Entrevistas

Festipez

La última edición del festival mostró a un sector del rock argentino que no se mueve por los carriles del mainstream y propone un cambio desde la autogestión y la independencia artística.

Los verdaderos sonidos de la libertad

Fotos de Victoria Schwindt

Ya lo dijo el director Seymour Skinner: un joven que sabe pasarla bien concurre asiduamente al Museo de Ciencias Naturales. “Nosotros siempre venimos acá, nos encanta”, confirma Andrés Robledo, voz y guitarra de Las Diferencias, rodeado de artrópodos, aves, anfibios y reptiles. El grupo decidió reunirse en este lugar anclado en Parque Centenario para hablar de su breve y vertiginosa carrera. Formados en 2011, la banda editó el año pasado su excelente debut No termina más. Producido por Sergio Ch, ex cantante de Los Natas, el álbum le dio notoriedad a su power blues psicodélico que remite a los primeros tríos del rock argentino. 

“Para ser sinceros, al rock nacional de los setenta nunca lo escuchamos”, confiesa el baterista Nicolás Heis, tirando a la basura el clásico juego periodístico de buscar influencias. Los tres integrantes de Las Diferencias (el restante es el bajista Alejandro Navoa) tienen 24 años, nacieron en la década del noventa y comenzaron a educarse musicalmente en los 2000. Internet es tan natural en sus vidas como es para tu abuela llamar al 113 cuando quiere saber la hora. Forman parte de la primera generación que no tuvo dificultades para escuchar música. Con el MP3 se acabaron las peregrinaciones a disquerías carísimas buscando conseguir una copia de un disco imposible. Se terminaron las excusas. Desde hace algunos años, todo está a sólo un clic de distancia. En esa realidad, a estos pibes ni se les pasó por la cabeza bucear por el rock argentino.

De ahora en más, todas las notas que hablen sobre este grupo deberán evitar linkearlo a Color Humano, Invisible, Manal, Pappo’s Blues o Pescado Rabioso. A Las Diferencias les chupa un huevo la sacralidad rockera. “Tocamos gracias a lo que en su momento, supongo, hicieron ellos. Porque la cultura rock está muy arraigada en Argentina y ellos son los precursores de eso. Pero la verdad que no los escuchamos mucho”, reconoce Andrés, y agrega, protocolar: “Quizás nos estemos perdiendo una mina de oro”. Inmediatamente larga una frase que indignará a todos los cancerberos del manual, a los Tano Pasman del rocanrol que se preguntan cómo es posible: “Lo único que escuché es un disco que se llama El jardín de los presentes, ¿puede ser? Me pareció un discazo, pero no es tanto mi estilo. A Pappo’s Blues III no pude aguantarlo.”

“La otra vez, a un amigo le dije que no había escuchado un disco clave del stoner. Uno de Kyuss, el que tiene una imagen de una ruta (N. de la R: se refiere a Welcome to Sky Valley), y me decía ‘no puedo creer que no hayas escuchado esto’. Estaba un poco indignado”, sigue Andrés, entre risas. Probablemente esa “falta” de escucha se deba también a la corta edad que tienen, aunque, para ellos, claro, la teoría no es tan acertada: “Tan jóvenes no somos. Hay gente que tiene muchos años más, pero creo que estamos en la edad justa. No me siento chico ni a palos para hacer lo que estamos haciendo. No me gustaría tener treinta y largos y estar rockeando como un pibe de 24.”

Andrés explica que la madurez musical que llega con muchos años de rodaje se aprecia en el escenario: “La otra vez fuimos a ver Ararat, la banda de Sergio, y te juro que sonaban con experiencia. Vi la energía de la experiencia. Y yo no sé si eso pasa en nosotros, que tocamos hace tres años y tenemos otro tipo de energía.”

Las Diferencias es un caso atípico en el rock argentino actual. No porque den entrevistas en museos, sino porque no existen tantas bandas que hayan escalado muy alto en tan poco tiempo. “Sacamos el disco y ahí empezamos a tocar con todo. Conocimos a un montón de gente y conseguimos cosas que veíamos re lejanas de forma muy rápida. Tocamos en un par de festivales o le abrimos a un par de bandas de afuera y pensábamos que eso iba a pasar después de mucho tiempo de tocar. Sin embargo, nuestro disco nos ayudó mucho”. Ante tantos shows y tan pocas canciones, el grupo ya está pensando en ampliar su repertorio. “Sería buenísimo poder sacar el disco a principios del año que viene. Queremos tener más canciones porque no tenemos mucho para elegir”, opina el cantante.

