Libros

La historia del palo, de Gloria Guerrero

Repasamos un libro fundamental para conocer la escena de los años 80.

¿Qué es lo que hace que un libro sea fundamental para conocer un movimiento, una cultura? ¿Sus ideas, el formato, la capacidad de reflejar un momento histórico? La historia del palo reúne esas condiciones. Es un trabajo imprescindible para cualquiera que quiera empezar a decir que conoce el rock argentino.

Fue publicado en 1995 por Ediciones de la Urraca. En rigor se trata de una compilación de artículos publicados entre 1981 y 1994 en la sección Las páginas de Gloria que la periodista Gloria Guerrero escribía en la revista Humor. Pero en realidad es mucho más. Las nieves del tiempo le dieron una madurez fascinante. Es un pequeño ladrillo repleto de entrevistas y fotos “en caliente”, cuando las cosas todavía estaban sucediendo y no eran artículos de aniversario que celebran los veinte, los treinta, los 45, los doce, los cien años de algo que todavía seguimos escuchando. En aquellos días, los discos y los artistas que hoy se promocionan con notas que pegan en el corazón nostálgico de los fanáticos eran la cosa nueva, lo cotidiano. También eran el futuro.

La historia del palo está agotado. La burocracia hace que por el momento no pueda ser reeditado. Pero se consigue en Mercado Libre. Algunos ejemplares se ofrecen a precios ridículos. La persona que lo obtenga podrá apreciar que en la primera página, Charly García, todavía líder de Seru Giran, va hasta la casa de Gloria a hacer una entrevista. Eso dice muchas cosas. Primero que la inaccesibilidad de los artistas fue algo que crearon los que desarrollaron el negocio. Segundo que si el primero es Charly, los que siguen pueden ser (y son, y serán) todos los demás. En el lapso que abarca el libro los Redondos pasaron de los teatros y pubs a los estadios. Luca llegó, se instaló y se murió. Soda se volvió continental. Fito pasó de ser el tecladista de Baglietto a tener el disco más vendido del rock nacional. Spinetta, como siempre, fue un cambio constante. En esta pequeña entrevista, Gloria Guerrero repasa los años que alimentaron el libro.

– Una de las cosas que se notan al repasar las páginas del libro es el trato que tenías con los artistas. ¿Había una dinámica más relajada a la de hoy, que está dominada por agentes de prensa y cierta inaccesibilidad?
– Me da ternura tu pregunta, porque ni te imaginás cómo era en aquel entonces. No era como ahora, con “todas las luces”. Aunque había luces más que suficientes. Éramos no más un puñado de músicos y un puñadito de periodistas. Y todos medio compinches y cómplices. Es difícil de entender ahora, claro: no había radios de rock; no había suplementos de rock en los diarios; no había más de una o dos revistas de rock específicas. Yo escribía Las páginas de Gloria en una revista antidictadura. Humor no era una revista de rock. Como digo: éramos veinte, treinta, y nos conocíamos entre todos y hacíamos resistencia entre todos, todos imaginando qué hacer. Charly vino a casa porque yo estuve enyesada ocho meses después del palo que nos pegamos en la ruta con León Gieco en la gira De Ushuaia a La Quiaca. Era la única manera de hacerle una nota a Charly si yo no podía caminar. Entonces se tomó un taxi y vino a casa. No era gran cosa, era normal. Yo iba a la casa de Poli y de Skay en Rincón y Moreno, y eso era normal. Ahí hacíamos notas con el Indio. O Spinetta me llevaba en auto porque yo tenía que llegar a tiempo a otro lugar; o Luca Prodan venía también a mi departamento porque le quedaba más cómodo. Y con Fito tomábamos café enfrente del Teatro San Martín. Lo dicho: éramos pocos y todos amuchados. Igual, yo nunca fui de ir a los cumpleaños; nuestros encuentros eran encuentros de hacer notas, de compartir ideas, pero de respeto mutuo y de estar todos trabajando para el mismo lado.
Pero que se entienda: los jefes de prensa y los mánagers son personas responsables. A algunos de ellos yo los quiero a morir; son gente preciosa como Jorgela (Argañaraz), como Débora Filc, como tantos otros, y su trabajo ahora existe y tiene que existir. Antes no hacía falta. Ahora es absolutamente imprescindible.

– ¿Cómo trabajabas por esos días? ¿Ibas a ver bandas todo el tiempo? ¿Recibías muchos discos y casetes? ¿Te proponías manejarte con una agenda propia o ibas por un camino más parecido al que avanzaba el resto de los medios?
– Sí, claro, me llegaban los discos y los casetes, e íbamos a ver bandas todo el tiempo porque tocaban todos y todos queríamos escuchar y aprender. Vos me preguntás si yo me proponía una agenda propia o si me manejaba con un criterio de otros medios. Repito: ¡No había otros medios! (se ríe) Imaginate un paisaje claro, jodido, horrible, peligroso, soleado, lluvioso, mortal, precioso… Ésa era la “agenda”.

– El rock nacional de esos años es uno de los más venerados. ¿Se podía percibir que esos discos y artistas iban a llegar a convertirse en lo que son actualmente?
– No había modo de que esos artistas no hubieran sido lo que son. Charly, Luis, todos ellos, como suele decir Pedro Aznar (¡Otro!) son “tipos que tienen una antena en la cabeza”. ¿Cómo no vas a escuchar lo que transmiten esas antenas? Escuchá: siguen transmitiendo.

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