Siempre me ha considerado muy bien y se lo agradezco mucho, porque la cuestión nuestra es una cuestión de gente que escuchaba a García en los recitales y que alcanzó a tocar con él. Es una cuestión bastante particular. Yo fui audiencia de García durante mi adolescencia y lo seguía. Pero el sueño que uno tenía era ser parte, pertenecer a la fauna rockera argentina; y Charly me dio una gran oportunidad. Entonces estoy eternamente agradecido. A mí con él me pasa lo que no me pasó con nadie. Yo con él quería tocar. Con Soda Stereo toqué pero se dio más por casualidad. Con los Ratones (Paranoicos) bueno, son mis amigos. Pero con Charly quería tocar, era como un sueño. Quería llegar a estar bajo el ala protectora de él. Se dio y bueno, después se dio la relación personal, afectuosa. Es una persona que ahora hizo un giro muy grande también en lo afectivo, porque es más cariñoso, como más agradecido y es capaz de decirte ‘te quiero mucho’ y darte un abrazo. Y eso entre amigos es muy lindo y muy necesario para sobrellevar cosas y para aprender a vivir un poco mejor. Así que me acerqué ahí y estuve cerca dando una mano, junto a un grupo de personas que estaba muy cerca y ofrecí lo que yo podía, que era ir a visitarlo. La primera vez que lo visité le llevé un teclado mío y unos auriculares, que él no tenía en la habitación, cuando estaba internado. Y así como estaba me cantó una canción que había hecho mientras estaba internado, ‘Deberías saber por qué’. No me la cantó, me la balbuceó, porque no podía cantar, estaba bastante medicado. La próxima vez que volví le llevé un plato de pastas muy rico, que se lo devoró. Y ya con el tema de salir y que Palito lo llevó al campo, hicimos unas idas y venidas a Luján, a partir del cumpleaños de él. Y un día se le ocurrió tocar en la plaza de Luján. Yo estaba en la cancha de River, viendo Argentina – Venezuela, y recibo un mensaje: ‘Mañana a las 11 Charly quiere ensayar, con vos y con los chilenos (N. de la R: se refiere a Toño Silva PeñaKiuje Hayashida y Carlos González)’. Y así fue y de ahí, no me bajé. Estaba libre, no estaba con los Ratones y era muy interesante la idea de ayudar a Charly a volver a tocar y armar un grupo profesional de músicos que le dieran a él un entorno musical y profesional ordenado, con un escenario bien armado, con el sonido”.

El Negro comenzó a visitar a Charly en la quinta de Palito: “Ahí empezamos a comer, a estar juntos, a tocar, a zapar, que es lo mejor que le hace a Charly: la música. Y en ningún momento pensé en volver, pero él me lo pidió, él ya tenía su banda con los amigos chilenos, que son unos capos tocando. Entonces se lo pregunté: ‘Pero vos ya tenés tu banda’. ‘No, no, quiero que vengas a tocar conmigo en esta vuelta’. Y para mí fue más que un honor que me lo pida y poder participar, estar a su lado y tocar, que es lo que más me gusta y lo que más le gusta a él. Charly lo dice todo en la música, en su vida, en su forma de ser. Nunca fue una persona comprada por nadie, nunca va a ser una persona vendida. Siempre fue honesto con sí mismo y de ahí con todos nosotros. Y eso es lo que yo veo. Creo que ahora lo está demostrando día a día, cada vez que toca”.

“Esa idea de ayudarlo a tener una banda que suene, un staff, me motivó mucho”, continúa el Zorrito. “Lo que mejor podía hacer por García era armar un proyecto, que vuelva a tocar, porque es su vida tocar. No tiene otras actividades alternativas, nunca las tuvo. Siempre se dedicó solamente a la música. Y así fue. Claro, el choque cultural fue muy grande, de verlo así, de cómo era a cómo fue. Fue un impacto muy grande para todos. No solamente para los que lo siguen. García es una figura que es más transversal. Hay mucha gente que lo sigue y otra que no lo sigue, que no lo escucha, pero que lo quiere, que lo tiene en cuenta, y el impacto era grande: ‘Eh, cómo va a tocar así’. Pero bueno, empezó como empezó y después fue progresando. Date cuenta que en cuatro años, cuando pintaba que no se podía hacer nada, al final se hizo Vélez, se hicieron 6 Luna Park, 9 Gran Rex, se tocó en Nueva York, Chile, Uruguay, Colombia, en el interior del país; y al principio de todo esto realmente no parecía posible. Era una ilusión”.

