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Veinte años sin los Redondos | Cuarto día de agosto

Un viaje y una obsesión para El Falso Profeta: estar cerca. Ahora sólo queda el recuerdo de la experiencia compartida.

Los sabios de la familia decían que teníamos que pasar agosto como sea. El sahumerio, que se improvisaba con todo lo que se podía quemar, se juntaba en una lata de picadillo para recorrer cada rincón de la casa y así alejar la mala onda. Antes no estaba de moda la Pachamama.

El año 2001 fue uno de los más duros que recuerdo: corralito, huelgas, estallidos violentos, represión y muerte eran la moneda común. Como siempre, muchos encontramos abrigo en la música. En el barrio y en la cancha se instaló el rumor de un posible viaje a la provincia de Córdoba. Tocaba Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en el Chateau Carreras, la entrada costaba 22 pesos.

Muchos salteños estuvieron en ese recital. La oferta de transporte era variada, y teniendo en cuenta que los controles de la policía cordobesa eran estrictos, elegir bien con quién ir era la cuestión.

Yo quería ir y estar adelante como sea. Aunque los nuevos sonidos no eran de mi agrado, con un par de canciones viejas el viaje ya estaría bueno. La entrada la retiramos en Patio Olmos, venía con un poster de regalo, diseño del maestro Rocambole.

El ambiente estaba bien pesado. Con mi eterna remera blanca de Oktubre, una camiseta negra mangas largas y una botella descartable de dos litros, entré temprano, instalándome adelante, bien frente a los graves. Quería estar ahí viendo los detalles mínimos. Estar ahí implicaba presencia, no podía moverme. Me alimentaba y calmaba mi sed el solo hecho de ser parte de esa impresionante marea de gente apasionada. Un diario cordobés inmortalizó el momento sacándonos una foto en la previa.

Vimos todo el show frente a Skay y por ratos frente al Indio. Cuando tocaron “Juguetes perdidos” ya no importaba nada, todo podía pasar y el resto era yapa. El Indio nos aconsejó tranquilidad al retirarnos, cuidarnos de la Policía y que no le demos razones. Tremendo mensaje. Igual fue un quilombo a la salida.

No solo sobrevivimos a ese agosto sino a muchos más. Fuimos parte del público que vio el último show de los Redonditos. Agradecer a Sergio Goveto que nos llevó, a Diego Maita por compartir y servir de manera correcta la bebida etílica en el viaje, al Negro Atila que rescató la foto… a los que apedrean el viento y hacen ruido en los techos de ajíes, templando recuerdos.

Especial Veinte años sin los Redondos

Foto: Rolling Stone

De la nada a la gloria me voy, por Diego Maita López

Foto: La Voz

La última vez de una banda inigualable, por Federico Anzardi

Foto: La Voz

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