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Skay y Los Fakires en Salta | Oh Capitán, mi Capitán

El corazón de Patricio Rey volvió a la ciudad que vio debutar a los Redondos. Noche de celebración de su obra solista y también de las joyas ricoteras que corearon más de mil personas en la zona sur.

Fotos: Eduardo Pece

¿Cuánta devoción le podés tener a una persona que no conocés? ¿Por cuánto tiempo podés sostener ese amor? En la historia de la música seguramente haya sobrados ejemplos de lealtades duraderas, y más con las estrellas de rock. Pero Skay Beilinson, a sus 73 años, es una estrella muy distinta. Tal es así que nadie lo considera como tal.  Sin embargo, cuesta pensar mayores exponentes del género en el país: vigente y entero, coherente con su obra, capaz de ofrecer recitales de contundencia rockera sin proponer nostalgia con olor a naftalina todos los meses. Con un público capaz de renovar en cada fecha esa devoción y ese amor incondicional.

El espectáculo de Skay y Los Fakires en La Rosa Disco, en la zona sur de nuestra ciudad, fue una muestra más. Arrancó a las 23.20 con “Arcano XIV”, “Gengis Khan” y “Tal vez mañana”. Cuesta asimilar que A través del Mar de los Sargazos (2002), ese disco debut donde la gran mayoría de ricoteros le conoció la voz a Skay, ya tiene tantos años encima. En ese momento se armaron los primeros pogos que tuvieron su primer pico cuando llegó “Todo un palo”, una de las cuatro joyas patricias que engalanaron la noche.

De hace tiempo que Skay dejó la SG de lado y ahora esgrime una Stratocaster. Sin embargo, suena a Skay. Esos silencios, esos ataques, esa guitarra que escuchamos más que ninguna otra. Quizás más que las voces de nuestros padres.

Los Fakires están en uno de sus mejores momentos. Los tres integrantes tienen lugar para destacarse, pero siempre en formato banda. No hay solos exagerados ni reflectores exclusivos sobre ninguno. Joaquín Rosson en guitarra aporta solos, riffs y arreglos, incluso en los temas de los Redondos. La base, bajo y batería, lleva todo adelante y hasta se permite sutilezas. Se extraña el teclado en algunas canciones, pero la banda lo suple con pistas. El bajista Claudio Quartero, de pelo canoso y largo, y el baterista Leandro Sánchez, con su llamativa barba (y pelado), suelen compartir las previas con los ricoteros y Salta no fue la excepción.

La Rosa suena mucho mejor que el Micro Delmi o el Delmi. El sonido estuvo muy bien, al nivel de lo que solemos ver en los recitales de los teatros salteños. Luego de una pausa, llegaron “Ángeles caídos”, para recordar esas remeras con la cara del Che. Luego el country in crescendo de “La pared rojo lacre”. Del último disco, Espejismos (2023), sonaron tres canciones y se obviaron las nuevas que Skay editó en lo que va de 2025. “Jijiji”, lógicamente, marcó el pogo más fuerte de la noche. En minutos ya estaba compartido en redes sociales. Las aventuras ruteras de “Lejos de casa” y la belleza de “Flores secas” fueron marcando el final.

Pisando la una de la mañana, el popurrí ricotero llegó con “El pibe de los astilleros” y “Nuestro amo juega al esclavo”, canción que recobra vigencia en estos tiempos donde la mentira y crueldad están de moda.

“Oda a la sin nombre”, el más conocido de una carrera solista no tan conocida, prendió la llama para los últimos pogos. El final llegó con ese viaje onírico de felicidad que es “El sueño del jinete”.

Veintidós canciones para la tercera presentación de Skay en la ciudad, sin contar el recital que inició el mito ricotero en 1978 en el bar El Polaco. La primera fue en el Micro Delmi en 2008, la segunda en 2017, en Vaqueros. Por la pandemia de 2020, se suspendió el recital anunciado para abril de ese año. Por eso la noche también fue de revancha. Revancha también del Cosquín Rock 2025.

“La historia empezó en el año 76, que vino el golpe militar. La Plata se puso muy jodida, tuvimos dos allanamientos. Y nos salió la posibilidad de ir a Salta. Mi viejo había comprado unas tierras ahí con otra gente, a cien kilómetros de El Galpón. Estuvimos ahí en Salta, viviendo casi tres o cuatro años. Aprovechando que estábamos allá, recorríamos todo el Norte”, le contó Skay a la revista Rock Salta en una profunda entrevista mano a mano en el 2013.

“Nos vemos la próxima”, dijo el amado Capitán, antes de retirarse con su tripulación en medio de aplausos y caras de felicidad. Esperemos que entre Salta y Skay haya más paginas para escribirse.

Una noche especial

Se vivió un lindo ambiente bien rockero en la previa: remeras negras, carros de comida y latas de birra coparon la callecita de tierra que da al boliche. La temperatura fue ideal luego de un caluroso día de agosto. Iguano, el proyecto en plan solista de Emilio Jorge (de Gauchos de Acero) sirvió de previa.

El público entró muy de a poco, y al principio se temió lo peor por la poca gente en el local. Parecía un número inferior en comparación a los shows en el mismo lugar de Club 20, el año pasado, o Nonpalidece la semana pasada. Esto se revirtió empezado el show. Según cifras de la policía, 1100 personas dijeron presentes. Un marco acotado para una ciudad a la que le es difícil la convocatoria rockera. Por algo Skay visitó más Jujuy y Tucumán en los últimos años. Pero también eso le dio un sabor muy especial, al ser un show casi intimo de una figura tan importante.

Además de las locales, se vieron banderas de Jujuy, Tucumán y hasta de La Plata. Trapos colgados del entrepiso que ambientaron muy bien el boliche. Aunque algunas agitadas en el campo molestaron la visión durante el recital. La grieta de las banderas. En su gran mayoría el público tenía más de 30/35 años. ¿Las bandas de covers de los Redondos se quedaron con los veinteañeros? ¿Era costosa la entrada para ellos? Curiosa situación en una región donde prácticamente todos los fines de semana hay un grupo que toca temas ricoteros. También hubo padres que lamentaron la prohibición del ingreso para menores de 18 años. Peros así es la cosa en Salta: si se venden bebidas alcohólicas, no entran pibes.