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Veinte años sin los Redondos | La última vez de una banda inigualable

El último recital de Patricio Rey fue un final no anunciado que se percibía en el aire. Federico Anzardi recuerda su experiencia en aquel Chateau Carreras repleto.

No sé bien cómo empezar a recordar, porque de alguna manera siempre los tengo presentes. Hay algo de ellos, de ese día, que jamás se fue y todavía se mantiene. Puedo, si cierro los ojos de manera innecesaria, ver una combi blanca que se acercaba por el costado izquierdo del escenario del Chateau Carreras, que estaba montado de manera horizontal, mirando hacia la tribuna techada. Puedo ver a un grupo pequeño de gente, no más de diez personas que se bajaban de la combi y caminaban hacia el backstage. Puedo ver la figura alta, altísima de Skay, con un saco o un sobretodo negro con el cuello levantado que le daba cierta silueta vampiresca gracias a sus orejas puntiagudas, o que a mí me parecían puntiagudas desde donde estaba, en una de las plateas altas, arriba, bastante cerca de las cabinas de transmisión. Puedo ver un estadio lleno y una ovación que crecía a medida que todos los que estábamos ahí nos dábamos cuenta de que la banda más grande del mundo estaba entre nosotros.

Perdón, les aclaro que no me voy a andar haciendo el objetivo en este texto que está saliendo así, como venga, un poco porque me corre el deadline y otro porque no sé si hace falta preparar tanto un artículo que habla de algo que tengo adentro desde hace tanto tiempo. Porque con cada canción que suena prácticamente todos los días, con cada remera que me pongo o que veo por la calle, con cada foto que el Indio sube a Instagram y con cada referencia en paredes, autos, tatuajes, libros, bares, revistas o eslóganes políticos que veo, siempre me acuerdo de ellos y de ese día, que fue el último.

Y lo veíamos venir. Unos meses antes, cuando el recital recién se anunciaba, las charlas rondaban por ahí. “Tenemos que ir porque puede ser el último”, decíamos. Había algo en el aire. Quizás los rumores del año anterior, quizás el bardo de River, con aquel demente que se puso a tajear a todos y terminó cagado a patadas. Algo nos decía que la cosa no iba a dar para mucho más.

Saqué la entrada con tiempo pero colgué con el pasaje. Fui solo. No me sumé a ninguna combi ni armé el viaje con amigos. No sé si no tenían plata o si a ninguno se le ocurrió ir. Lo que pasa es que Córdoba no quedaba a la vuelta de la esquina y los tours rockeros no eran algo frecuente. De hecho, en las notas que salían en la tele o en las revistas dominicales de los diarios se remarcaba eso: que los ricoteros viajaban a todos lados. Lo mostraban como algo medio inexplicable.

Así que cuando fui a la terminal de Concordia el jueves 2 de agosto por la noche ninguna de las empresas de bondi tenía pasajes para llegar a Córdoba el sábado. Empecé a hacer cálculos. Llamé a la terminal de Santa Fe para combinar dos micros. Todo agotado. “Es que se están yendo a ver a los Redondos”, me dijo la chica que me atendió. Finalmente, conseguí combinar Concordia-Rosario-Córdoba y llegué el sábado al mediodía.

Después de verlos bajar de la combi y meterse en los camarines nos quedamos esperando un rato. Ya habían pasado algunas corridas en el campo que yo veía desde arriba como si fuera un lago que se abría con un piedrazo. De golpe la gente salía disparada para todos lados, creaba un círculo. Nunca supe qué pasó hasta que leí la nota de Diego Maita que forma parte de este especial.

El último recital de los Redondos fue rockero y oscuro, como el disco que estaban presentando y como la época que vivíamos. Nos sirvió de prólogo para el apocalipsis de diciembre. Fue un final anunciado que anunciaba otro.

El comienzo fue demencial e inesperado. Esa mañana La Voz del Interior había anticipado una lista de temas que era calcada a uno de los shows en River. Abría con “El pibe de los astilleros”, cerraba con “Ji ji ji”, tocaba lo nuevo y después mechaba algunos clásicos medio básicos. Parecía un chamuyo total pero era posible porque la banda venía repitiendo bastantes canciones en sus conciertos recientes. Pero fue diferente. Empezaron con “Unos pocos peligros sensatos”, con una intro similar a la que se escucha en el disco En directo. Media stone, bien rockera. Pero creo que nadie la escuchó hasta que se compró el disco pirata en alguna feria. Ahí, mientras la banda tocaba y el Indio decía “Hola Córdoba”, nadie entendía nada. Era pura arenga, bola de ruido y excitación. Me parece que de esos ingredientes están hechos los recitales legendarios. Cuando empezó el riff de saxo que identifica al tema todo terminó de volar por los aires. Creo que nunca salté tan alto como en ese momento.

De los temas nuevos me acuerdo de “Sheriff”, que sonó oscura e inquietante como en el disco. Las pantallas mostraban primeros planos del Indio, que cantaba esa letra terrorífica con una voz todavía entera. Pero también sonaron canciones inolvidables: “Rock para los dientes”, “Noticias de ayer”. No hubo inéditos porque en esa época la banda ya los había dejado de tocar. Al pedo, porque para nosotros siempre fueron canciones tan importantes como las editadas. Tan buenas como las que se conseguían en las disquerías. Ojalá alguna vez las publiquen. Que salgan las grabaciones que hicieron en el 96. Ojalá que aparezcan todos los videos. Ojalá que los Redondos suenen durante toda la vida. Ojalá que los escuche muchas veces más. Solo, como esa noche; en asados con amigos, en bares o en la calle. Ojalá que el Indio, Skay y Poli se junten aunque no nos digan nada. No hace falta que lo cuenten. Ojalá que se abracen una vez más y se vayan en paz. Creo que a esta altura ya saben que nunca los vamos a olvidar.

Especial Veinte años sin los Redondos

Foto: Rolling Stone

De la nada a la gloria me voy, por Diego Maita López

Foto: La Voz

Cuarto día de agosto, por El Falso Profeta