Colgada

Lo que quiero

Quiero escribir. Subo al 5A con ganas. Quiero sentarme en la computadora y pasar horas arrancándome palabras. Calculo la hora. 13.00 de un julio demasiado veraniego. Apenas damos unas vueltas, Simón, mi bebé de nueve meses, ya está dormido en el fular. Una hora y media de viaje hasta casa. Voy enumerando lo que tengo que hacer al llegar.

Quiero escribir. Saco el celular malabariando entre sostener su cabeza y los bolsos. Abro el bloc de notas. “Acuchillada de desolación, dejo mi cuerpo en la orilla”, escribo. Cuánta exageración. Hoy leí en el diario el caso de otra mujer muerta. El bondi se llena y hago esfuerzos para que los pasajeros no nos golpeen. Sube un grupo de adolescentes. Juegan y hablan a los gritos. Me molestan los gritos. Soy una vieja chota. Tengo 33 años y soy una vieja chota que se molesta por eso. Repaso en mi mente: darle de comer a Simón en tiempo récord. Lavar la ropa. Resignar la siesta porque Simón ya la está haciendo y seguro va a pasar la tarde queriendo caminar.

Quiero escribir. Hacer todo antes que llore. “No está bien hacerlo llorar”. Siempre dudo, me castigo. Hay días así, en los que todo se junta. Los nervios. La soledad. Que no llore, por favor. Que duerma. Las primeras veces, la angustia de no saber qué le pasaba. Porque parece que las mujeres tienen un chip con el que pueden resolver todo. El mito del instinto materno. Yo lloraba a la par. ¡No te entiendo! ¿Soy mala madre? Es demasiado para las 13.30. Creo que todas las madres la pifiaron en algún momento. ¿Qué es, en todo caso, ser buena madre?

Tengo ganas de llegar a casa y no hacer nada más que escribir. Quiero recuperar a mi yo y abrazarlo. Saber quién soy además de gestante y amante de un ser de nueve meses. Claro que no voy a dejar de hacer las cosas urgentes pero podría prescindir, por unas horas, de lavar, por ejemplo. ¿Qué hace una mujer de mi edad, soltera, poeta, pseu- dointelectual a favor del aborto, siendo madre? Por qué me lance a esta tarea después de haber jurado nunca ser madre. ¿El amor?

A veces me cuesta estar sola con él (¡que nadie se entere!), pero no hay dudas que lo amo. No amo para nada los comentarios de la gente. Los que hacen que me pregunte si detenerme a pensar en mí me hace una mala madre. No deberían importarme pero pinchan mi libertad. En eso estoy cuando veo una mamá con cuatro niños en los asientos del frente. ¿Cómo hace?

Presto atención a lo que dicen porque me da mucha gracia y ternura el pequeño que parece de tres años que quiere discutir algo y su media lengua no lo deja. Trato de apagar mentalmente la radio del bondi en la que suena “Así”, de Sandro. Me acuerdo de MÍ madre.

Vuelvo al nene que discute, se tropieza con las palabras y se le cae la tortilla. Todos van comiendo tortillas. La mamá le dice al más grande que le dé otra, ella reparte caramelos: “Uno para cada uno porque no hay más”. Los nenes agarran los caramelos, pasan la lengua y hacen caras, se ríen. La mamá interrumpe: “Vamos a tener que caminar mucho cuando nos bajemos del colectivo”. La nena: “Vamos a tener que tomar un remís”. “¿Vos me vas a dar la plata para el remís?”. Se hace un silencio, imagino que los nenes piensan en la lejanía, las cuadras y cuadras que tendrán que caminar, los veo pequeñitos en medio del desierto. La nena se descuelga de su pensamiento y lanza: “¿Y vos por qué no trabajas para tener plata?”.

Pobre mamá, pienso, mientras acomodo a Simón. La imagino cargada de tareas, ropa, mamaderas, noches sin dormir. Me pregunto cómo hará para bañarse. Cuándo se sentará a comer. ¿Tendrá tiempo para detener a pensarse? ¿Qué deseará? Quizás sí le gustaría trabajar. ¿Qué habrá sentido ante la pregunta tan filosa de su pequeña hija, que ya entiende la relación del trabajo y el dinero pero que desconoce el trabajo de las madres en el hogar? ¿El marido la “ayudará”?

Me descubro diciendo esa palabra, “ayudar”. Se supone que el padre no ayuda. Se supone que es responsable al igual que la madre. Bueno, de los padres presentes. Los dos deberían ser responsables de todo, responsables del amor. Y si la madre es la que va a trabajar, ¿es ausente? Si la madre es la que se detiene a seguir sus sueños y a hacer lo que quiere, ¿es la egoísta? ¿Si quiere ir a bailar? ¿Si sólo está cansada? Es cierto que muchas cosas cambiaron, pero ¿tenemos que conformarnos con eso?

Por la ventanilla veo una mujer embarazada vendiendo agujas en la calle. Vuelvo a mi celular. “Acuchillada de desolación, dejo mi cuerpo en la orilla”. ¿Dejo mi deseo en la orilla? En la plaza una mamá hamaca a su pequeño hijo.

Publicado en la revista Rock Salta Nº23, en el mes de septiembre de 2017