Las diez canciones de No termina más alcanzaron para que Las Diferencias fueran convocados a la novena edición del Festipez, un festival de culto que es casi una legitimación de calidad para todo aquel que participa. Si tocás ahí, sos groso, sabelo.

“Tengo entendido que tocar en el Festipez es porque los Pez quieren que toques, por eso es un gran honor. Imaginate, nosotros los íbamos a ver y ahora somos parte de la movida”, cuenta Andrés. Los tres músicos asistían a los conciertos de grupos como Fútbol y Los Natas. “Nos dábamos cuenta de que había un montón de bandas que nos gustaban, la movida que hacían, y que no eran parecidas a los gigantes, a los artistas más grandes, o incluso a los viejos. Lo que nos pasaba con ese circuito era que nos sentíamos cómodos musicalmente. Era buenísimo”, explica Nicolás.

“Se nos ocurrió alguna vez tratar de armar algo que trascienda la mera fecha de Pez. Brindar algo más que incluya artistas que nos gustaran a nosotros”, cuenta, en su casa repleta de discos del Bajo Flores, Gustavo Fósforo García, bajista de Pez. “El nombre es medio un chiste de nuestro recuerdo de lo que eran los festipunks de los ochenta –sigue-. Salió lindo, lo seguimos haciendo cada tanto como una forma de variar la mecánica de los shows. El Festipez es a todo culo. Es tratar de darle a nuestra gente algo más. Por suerte cada vez nos va mejor y así podemos darle la posibilidad de tocar ante más gente a las bandas que nos gustan.”

Desde su inicio, a mediados de la década pasada, el Festipez dio escenario a varios artistas ante un público abierto. Así pasaron Gabo Ferro, Flopa, Sur Oculto, La Hermana Menor, Macaco Bong, Poseidótica, Fútbol, El Perrodiablo y La Patrulla Espacial, entre otros. 

“Lo nuestro es amateur, a los ponchazos. No somos organizadores. Pero demostramos que se puede hacer sin boludear a ninguna banda. Hacerlo bien no depende más que de la voluntad. No es que contratamos a gente profesional: somos los mismos boludos de siempre poniéndole onda”, explica Fósforo, y señala las distintas falencias que se suelen marcar a la hora de describir los megafestivales que se realizan en el país: “Los tipos te venden agua a cincuenta pesos la botellita, no hay respeto. Tampoco por los músicos: tocabas en el Quilmes Rock y te ponían dos botellas de agua mineral. Además del trato, del no probar sonido, del ‘dale, dale, que salís’. Decís ‘a qué vengo a que me forreen acá’. ¡En el Pepsi te hacen tocar antes de abrir las puertas! O hacen tocar dos bandas a la vez. ¿Para que querés dos bandas a la vez? Es como el Musmanno Rock Festival de Capusotto: 252 bandas, 25 chorizos. Son tipos de planeamientos que no llego a comprender. No sé si los tipos suponen que por tener más y más numeritos y nombrecitos en la grilla son más grosos. Es incomprensible que se fijen en eso y no en el resultado final y en la calidad de lo que están haciendo como un todo.” 

A medida que va marcando distancia entre el Festipez y los eventos más multitudinarios, Fósforo hace honor a su apodo y se enciende, se calienta. “Yo fui a ver a Pearl Jam (el año pasado) y era un desmadre. Un desastre de barro, un montón de gente tenía que pasar por un lugar finito así. Una estupidez donde no hubo una desgracia de milagro. Ese día me rayé y dije no voy más a festivales. Vi medio show con un codo clavado en el hígado estando bastante lejos. Terminé sacando un campo VIP para ver a Black Sabbath, que lo tenía que ver sí o sí, y lo pagué en un montón de cuotas.” 

“Hay un montón de hijos de puta: productores, discográficas, la palabra VIP. VIP las pelotas. El rock nació para romperle las pelotas a la gente, no para ser VIP. Y hoy el rock es VIP, entonces es una gran mentira. Por eso queremos ser autónomos. Financiamos el disco, tenemos nuestras propias remeras, atendemos nosotros el kiosco. Autogestión con todo”. El que habla ahora es el Tano, Sergio Conforti, guitarrista y creador de Los Antiguos, otro de los grupos que se está preparando para subir al Festipez de este año.

