Reflexiones en la Chevy

Volver volviendo

Antes que todo estuvo el espacio vacío y en soledad, luego vino el tiempo para medir los movimientos, convirtiéndose en la bitácora cronológica del alma. Claro que muchos datos van quedando en el olvido, recordar siempre ayuda a ejercitar la memoria…

Y un día finalmente se decidió, dejando pendiente la totalidad de su agenda, no daría marcha atrás. Dejó todo y se subió al colectivo de siempre, el 10, ese que lo acompañó desde chico recorriendo lugares que quizás nunca caminaría. No había gente en las calles, solo los pocos que se autopercibían esenciales. Esto no afectaba a su pesada modorra, logrando el sueño antes de llegar al canal de la Constitución. Su cabeza sabía dónde apoyarse para evitar el golpe que producían las deterioradas calles, su boleto no tenía número capicúa, la suerte no estaría de su lado por todo el día. No era de creer, pero así era, así le enseñaron. Claro, es que había crecido en un barrio sencillo, donde lo estupendo o lo simple sucedía a diario en cada manzana, en cada cuadra, en cada hogar. Donde los amigos que pateaban la pelota en la vereda eran también sus compañeros de escuela de guardapolvos blancos y portafolios de cuero para los que recibían apoyo del Ministerio .

Mientras miraba por la ventanilla se preguntaba cuántos de estos asintomáticos habían conocido las acequias del Huayco, donde pescar y bañarse en los pozos conocidos era maravilloso. O si alguna vez se habrían caído en el velódromo tratando de agarrar velocidad, teñidos por la muralla de arcilla que rodeaba a las amontonadas familias de los depa. Ahí, en ese mismo lugar, era común en verano escuchar el sonido de los redoblantes y zurdos poniendo el ritmo a los deseos carnestolendos de cientos de chicos. ¿Pero qué era todo esto? ¿Una ilusión? Y siguió…

El bondi ya recorría parte de la calle Alvarado, en la radio se escuchaba algo de trap, un ritmo nuevo con melodías de otro palo que le eran familiares. Cómo olvidar cuando aterrizaron en su oído canciones de Led Zeppelin, Deep Purple y tarimeros sonidos como el house y el breakdance. El pantalón nevado y el blanco lo acompañaron por años. El vinilo de moda apareció en la cuadra y fue una fiesta, todos tirando pasos. “Aumentá el grave” se escuchaba por ahí. Es que estaban acostumbrados al latido de Ufa, ese reducto que perfectamente escondía y mezclaba los olores de la adolescencia.

A mitad de recorrido y después de escuchar al popular vendedor de lo que entraba en el bolsillo de la dama y el caballero, el chofer seguía su itinerario. Ya por la calle Santiago, esa la de árboles olorosos, un gran paredón contamina su mirada. Observando la marea azul recordó cuando una noche su madre lo obligo a esconderse debajo de la cama. Todos dormían. Las tortugas no eran ninjas, golpearon la puerta y se llevaron al jefe de familia. Este tipo de procedimientos era común, pero buchones en ese barrio no encontrarían.

Había viajado más de lo pagado, estaba despierto hace rato. Volver caminando desde el control no era un buen plan. Cuando subió al cole no tenía destino, su intención siempre fue dar la vuelta entera y bajarse en el mismo lugar. Ya había crecido y nada sería igual, acostumbrarse a la nueva normalidad no lo asustaba, si vivió en tiempos del merthiolate, ese líquido rojo que dolía más que la herida.

La vida impersonal era el nuevo desafío, pero estaba preparado. Creció en Castañares y en este viaje imaginario, el finalmente había decidido hablar… de su barrio.

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