Reflexiones en la Chevy

Esto con los milicos no pasaba

Cosecharás tu siembra por los falsos profetas. Añorar la reproducción y la masividad de las huestes causó un efecto poco deseable. Es posible entonces el tan ansiado equilibrio de lograr entender a los demás sin caer en la intolerancia de decirles las cosas como son. O al menos lo que a uno le pasa realmente, sin pretender quedar bien todo el tiempo.

Nos detenemos y aparece la culpa como palabra extorsionista, creada por amargos y desconfiados que te invitan a vivir sin disfrutar a pleno. Muchos, influenciados por ella, viven pensando siempre en quedar bien con los demás y no con uno mismo. Esa careta sin sentido que nos reprime a pasar un buen momento.

Y la verdad es que uno ya es “grande” para esto. Las cosas son como son y se aprenden de chico. Sin grises, es negro o negro. De esta forma seguramente seríamos odiados o amados, pero auténticos. Seríamos de verdad.

En el gran Circo Romano tenemos como artistas de lujo, por un lado, la demanda: cambiadores compulsivos de chapitas, amantes de los covers para enfiestarse, regateadores de precio, y que sólo escuchan los demos (¡que locos!). Y una fracción menor que es fiel, que valora la obra del artista.

Por otro lado, las bandas: esos que de un día para otro dependen de la votación de la gente o de un jurado para tocar quince minutos sin importarle el palo del recital. En muchos casos no se dan cuenta de que suenan mal porque nadie se los dice. Si se presentan, no se quejen.

La televisión nos está enfermando. Depender de la votación del público con un “me gusta o no” nos parece terrible. Nadie puede decirte si tu música está mal. Es tuya y te gusta, listo. Te puede bajar el pulgar por ser una propuesta inadecuada al tipo de recital, pero eso es otra cosa.

¿Cuándo se llegó a esto? ¿Cuándo lo que a uno lo hace feliz pasó a depender de la votación de los demás? La masividad nos hace movernos como zombies y lo inmediato postergó a lo importante.

Con esta oferta ya se adivina el tipo de demanda, entonces invocamos a ese orgullo, al tan nombrado, odiado, separador de bandas: el “ego de los artistas”. Tenemos el poder como público de decirle “no” a la basura que nos venden. Alcanza con no comprar por comprar. Cada uno sabe cuál fue la razón. Sólo hay que repasarse y mirarse desde afuera.

Esta es nuestra realidad, seguimos esperando que pase algo y lo que se nos está pasando es la vida misma. No es por comparar, pero (y ahí viene la comparación) nuestros problemas, inquietudes, mambos, lo que sea, son de una magnitud pequeña en relación a los jóvenes setentistas creadores de grandes clásicos que no tenían los elementos de hoy. Eran pocos y todo se aprovechaba mejor, tocaban en lugares pequeños sin cobrar entrada y lo disfrutaban como si fuese el último. Ellos utilizaron la metáfora para esconder canciones de protesta.

Hoy le cantan a la pizza con rúcula, al pollo al disco, con mensajes como “vamos a pasarla bien, vamos a sentirnos bien”; al faso. Hoy “no dicen ni le cantan a nada”.

Bruno Arias, con todo su folclore, tiene más rock que varias bandas. ¿Dónde están las letras panfleto? Basta de covers, tenemos que eliminar esa maldita costumbre. El público quizás no asista, pero se producirá el colador necesario y con el tiempo lo aceptará y será un público fiel. Y si están buenas tus canciones las hará propias y se identificará con ellas. Ahora, capaz tus canciones son horribles, pero eso es otra cosa.

Si Higuaín la metía era otra Argentina. Todo puede pasar, pero quedar bien con uno mismo es la que va. Y si creés que estás en las últimas, recordá que siempre se puede estar peor.

Publicado en la revista Rock Salta Nº22, en el mes de agosto de 2017.

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