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Los Antiguos cumplieron un año en febrero. El proyecto nació del Tano y el cantante Pato Larralde. Tras componer, convocaron al resto de los músicos (David Iapalucci en guitarra, Mow en bajo y Pablo Andrés en batería). Grabaron en tiempo récord y en junio publicaron Simpleun disco de seis canciones de rock pesado indestructible. “Tuvimos el disco y después tuvimos la banda. Lo grabamos en dos días. 16 horas de estudio y ocho horas de mezcla.”

En su sala de Almagro, justo antes de realizar el ensayo final para el festival y definir su set, el Tano y sus compañeros de banda también se muestran en contra de los caminos de las multinacionales. “Para tocar en el Pepsi tenés que dejar tu porcentaje de SADAIC”, dice el guitarrista. Pato agrega que aceptando esas condiciones los músicos tienen que abandonar las luchas que los movilizaron durante toda una vida. “Te hacen creer que el único camino es el de pagar –sigue Conforti-. La mejor prensa es la de salir a tocar, estar en vivo con la gente y ser real. Nosotros caminamos entre el público.”

Al igual que a Las Diferencias, la convocatoria para tocar en el Festipez sorprendió a Los Antiguos. “Yo (a Pez) los conocía de verlos en vivo, pero no teníamos trato -cuenta el Tano-. Fósforo nos llamó hace cuatro meses, nos dijo ‘loco, está buenísimo lo que hacen’, y nos confirmó la fecha del 8 de febrero. Eso te motiva. Aparte, ¿sabés la fila de bandas que debe haber para tocar con Pez?”

Fósforo cuenta algo similar, demostrando que la organización del festival se guía por gustos: “A Los Antiguos y a Las Diferencias los escuchamos hace pocos meses. Nos encantaron y los invitamos”. Lo mismo sucedió cuando viajaron a Córdoba para tocar y se toparon con una banda que los maravilló. Eran los Sur Oculto, grupo que desde entonces ha ganado mayor notoriedad, en gran parte por la mano brindada por Minimal y compañía.

“Si Sur Oculto se hizo un nombre es por lo hijos de puta que son en vivo –dice Fósforo, sacándose de encima el mote de padrino de los cordobeses-. Más allá de toda la sarasa, la gacetilla, los medios y todo lo que se te ocurra sobre cómo difundir una banda, la posta es el vivo. Y ellos, vaya que son una posta en vivo. Los ves y te impactan de tal modo que probablemente les quemes la cabeza a tus amigos tratando de explicar lo que te pasó al verlos.”

A pesar de lo que cuenta Fósforo, sin la conexión con Pez Sur Oculto hubiese demorado mucho más en dar a conocer su extraordinaria e intensa mezcla de rock, jazz y funk instrumental. De hecho, fueron ellos quienes le dieron la posibilidad de grabar su primer disco, Trío (2004), editándolo bajo su sello Azione Artigianale. El bajista Sebastián Teves no duda y asegura que la difusión en Buenos Aires se dio gracias a la ayuda brindada. El tecladista Fabricio Morás va más allá y sentencia: “En Córdoba también.”

“En el 2000 empezamos a tocar con los chicos. Nos invitaron en esa época. También estuvimos en el primer Festipez, que no se llamaba así y en joda le decíamos Personal Pez. Tocaron Flopa, Gabo, La Hermana Menor y Compañero Asma, en Niceto. Para mí es el único festival de rock de Argentina. Vos venís y sabés que son todas bandas de rock que no están viendo si convocan, llenan o la pegan. Son bandas que es un placer compartir escenario. Sabés que vas a ver algo que está buenísimo y a gente que tiene puesta la camiseta. No ves rockstars, ni nada por el estilo”, opina Teves.

Morás agrega otro elemento. Cree que el público del festival también tiene una camiseta puesta. “Vienen a ver bandas que saben que están buenas o que conocen por contacto con otras. En otros festivales vas a ver al que cierra, acá vas a ver cualquier banda. La primera está buena y la última también.”

Más allá de las diferencias estilísticas que existen entre los grupos que participan del Festipez, existe una columna vertebral que los une: una manera de trabajar y moverse.