Quintiero cuenta las sensaciones que Charly les brindaba a medida que la recuperación iba desarrollándose: “Primero me importaba acompañarlo pero yo tenía una ilusión. Nos mirábamos y decíamos ‘che, qué bueno, mirá si podemos volver. Sabés lo que sería para él volver a tener una situación de estas, artística, que las canciones las podamos tocar tal cuales eran’. Y también era importante que la banda no esté más loca que él, ¿no? (risas) Porque Charly, en los años de Say No More, ha llegado a tener gente más loca que él, entonces es muy complicado estar así. Si uno ya está más o menos excitado y tenés alrededor a gente más loca que vos, directamente es un zoológico. Es muy importante que el staff sea coherente, que trabaje bien y sea responsable para que el artista, que es el que tiene que poner la cara ante el público, se sienta contenido por lo menos desde lo técnico”.

El futuro para Charly es una hoja en blanco. Lo dijo él mismo en reportajes previos, realizados este año. Hoy, asegura sentirse entusiasmado ante la posibilidad de crear algo nuevo para su carrera. “Realmente, creo que voy a hacer algo diferente y eso me tiene excitadísimo”, dice, y revela que su proyecto “va para adelante”. “Y son montones de ideas que tengo, otras que están saliendo, fórmulas matemáticas. Empecé poquito porque estoy muy copado con cómo suena la orquesta. Entonces creo que va a salir un poco de ahí también”, agrega. Charly está tirando pistas sobre su futura obra, pero son imágenes más abstractas, que no revelan demasiado, excepto el espíritu con el que serán encaradas. Desde antes de la internación, Charly viene diciendo que la creación nace en la infancia y en la juventud, que ahí está la fuente de donde el artista se alimenta durante toda su vida. Pero no quiere decir que ahora irá a buscar canciones que compuso cuando era un adolescente, sino que se refiere a seguir haciendo las cosas con la misma convicción y empuje que poseía en esa etapa de su vida. “Yo creo que en la adolescencia y la infancia está toda la creación. Después uno se acuerda. Lo que pasa es que hay gente a la que el cerebro se le va oxidando y no recuerda más la infancia, no vive como un joven. Yo tengo eso conectado a la adolescencia normalmente, no me siento a gusto con la gente de mi edad. Yo me siento a gusto con los pendejos. O sea que el hilo no se cortó, por suerte”.

Para el Negro, Charly mantiene intacta su capacidad creativa (“como de costumbre”). El Zorrito tiene otra visión sobre el futuro discográfico de Charly: “Yo no sé si va a haber un nuevo disco. No estoy convencido, porque me parece que Charly hacía discos porque estaba hiperconectado y lo único que hacía en la vida era eso. Vivía para eso, no se tomaba vacaciones. A veces yo le digo ‘ya está Charly, no hagas nada, disfrutá’. Porque a veces es una angustia tener que hacer algo que pegue, que sea bueno. Cada cosa que el haga la van a comparar con Yendo de la cama al living, con ‘Canción de Alicia’, un estándar muy alto de composición. No es un artista que tiene un tema por disco. Es muy alta la exigencia”.

Siguiendo el orden natural que tuvo la carrera de Charly desde el debut con Sui Géneris hasta hoy, no sería raro pensar que todo el tratamiento, todo lo vivido y sufrido por ese cuerpo que le puso y le pone al asunto, sea el disparador para las nuevas canciones.

“Y mirá, creo que esos saltos al vacío, esas formas de renunciar a lo normal y aventurarse en caminos nuevos te puede ayudar mucho creativamente, pero también tiene sus riesgos. O sea, yo no renuncio a eso, pero eso también tiene un tiempo y no se puede hacer todavía, porque es peligroso. A mí me gusta el peligro, pero…”, dice Charly, dejando la respuesta en el aire. Inmediatamente pide disculpas: se tiene que ir a seguir trabajando.

Leé la nota original en el número 11 de la revista Rock Salta, de agosto de 2012.

Charly en Salta, 2012. Foto: Gastón Iñíguez