Coberturas

Siempre igual

El Indio Solari dio un show para 130 mil personas en Mendoza. Crónica de una experiencia que conmueve al rock del país.

Cubierto con un buzo de The Who, lentes y un gorro que lo hacía parecer una mezcla de El Chavo del 8 con un aviador japonés de la Segunda Guerra Mundial, el Indio Solari reapareció en un escenario después de casi dos años. Fue en el autódromo Jorge Ángel Pena, en San Martín, a 43 kilometros de la capital mendocina. Un lugar que se vio copado por 130 mil personas. Mientras los ricoteros revivían “la experiencia”, las familias locales sacaban fotos desde las puertas de sus casas, aprovechaban para vender comida y bebidas, guardar mochilas o usar sus patios como campings improvisados.

Junto con el concierto salteño del 19 de septiembre de 2009, este show mendocino fue como el regreso de Soda Stereo: una burbuja en el tiempo, un momento sin presentación de disco que sirvió para contentar a la mayoría. Es muy obvio que los que van a escuchar canciones de Patricio Rey son los que dominan los conciertos de Solari. Distinta sería la historia si el Indio decidiera, como Skay, hacer pocas referencias a su ex banda. De este modo, al igual que en Salta, el recital tuvo 18 canciones de Los Redondos.

Cerca de las diez de la noche, cuando el autódromo todavía recibía a la gente, empezó el show con la clásica música tribal de sus comienzos. Después, la primera sorpresa: “Luzbelito y las sirenas”, una canción oscurísima que tiene una frase clave como “la vida sin problemas es matar el tiempo a lo bobo”. Todos los presentes en el lugar seguramente relacionaron esa línea con el frío inclemente que estaban sintiendo. Fue la parte más celebrada del tema.

Al terminar la canción, el Indio agradeció la fidelidad de la gente y dijo sentirse conmovido por eso. Lo repetiría varias veces durante la noche, junto con sus quejas por el frío y la lluvia (“no sé cómo hacen los guitarristas para mover los dedos”). Siguió “Templo de Momo”, otra pieza oscura, tocada en vivo sólo tres veces en 2001. Recién entonces aparecieron “Ceremonia durante la tormenta” y “Torito es muerto”, temas de El Perfume de la Tempestad, su hasta ahora último disco como solista.

“Todo preso es político”, una canción que ni Los Redondos tocaban en sus últimos años, enloqueció a la gente. Cuando el Indio cantaba “deténganme, deténganme”, parecía estar hablándole a todos sus detractores. Los desafiaba, a ver si podían. Y en el “deténganlos” parecía estar refiriéndose a los miles que lo siguen. El coro creciente entre público y cantante fue estremecedor, uno de los puntos más altos de la noche.

“La hija del fletero”, un clásico ricotero que no pierde su efectividad, sonó antes que “El tesoro de los inocentes”, quizás la canción más importante de Solari como solista. Después llegaron «Pedía siempre temas en la radio» y “El arte del buen comer”, el “tanguito” de Lobo Suelto, Cordero Atado que rescató en 2009. “Vuelo a Sidney” suele aparecer en los shows, a pesar de que no es un preferido del público. Esta vez no fue la excepción.

Último bondi a Finisterre y Momo Sampler, los dos últimos discos de Patricio Rey, siempre fueron los más ninguneados por el Indio en su etapa solista. Recién en 2011 se animó a repasar una de sus canciones (“La murga de la virgencita”, también presente en Mendoza). En este concierto pudo ponerse al día con “Templo…”, “Las increíbles andanzas del Capitán Buscapina en Cybersiberia” y “Gualicho”, donde se lució Miguel Ángel Tallarita en trompeta.

“Yo, caníbal”, con otra frase bandera (“cuando el fuego crezca quiero estar allí”) también conmovió a todo el autódromo. Los recitales del Indio tienen esa particularidad: cuando se enciende la gente, se enciende por completo y ahí es donde la experiencia termina de cerrarse. Primero está la previa, después el ingreso kilométrico al predio y finalmente la comunión con el artista. De eso se trata la columna vertebral del viaje ricotero. Hay orgullo en la gente por formar parte de algo así. Es el presente perpetuo, el revival de lo que ya pasó, cuando supuestamente la vida era hermosa de verdad. Sentir por un fin de semana que el presente también puede serlo.

“Blues de la libertad”, una canción de los orígenes de Los Redondos que recién fue grabada en Luzbelito (1996), fue otra gran sorpresa. Por momentos, su letra podría interpretarse como un argumento a favor de los que critican los conciertos del Indio y las “misas ricoteras”, plagadas de nostalgia: “Mi amor, la libertad es fanática. Ha visto tanto hermano muerto, tanto amigo enloquecido, que ya no puede soportar la pendejada de que todo es igual, siempre igual, todo igual, todo lo mismo”.

Luego llegaron tres canciones de la etapa solista que están entre las infaltables de los conciertos de Solari: “Vino Mariani”, con el corito ganchero que recuerda a Navajo, el personaje que José María Listorti hacía en Videomatch; una renovada “Pabellón séptimo” que sonó mucho mejor gracias a una nueva pincelada electrónica, y “To beef or not to beef”, el relato del exilio que se convirtió en pasado porque “el futuro está acá”.

“Un ángel para tu soledad”, “Rock para el Negro Atila” y “Divina TV führer” comenzaron la seguidilla final. Tras un intermedio para secar el piso del escenario (algo que se repitió en un par de oportunidades), la banda regresó con “una canción que se está haciendo carne”: “Todos a los botes!”. El medley “Mariposa Pontiac/Rock del país” y “El pibe de los astilleros” sonaron antes que “Juguetes perdidos”, uno de los tres temas que estuvieron en todos los conciertos de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado (los otros son “Pabellón…” y, claro, “Jijiji”).

En ese momento ya se percibía en el aire lo que vendría: “Flight 956” y “Jiijji”, el pogo más grande y abrigado del universo (“esta vez sí”), las luces encendiéndose paulatinamente, los fuegos artificiales y la salida en silencio, con alguna puteada por las demoras. Ahí está la crítica más fuerte que se le puede hacer a los recitales del Indio: siempre igual, todo igual, todo lo mismo. Cuando las sorpresas sólo son canciones de hace veinte años, algo está mal. Por eso fue interesante la pequeña pero significativa modificación en “Pabellón séptimo”. Sería excelente que un concierto de Solari finalizara con algo más que “Jijiji”. Pero la experiencia ya está instalada, tiene sus reglas y el Indio no es tonto: sabe lo que la mayoría de la gente quiere.

La otra pata crítica puede estar en el sonido: en un lugar tan grande, con viento y lluvia en contra, algunas personas escucharon muy bien, otras se quejaron fuerte. La precariedad de la voz del Indio, sus entradas a destiempo y cierta sensación de tener a una banda excelente pero sin demasiada sangre (exceptuando a Sergio Colombo), son otros detalles que suelen aparecer en cada concierto.

Andrés Calamaro dijo alguna vez que Los Redondos son sólo comparables con el peronismo o con una revolución. Un movimiento tan gigantesco y conmovedor que es casi imposible detenerlo o no verse afectado por su impronta. Hay algo de verdad en esa frase. Todo lo que implica un recital del Indio o la hipotética, improbable y monstruosa vuelta de Patricio Rey trasciende lo musical. Por eso es una experiencia que se debe vivir, aunque suene repetitiva.

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