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“Lo que hace falta es construir un camino paralelo y no que el indie o el under, o como se lo quiera llamar en cada momento de la historia, sea las inferiores de lo otro que es la Primera A. Hay que hacer un camino paralelo que tenga sus propios medios de comunicación, sus propias bandas, sus propios lugares para tocar. Eso sería lo ideal. Y tampoco tiene que ser exclusivo. Uno a veces comparte con bandas del mainstream. No hay un enfrentamiento con las bandas”, opina Manza Esaín, líder de Valle de Muñecas. El cuarteto está por ensayar para su primera participación en el Festipez, pero aún tiene que esperar: el incansable baterista Lulo Esaín está tocando con Motorama, uno de los ¡tres! grupos que lo tienen a cargo de los parches (el otro es Acorazado Potemkin). “No sé cómo hace”, dice su hermano.

Valle de Muñecas quizás sea el ejemplo perfecto para tirar abajo la teoría que afirma que una canción hermosa trasciende. La música no siempre gana las pulseadas. De lo contrario, muchos de los temas del grupo estarían sonando en radios de todo el país. Su último disco, La autopista corre del océano hasta el amanecer (2011), es casi un compilado de hits potenciales que aún esperan ser descubiertos. Canciones guitarreras, con melodías crudas y accesibles que terminan conformando un álbum que avanza a la misma velocidad del disfrute.

“Nosotros sabemos que tenemos canciones que podría escuchar un montón de gente, pero por alguna razón no lo hace. Si la gente buscara solamente la música habría un montón de bandas a las que les iría bien, aparte de las que suenan todo el tiempo en la radio. Me parece que la gente está buscando otra cosa y probablemente sea algo por lo cual nosotros no nos preocupamos”, asegura Manza. También dice que el público no se cierra a escuchar una sola cosa, sino que simplemente desconoce muchas propuestas que posiblemente disfrutaría: “Creo que hay un montón de gente que puede escuchar a Fito Páez, La Renga o a quien sea y también puede escuchar a Valle de Muñecas, Pez o Satan Dealers y les va a encantar. No tengo dudas de eso. Y no tienen idea que existimos ninguna de esas bandas. Eso es lo que me parece más terrible. Dentro de la microescena en la que vivimos somos bandas más o menos importantes y agarrás a diez personas en la calle y nueve y media no tienen ni idea quiénes somos. Me parece que hay un montón de gente a la que le gustarían nuestras canciones, nuestros discos.”

La falta de difusión de los grupos que se mueven por fuera de los grandes sellos es una clave para entender este tipo de escenas. Los multinacionales invierten en los medios más importantes, que terminan brindándoles espacio (páginas, aire, pantalla) a los músicos que tienen ese apoyo pesado, imposible de combatir desde la independencia. La solución es crear nuevas opciones para llegar a la gente. En ese sentido, internet es un aliado fundamental.

“Es la herramienta que nos ha permitido ir a tocar a otras partes del país y que la gente nos conozca –dice Manza-. Claramente, nuestros discos no llegan a Chaco o a San Luis. No están en disquerías de allá. Y nosotros hemos ido a tocar ahí y nos encontramos con gente que canta las canciones, que se quieren llevar el disco y nos compran la remera. Entonces, eso es debido a la difusión que tenemos por Facebook, Twitter o lo que sea. El hecho de poder poner los discos en Bandcamp, incluso cosas que no están editadas físicamente, es genial. Son herramientas que uno tiene que aprovechar.”

Los discos de Valle de Muñecas y Pez se encuentran para descarga gratuita en buena calidad. Los de Sur Oculto y Las Diferencias se pueden escuchar online. En Los Antiguos, Pato y el Tano se muestran reticentes a las descargas, pero sus compañeros, varios años más jóvenes, ya los están convenciendo de que se trata de un cambio generacional muy difícil de evitar. Además, agrega el bajista Mow, el concepto de bajar música pronto quedará en el pasado. “La gente va a escuchar online directamente”, explica.

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Otro que no es amigo de la virtualidad es Adrián Outeda, cantante de Satan Dealers, la sexta banda que participará del Festipez 2014. “El disco viene con un arte, es un objeto, algo que tiene que ser palpable. Es una cuestión romántica mía, pero si hay que subirlo, está bien”, dice, casi con resignación, sentado en el piso de su sala, dos días antes del festival. La resistencia de Adrián no logró vencer a la época: todos los discos de Satan Dealers están disponibles en You Tube y recientemente el sello Scatter Records subió el excelente Canciones para desertar (2012) a su Bandcamp, un trabajo que de haber sido firmado por una banda como Massacre hubiese tenido muchísimos votos en las encuestas de lo mejor de ese año.

– Canciones para despertar es un disco que…
– (Interrumpiendo) Canciones para desertar.
– Sí, eso quise decir.

El fallido periodístico puede ser tomado como una definición de Satan Dealers y lo que significa su último disco. La banda lleva trece años de carrera, dos con la actual formación que completan Cristian Salvucci (batería), Alejandro Cannuci (bajo), Franco Morresi (guitarra) y Vito Rey (guitarra). El grupo comenzó cantando y grabando canciones en inglés. Un rock de garage que se fue puliendo lo suficiente hasta lograr una vuelta pop con influencias punks que lo vuelve irresistible por momentos. Desde El ardor de los perfumes prohibidos (2007), donde estrenaron canciones en castellano, la transformación comenzó a notarse. Hoy, la banda ya no escribe en otro idioma.

Los Satan Dealers están contentos de poder participar del Festipez, forma parte de ese renacer que la banda está teniendo. “Es la primera vez que nos invitan. La movida está buena. Estamos contentos porque los Pez tranquilamente pueden hacer ese lugar solos, pero invitan a bandas”, opina Adrián.

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El sábado 8 de febrero, el Servicio Meteorológico anuncia fuertes tormentas, similares a las que cayeron exactamente dos años atrás, cuando murió Luis Alberto Spinetta. A las cinco de la tarde, la Ciudad Cultural Konex está lista para recibir a las seis bandas. Se dispuso que todos toquen sets de media hora, alternando entre el escenario principal, ubicado en el patio, y el techado, más pequeño y menos iluminado. Mientras la gente va llegando, Ariel Minimal, Franco Salvador y Fósforo recorren el predio como anfitriones preocupados por tener todo bajo control. Saludan al público y charlan con los músicos de los otros grupos, que también dan vueltas por el lugar, esperando su turno para tocar. 

A las 17.30, bajo un mar de acoples y sonido valvular, Las Diferencias abre el Festipez IX con “Está viniendo”, la primera canción de su disco. Ya no son los ñoños del Museo de Ciencias Naturales. A la hora de tocar, el grupo logra una gran conexión a pesar de su corta experiencia. Los tres músicos se liberan de las ataduras del estudio y se permiten volar con las canciones. Mejoran su performance. Por momentos, las letras sobran. La música cobra protagonismo. El público los escucha con detenimiento y los aplaude cada vez más a medida que avanza el set. 

Cuarenta y cinco minutos después, el escenario principal ya tiene encima a Los Antiguos, que rodeados de cerveza e iluminados por una resolana que se oscurece cada vez más, empiezan uno de los momentos más intensos del festival. Arrancan con una intro instrumental. Mientras sus compañeros tocan, Pato Larralde se agacha y espera al lado del Tano. Toma tragos de birra y mira al público con gestos cómplices. Cuando la banda empieza con “La peste del sapo”, Pato toma su lugar y desata una tormenta con su voz. “A ver esas palmas”, pide, y se caga de risa. Después estrenan “Echándole la culpa al viento”, una canción de estribillo pegadizo ideal para corear con cara de malo y actitud enojada, como la de los propios músicos: sus rostros se enrojecen, las venas se inflaman, cantan los temas con la misma intensidad con la que tocan sus instrumentos. Dan un recital épico. De a poco, el viento comienza a soplar cada vez más. Cuando están cerrando su set con “Hecho a mi medida”, la tempestad es inminente. Pero si este escenario principal tiene que dejar de ser utilizado no será por la lluvia ni habrá que echarle la culpa al viento. Después de Los Antiguos, nadie más puede acercarse.

A pesar de la furia anterior, los Valle de Muñecas salen a aguantar los trapos en el escenario más pequeño. “Ni un diluvio más”, pide Manza, pero hoy no es el día para que sus plegarias sean atendidas. La banda suena mal, la voz es cubierta por una bola de ruido que no logra acomodarse del todo durante el show. A los pocos minutos de comenzado el concierto, se larga una tormenta que hace honor a los pronósticos. Llueve como para todo el año. Los plomos corren a cubrir los equipos del escenario principal. Mientras tanto, Valle pela parte de su repertorio y agrega una versión de “Dejadez”, una canción incluida en ese trabajo fundamental y generacional que es Flopa Manza Minimal (2003). 

La lluvia sólo dura quince minutos, pero alcanza para que la organización decida trasladar todo al escenario techado. El cambio provoca un retraso en la grilla. De todos modos nadie se preocupa, en el Festipez el tiempo pasa rápido. Es lo que ocurre cuando todas las bandas tienen algo para ofrecer y tocan lo justo como para conformar y a la vez dejar con ganas de más. 

Los Sur Oculto suben ante unas 400 personas apretadas contra el escenario. Sobra lugar en el Konex, pero nadie se quiere perder a los cordobeses. Después de seis meses de ensayo, el trío estrena al baterista Ema Borgna. Sebastián Teves lleva adelante a la banda, que con su actuación confirma las palabras de Fósforo: en vivo son la posta. Un grupo bipolar capaz de crear un clima flotante, un cachetazo cósmico y lento que deriva en una paliza instrumental que provoca la primera ovación de la jornada. 

A las 20.35 aparecen los Satan Dealers. Adrián se presenta y le agradece a Pez la posibilidad que le dan a bandas como la suya, que están resurgiendo. El set del grupo se revela como el más caótico del festival. Con una lista de temas completamente en castellano, el grupo lucha contra sus propios demonios. Quizás sean los menos escuchados por el público de esta noche. Con las luces cubriéndolo a medias y ayudado por la música, Adrián Outeda aparece como un heredero de David Johansen, mientras la banda por momentos toma un gran vuelo. Al final, uno de los plomos hace algo insólito: le quita el micrófono de las manos a Adrián antes de que termine el último tema. El cantante se enoja y lo va a buscar, le dice algo al oído. Mientras, sus compañeros saludan a todos los presentes. 

Casi a las diez de la noche llega el turno de los anfitriones. Ya llovió, hace calor, pero todo está bien. No te preocupes, nena, esta noche toca Pez.

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Vestido con una remera de Los Antiguos, Ariel Minimal dice: “Es una experiencia alucinante compartir con otras bandas este festival. Todas son grandes bandas. Hay que saber que hay una escena que no la pasan en ningún lado, hay un montón de bandas copadas dando vueltas.”

Tras el saludo, la banda arranca con “Os garcas”, de Nueva era, viejas mañas (2013), y consigue el mayor pogo de la noche. A medida que pasa el concierto van surgiendo muestras de su variada discografía: “Para las almas sensibles”, “Desde el viento en la montaña hasta la espuma del mar”, “¡Vamos!”, “Cassette”, “Vientodestino en Vidamar”, “Haciendo real el sueño imposible”, y hasta una canción que nunca suele aparecer, como “Tan marcado ya”, con Adrián Outeda de invitado, al igual que en la versión original grabada en Quemado (1996). 

Durante el show aparecen dos canciones nuevas: “La joya” y “Lista de deseos”, un cuelgue extenso con el saxofón de Pablo Puntoriero. Remite al Pez de hace doce años. El festival termina con la banda volando mucho más alto que las tablas del Konex. Así es Pez: pasa del hardcore al free jazz. Blues urbanos, folk, metal y psicodelia. “Este grupo es un nexo”, dice el Tano Conforti. Es un grupo capaz de crear un clima salvaje con pibes que corean riffs progresivos, gritan “¡Aguante Invisible!” y agitan letras que dicen “no te importa el mundial, vos te quedás a leer a Baudelaire”.

“El otro día estaba escuchando ‘La escuelita del Sr. Extraño’, un tema de Folklore que no me lo acordaba en lo más mínimo, y tenía mucho que ver con lo que estamos haciendo ahora. Pero no hubo una intención de buscar en lo que ya habíamos hecho. La premisa era correrse de lo que veníamos haciendo últimamente”, cuenta Fósforo, adelantando lo que se viene para el futuro. “Siempre que hacemos algo distinto a lo anterior nos odian, pero si nos vamos a poner a trabajar por lo que quieren los demás, estamos fritos”, dice, como si hiciera falta aclarar que si algo le sobra a Pez es libertad.

* Publicado en el número 19 de la Revista Rock Salta, de abril – mayo de 2014.

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